El secreto de Don Luciano Cantalapiedra

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Por Cristina Castillo Martínez

Su despertador sonaba cada día dos minutos antes de las siete. Le gustaba estar despierto antes de que la más larga de las manecillas del reloj alcanzara la verticalidad, a pesar de que ya nadie le esperaba y hacía años que tenía un único asunto que atender. Con la minuciosidad de quien mueve una figura de ajedrez, desentumecía los músculos de los brazos, metía los pies en unas babuchas situadas perpendicularmente a la línea de la cama, y limpiaba con movimientos acompasados las gafas que, a lo largo del día, restituirían su amplia miopía.

Su imagen frente al espejo del baño le recordaba quién era y lo que ya no tenía, porque don Luciano Cantalapiedra estaba en ese punto muerto entre lo vivido y lo añorado, entre lo que fue y lo que nunca llegaría a ser. Una mañana se quedó mirando su espesa barba. La recorrió con el dorso de la mano provocando un sutil ruido, semejante al de aquella primera vez que se afeitó. Pensó en las desmesuradas palabras de su padre dándole la bienvenida al mundo de los hombres, y en cómo su rostro, entonces terso y joven, se sonrojó al saber pública su incipiente hombría. Pero lo que más sintió es que las voces de júbilo llegaran hasta los oídos de Mariana, la hija de los vecinos, de la que, desde niño, estaba enamorado. Y esto le indignó sobremanera. Por eso, sintió la alegría de su padre como una humillación y tardó tiempo en atreverse a mirar a Mariana con los mismos ojos de deseo que en anteriores ocasiones.

Pero ahora, hacía más de un mes que había dejado de afeitarse. Se había dado cuenta de que la sombra de la barba, lejos de hacerle parecer descuidado o enfermizo, ensalzaba los rasgos de su anciano rostro y le hacía más interesante. Y es que le gustaba sentirse observado con ojos de misterio, con aquella mirada de quien trata de adivinar el sentido de la vida, los deseos que la sustentan. Y, consciente de la curiosidad que su figura despertaba entre sus nuevos vecinos, alimentaba sus elucubraciones con indumentaria extravagante y con una cojera postiza que le hacía renquear unas veces la pierna izquierda y otras la derecha.

En las cuatro paredes de su habitación, no había más adorno que una vieja foto en blanco y negro en la que exhibía un porte más joven y apuesto. Aparecía de pie, apoyando, en un gesto de soberanía conyugal, una de sus manos sobre el hombro izquierdo de Mariana, quien, sentada en un butacón de terciopelo, tenía la mirada perdida en sueños de una maternidad inalcanzable. Aquella fue la única foto que se tomaron juntos desde la de su boda. Acababan de visitar al médico y él, para consolarla, le prometió que la llevaría a ver el mar.

Cuando Mariana murió, don Luciano Cantalapiedra decidió empaquetar las pocas pertenencias que tenía y alejarse de aquella ciudad que tantas cosas le había vedado. Se dirigió a la estación de tren y compró un billete al pueblo costero más cercano. Allí alquiló una casita que, en tiempos, sirvió de refugio; un lugar tranquilo para esperar la muerte, se decía. Desde entonces su rutina había sido la misma: a las ocho y media salía de su casa, bajaba por la Calle del Aserradero hasta llegar a la Plaza Mayor. A su paso sentía miradas y escuchaba conversaciones que lo convertían en protagonista de la ociosidad de aquella aldea. Para unos era un viejo soldado o un conde venido a menos. Para otros no era sino un viejo loco enamorado del mar. Por eso, con la cabeza alta y la marcha cada vez más renqueante, atravesaba el pueblo, dejando a un lado la escuela, y, al otro, el cementerio; sembrando dudas y avivando especulaciones. Después se dirigía hasta el acantilado, donde permanecía de pie durante horas, hiciese lluvia o viento, frío o calor.

Los más curiosos seguían su recorrido, escondiendo su presencia tras los frondosos matorrales. Algunos decían que le habían escuchado gritar. Otros afirmaban que conjuraba a los vientos. Y todos, absolutamente todos, hablaban del excéntrico don Luciano Cantalapiedra, pero lo que nadie sabía era que, caída la noche, volvía a su hogar. Sus piernas se tornaban acompasadas, y, antes de colgar sus postizos ademanes hasta el día siguiente, con una tristeza empapada en lágrimas, escribía en su diario: “Amor mío, tampoco hoy pude darte el mar”.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Brisa dice:

    Hay en su relato sencillez y descripción natural pero cargada de pormenores que le dan a la historia cierto misterio y encanto. Al inicio resulta un poco común el estilo que usa, pero, a medida que se adentra, y toma el control de los hechos, adquiere vida propia e interés para el lector. El final es triste, pero real, muchas veces no somos capaces de dar lo que tenemos dentro, y se nos va la vida en el intento. Creo que este relato podría continuar y encontrar una respuesta, en el mar, que enjugue las lágrimas de don Luciano.

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