El relevo: nuevas generaciones de narradores uruguayos

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Por José Gabriel Lagos

En los años noventa, algunos críticos uruguayos coincidieron en destacar la “crueldad” de los escritores jóvenes del país. Ricardo Henry, Gabriel Peveroni y especialmente Daniel Mella parecían querer separarse –a fuerza de anécdotas violentas y nocturnas– de la restauración del sistema literario anterior a la dictadura, que parecía dominar también la narrativa de los años ochenta. No todo eran contrastes, sin embargo, también es cierto que otros jóvenes rupturistas de los noventa no necesariamente transitaron el camino de la truculencia, como Henry Trujillo, deudor de Onetti en los climas pero no en la sintaxis intrincada, Leandro Delgado, poeta y autor de la enigmática novela Adiós Diomedes, y Pablo Casacuberta, interesado por unir la experiencia íntima con un refinado manejo del punto de vista.

Tal vez sea Casacuberta el puente con una corriente que surgiría sobre el año 2000. Además de las preferencias temáticas, sus integrantes comparten la conexión con Mario Levrero, cuyo magisterio como tallerista literario –aunque no estrictamente su ejemplo como escritor– sería un rasgo común de varios nuevos autores. Aunque algunos de estos jóvenes, como Sofi Richero, no asistieron a las clases de escritura que Levrero impartió hacia el final de su vida, su trabajo tiene una gran sintonía con el tipo de producción que el veterano narrador propició. Se trata de relatos breves, en los que es norma el uso de la primera persona, que refuerza el efecto de autenticidad autobiográfica de los textos. La referencia a episodios de la juventud y sobre todo de la infancia es otro de sus rasgos comunes; esto es llevado al extremo en la nouvelle Limonada, de Richero, en la que ciertos episodios de la niñez son repasados una y otra vez por la voz narrante, que busca obsesivamente aquellos momentos donde poder fundar el nacimiento de su propia identidad. También Fernanda Trías, Alejandra Suárez y Patricia Turnes fueron parte de esta corriente “intimista”, que llegó a tener una expresión propia en la colección De los flexes terpines, dirigida por Levrero y editada por Cauce en 2001, en la que también se incluyó un relato, “Una línea más o menos recta”, de Casacuberta. J. D. Salinger, John Cheever y aun Raymond Carver están entre los autores más mencionados por este grupo a la hora de citar influencias.

De forma más o menos simultánea a la emergencia de estos “intimistas”, también cobró notoriedad otro grupo de escritores al que podría caracterizarse por su afición a la cultura pop. Tanto el multimediático Dani Umpi, desde una estética kitsch y con un ojo puesto en la tradición queer latinoamericana, como Natalia Mardero, munida de un programa formalmente posmoderno (su primer volumen de cuentos se titula Posmonautas), e Ignacio Alcuri, marcado por la apelación constante al humor, utilizan referencias al mundo de la televisión, el cine y la farándula local como elementos importantes de la trama narrativa.

Formados en el área de la comunicación –más que en la de las letras–, todos estos autores incursionaron también en el periodismo escrito, y aquí podría estar el origen de su apego a la fluidez y la sintaxis sobria, alejada de los riesgos que caracterizan a parte del grupo “intimista”. Se trata, por lo demás, del grupo más prolífico, por lo menos en cuanto a ediciones: Alcuri, por ejemplo, lleva publicadas cuatro compilaciones de cuentos (se destaca Problema mío), y colabora periódicamente con relatos en la prensa, además de guionar programas televisivos y radiales.

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Hasta el año pasado, parecía que los “intimistas” y los “pop” estaban destinados a dominar el panorama de la literatura joven. Sin embargo, en 2008 circularon algunas publicaciones, especialmente tres antologías, que le dieron visibilidad a un tercer conjunto de autores. No se trata de que los integrantes de este grupo sean menores en edad ni tampoco de que se hayan puesto a producir tardíamente, sino simplemente de que no habían logrado publicar volúmenes propios hasta el momento, aunque muchos de ellos, como Horacio Cavallo, Ramiro Sanchiz y Jorge Alfonso, habían participado con éxito en concursos y convocatorias varios, en algunos casos en el extranjero.

En abril de 2008 se publicó Porrovideo, primera reunión de cuentos de Jorge Alfonso, que gozó de buena cobertura mediática gracias a sus referencias explícitas al consumo de marihuana. Pasado el escándalo, los relatos revelaban que detrás había un autor que no estaba haciendo sus primeras armas y dominaba muy bien el ritmo narrativo, y que además se vinculaba, desde lo barrial, a la línea “nihilista” transitada por Trujillo y Onetti. En mayo de ese mismo año se publicó Oso de trapo, una novela en la que Horacio Cavallo daba muestras de un interés inusual por la arquitectura del relato, que recordaba algunos esfuerzos locales de los años cincuenta y sesenta.

