El arte de la resurrección de Hernán Rivera Letelier, Premio Alfaguara de novela, 2010.

el

Por Eugenia Toledo-Keyser

Seattle, Diciembre, 2010

Rivera Letelier apareció, tengo entendido, en la Feria del Libro de Guadalajara. Seguramente presentando su novela sobre el Norte chileno.

No me extraña que el autor se negara a las peticiones de que escribiera sobre los 33 mineros atrapados en la mina de Copiapó los pasados meses, porque este número 33 era sagrado para el escritor. Y sin duda para muchos otros. Además –en mi opinión—esos hombres están contando ellos mismos su peculiar historia.Lo interesante aquí es el respeto de Letelier y su conocimiento del norte de Chile y de la vida en campamentos mineros. Sería importante revisar su biografía.

Su ultima novela: El arte de la resurrección, 254 pp., premiada este 2010 por Editorial Alfaguara es el recuento de las aventuras de un pícaro disfrazado de Cristo, recorriendo como Juan el Bautista el desierto y los poblados, bautizando, predicando, comiendo, durmiendo, etc. y buscando a una mujer por compañera de aventuras. Este hombre, como los personajes de la picaresca en los siglos 16 ó 17, predica desde la altura de rocas y otras elevaciones como toneles, y cerros su Palabra tal como lo hizo Cristo a los seres perdidos de la tierra, los pobres, los olvidados de los sindicatos, los mineros y las mujeres de las salitreras chilenas, solidarizando con ellos. Mientras a su alrededor sucede una hecatombe social –una huelga—este Cristo que tiene características de andante, caballero de las Cruzadas –predice—como muchos místicos del Siglo de Oro, que el mundo se va a terminar.

Esto no cuesta mucho predecir en cualquier tiempo, pero en los siglos pasados, o quizá en los comienzos del siglo XX, produjo su efecto, especialmente en el ambiente del Norte de Chile, de geografía apocalíptica. Un lugar de sequerales interminables, polvo que se adhiere a los pulmones para nunca irse, líneas férreas de trenes medio fantasmagóricos que atraviesan el cuerpo y lo marean, mientras son barridas por otros personajes peculiares como el barrendero Loco, y los pueblos medio muertos, hombres, mujeres y niños que no tienen acceso a lo básico, y prostitutas con nombres bíblicos y poderes mágico-religiosos.

La novela se basa en la personalidad de Domingo Zárate Vega, el hombre que en los años 50 proclamó ser el nuevo Mesías en pleno Valle de Elqui, poniendo de cabeza a las autoridades: “Descubrí en uno de sus libros que él decía que algún día se iban a remover esos artículos que escribió, se iban a investigar, iban a contar su historia, y eso está pasando. Primero con Nicanor Parra (“Sermones y prédicas del Cristo de Elqui”) y luego con este libro”, cuenta el autor. El inicio de la obra está ubicado en 1942, año en que Domingo Zárate Vega, mejor conocido como el Cristo de Elqui, escucha la historia de una prostituta piadosa de nombre Magdalena Mercado. Es un cristo muy particular: no censura los deseos carnales; por el contrario, los reconoce en él mismo y no tiene ningún reparo en aliviarlos apenas se le presenta una oportunidad. Alguna vez tuvo una pareja estable, pero los padres de la muchacha se la arrebataron recluyéndola en un convento. Ahora anda en busca de una mujer que lo acompañe en su peregrinar por el desierto, extendiendo la palabra de Dios y esa es nada menos que la Magdalena que trabaja en la oficina salitrera La Piojo.

En general, estamos ante la novela picaresca chilena del siglo XXI. El léxico usado es del habla popular de los 50, 60 y 70 en Chile, más o menos. Lenguaje rico en términos idiomáticos, en decir una cosa por la otra (tan de moda hoy en día), habla corriente, no insolente, pero en clave. Habla que merece recordarse y preservarse sin duda, porque pertenece a esas generaciones. La distancia que pone el escritor de sus lectores está instaurada por la historia expresada en primera persona singular con descripciones –distanciadas—en tercera persona. La historia en total es muy fluida y bien contada.

El llamado Cristo del Elqui es un individuo libidinoso, como sus contrapartes de siglos pasados, los de la novela española. También es resistente, aunque se queja de dolores de cuerpo constantemente, soporta el clima y los cambios de temperatura medio estoicamente, y vive sucio, descuidado, come de las caridades, pasa gases, camina con alpargatas hechas por el mismo de caucho de neumáticos en desuso, vestido de ermita, con harapos, durmiendo donde le toque.

Cristo de Elqui

A partir del capítulo 9 del libro, veremos la alternación entre el presente del Cristo de Elqui y sus orígenes: dónde nació y cómo es que llegó a asumirse como la reencarnación del hijo de Dios. Más que en la intriga y en un ritmo narrativo veloz, la apuesta de El arte de la resurrección está centrada en la construcción de sus personajes: además de su protagonista y el grado de locura que demuestra al desafiar una realidad muy hostil, la novela presenta un puñado de personajes singulares que juntos conforman un universo anómalo, lleno de ternura y humor, donde nada es lo que debía ser ni nunca fue.

Si bien no es esta una de esas novelas de las que no se pueden soltar, cuyo conflicto irresuelto hasta el final jalona de forma intensa la atención del lector, El arte de la resurrección es un libro digno de leerse: nos confirma una vez más que la locura es la razón en un mundo de explotadores y explotados. Además, es un libro—como una secuencia de historias- asombrosas o raras o cómicas que complementan nuestro día a día y nos franquean el acceso a otros lugares donde a lo mejor pasó o pasa algo semejante. Libro bien logrado.

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