“hasta el año pasado, parecía que los “intimistas” y los “pop” estaban destinados a dominar el panorama de la literatura joven. sin embargo, en 2008 circularon algunas publicaciones, especialmente tres antologías, que le dieron visibilidad a un tercer conjunto de autores.

Pero fue la aparición, con pocas semanas de diferencia, de El descontento y la promesa: nueva / joven narrativa uruguaya (seleccionada por Hugo Achugar); Esto no es una antología: antología de narradores jóvenes uruguayos (a cargo de Horacio Bernardo) y De acá! Algo de narrativa uruguaya de ahora (reunida por Pablo Trochón) lo que permitió distinguir con claridad que las obras de Cavallo y Alfonso no eran esfuerzos aislados, y que coexistían tres corrientes más o menos definidas –y no dos– entre los escritores nacidos en los setenta y principios de los ochenta. Al mismo tiempo, los relatos allí antologados contribuyeron a esclarecer qué es lo que puede unir a los integrantes de la tercera corriente, más allá de los rasgos oposicionales, como su recato en el manejo de la primera persona íntima y su limitado uso de alusiones al mundo pop. En este sentido habría que destacar, más que temas o ambientes, el común cuidado por lo formal y la prioridad dada a lo estrictamente narrativo. El caso ya mencionado del poeta Cavallo tal vez sea el más radical; publicó en 2009 un volumen titulado Sonetos de a dos (junto a Francisco Tomsich), donde de manera por momentos lúdica da muestras de su manejo de las formas tradicionales. En otra dirección, la recurrencia a géneros (o subgéneros) como la literatura fantástica, la ciencia ficción o el policial (entre otros, en Ramiro Sanchiz y Martín Bentancor) puede ser vista como un atajo convencional hacia la elaboración de tramas potentes. Las preocupaciones metafísicas y algo borgesianas son evidentes en Y verás mis espaldas y en Rapsodia nocturna, de Gabriel Schutz, uruguayo residente en México para quien hasta el momento era difícil encontrar compañeros de ruta. Por su parte, Perséfone, primera novela editada en Uruguay por Sanchiz (en España había aparecido 01.Lineal), está plagada de referencias, explícitas y no tanto, a la historia de la literatura fantástica.

Antes de apresurar conclusiones, deberían aclararse por lo menos dos cosas. En primer lugar, no se trata de que el tercer grupo de escritores –al que podríamos denominar “serios” o quizá convenga llamarlos “formales”– haya decidido salir a escena como reacción a la literatura joven que dominaba el panorama local; más bien, esa reacción habría que situarla en la mirada de editores y críticos, que registraron la abundancia de textos confesionales y/o epidérmicamente posmodernistas. En segundo lugar, y matizando aún más lo anterior, no se puede considerar a estos grupos compartimentos estancos. Patricia Turnes concurrió a los talleres de Levrero y ciertamente se ocupa de asuntos que rondan la adolescencia (su primera novela, de 2007, se llama Pendejos), pero sus referencias a la escena musical local la emparientan con los escritores pop. Algo parecido ocurre con el “formal” Ramiro Sanchiz, quien tiene muy presentes las tradiciones de cierta literatura, pero que a la hora de citar a Philip K. Dick, por ejemplo, utiliza procedimientos muy similares a los de los escritores pop. Asimismo, Jorge Alfonso, que continúa creando relatos poderosos en su segunda recopilación, Cuentos llenos de abrojos, realiza guiños ocasionales a lo autobiográfico y a la cultura popular, tal como lo hacían los escritores de los primeros años de la década.

Lo que sí es innegable es que la narrativa uruguaya está en pleno proceso de renovación. Además de la emergencia de las corrientes señaladas, hay que anotar otros fenómenos, como el hecho de que un nacido en 1980, Damián González Bertolino, haya ganado este año el premio de narrativa de la editorial Banda Oriental, así como la consolidación de la colección Estuario, rama juvenil de la también novel editorial Hum. Por otra parte, González Bertolino y Pedro Peña parecen estar configurando, en las ciudades de San José y Maldonado respectivamente, nuevos núcleos creativos saludablemente excéntricos a la hegemonía de Montevideo. La nueva década, sin duda, promete.

Publicada en TODAVÍA Nº 22.

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