Cayetana murio de frío

el
Juan Gris

Por Aída Párraga

 “Cayetana murió de frío”, ese fue el diagnóstico del Dr. Sebastián, con sus ojillos brillantes y llenos de curiosidad por tan extraño caso, volvió a ver a mi mamá y le repitió, más para convencerse él que para convencerla a ella, “Cayetana murió de frío”. Esto no hubiera sido extraño si hubiéramos vivido en una de esos países que salen en los calendarios donde las casas de madera y los árboles están todos cubiertos de blanco y hay venados, pero en Ereguayquín, aunque todo se ve blancuzco también, es por el polvo seco y persistente no por la delicada nieve del invierno.

Aquí el calor es cosa de siempre, ese calor húmedo y pegajoso que obliga al tiempo a arrastrarse por las calles desiertas al mediodía, siempre es igual, no importa que llueva o que sea de noche, el calor se queda instalado en los portales y se alborota después del aguacero. Es difícil soportarlo con decencia, los hombres van con los sobacos de las camisas húmedos y chorreando de la cara (por cierto que el chino de la tienda ha hecho un gran negocio fabricando sus propios pañuelos) y las mujeres no hayan cómo ventilarse maneadas con ese montón de fustanes y trapos con que las cubren.

Sin embargo, y a pesar de todo este calor que empezaba a quemar la tierra, tostándola al punto que agrietarla, mi hermana, según el doctor, ha muerto de frío… Y aunque nadie lo entiende, todos saben que es cierto. Mamá se ha limitado a asentir mientras le cubría la cara a la Cayetana con la sábana. De alguna u otra manera, ya esperábamos esto.

Todo comenzó el día en que fuimos a la estación del tren a esperar a la prima Carlota que venía de visita para las vacaciones de Agosto, mamá nos mandó muy arregladitas para que le diéramos la bienvenida a la prima de la capital. A mí me hizo poner el vestido blanco con revuelos que me disgusta tanto, me jaló el pelo hasta dejarme china y me hizo dos trenzas, luego me quitó los guaraches y me obligó a usar los zapatos de charol que sólo me pongo para las misas de Navidad, bautizos y comuniones, y por último me encasquetó un sombrero blanco con una horrorosa flor rosada a un lado. La Cayetana no tenía tanto problema para vestirse, todos sus vestidos le gustaban bastante y como a cada momento le decían que ya era una “señorita”, se empezaba a comportar tal cual. Con sombrero y flor, nos fuimos para la estación del tren, que está ahí a tres cuadras de la oficina de correos, pasamos por el parque para comprar una minuta de tamarindo con jalea, que por cierto me costó mucho comérmela sin manchar el horrible vestido de los revuelos, mi hermana no quiso minuta pero se compró un sorbete de carretón y nos fuimos para llegar a tiempo. El calor era el mismo de siempre por lo que la minuta llegó convertida en fresco a la estación. Tuvimos que esperar un rato largo porque el tren estaba retrasado. Nos sentamos en uno de los bancos, bajo la sombra, y nos quedamos quietas para sudar lo menos posible. A mí me corrían gotas por todas partes; cuando llegó el tren ya tenía empapado el cuello y un par de revuelos de las mangas. La emoción de la llegada de esa máquina grande y poderosa nos hizo olvidar por un momento el sopor de la una de la tarde y nos paramos alegres a ver bajar a los pasajeros, no es que mucha gente venga de visita a Ereguayquín, pero dos que tres comerciantes bajan todos los días a esta hora y vuelven a subir a las cinco, cuando el tren va de vuelta para el occidente. Además, en esta oportunidad, esperábamos a la Carlota, la prima que venía todos los años a pasar la semana de Agosto con nosotras, tiene quince años, es un año mayor que mi hermana, y teníamos muchas ganas de que llegara pues nos la pasábamos muy bien jugando con las chintas de palo y haciendo collares con frijolitos y semillas de copinol. También íbamos al mercado a comprar yuca con chicharrones y mangos verdes, en fin, que nos gustaba estar juntas y que nos contara de la capital, de los carros y los edificios y las ruedas que llegaban para la feria.

Sin embargo, ese día nos llevamos una gran sorpresa, del tren bajó una “mujer” con un vestido corto y muy ajustado, con zapatos de tacones altos y delgados, con medias, pintarrajeada de la cara y con el pelo cortito cortito, como el de los cipotes que van a la sanidad, y ¡esa era la Carlota! Nunca la hubiéramos reconocido si ella no nos habla. Se acercó, nos abrazó, y acto seguido se empezó a quejar del calor que hacía. La Cayetana y yo no lo podíamos creer, esa no era la Carlota de todos los años, no era la prima con la que jugábamos y hacíamos collarcitos, era otra, ¡nos la habían cambiado en alguna parte!

Finalmente cerramos la boca y la volvimos a abrir para saludar, recogimos las maletas y caminamos de regreso a la casa, por todo el camino fuimos escuchando a la prima que nos contaba cómo los muchachos de la capital la seguían y querían estar con ella, cómo había dejado de comer tortillas y fritada para no engordarse, cómo se había rasurado las piernas, cómo se había rasurado los sobacos, ¡perdón! “Las axilas” y cómo esto y cómo lo otro y mientras tanto todos los hombres que estaban sentados en las bancas del parque se le quedaban viendo y le decían cosas. La Carlota se reía y seguía caminando moviendo las nalgas para un lado y para el otro, a nosotras, la verdad, nos dio mucha vergüenza y por primera vez en mucho tiempo, nos sentimos felices de llegar a casa.

Mi mamá también se sorprendió al ver a su sobrina tan “cambiadita”, pero igual la saludó con cariño, la llevó al cuarto de nosotras, que siempre compartíamos, y la dejó para que se cambiara y pudiéramos almorzar. Yo también me cambié porque ya no aguantaba los revuelos, así que me puse mi vestido de manta y mis guaraches y salí corriendo al comedor. ¡Pucha! otra vez con la boca abierta porque la Carlota se había puesto unos pantalones azules, de esos que les dicen “yines”, pero pegados pegados, qué digo pegados, ¡untados al cuerpo! y una blusita que de chiquita se le veía la panza. La Cayetana estaba roja de la cara sólo de verla y la otra lo más tranquila, diciendo que se había traído lo más fresco porque en ese pueblo el calor era terrible y no se aguantaba y no entendía como era que la Cayetana andaba tan maneada con tanto trapo, que por qué mejor no se ponía uno de sus yines que le iban a quedar bien… Y fue entonces, que mi hermana empezó a sentir frío.

No ─le dijo─ te lo agradezco, la verdad es que yo no tengo tanto calor─ Y se abotonó la blusa hasta arriba.

Los días en Ereguayquín pasan muy despacio, el calor se encarga de éso. Y esa semana pasaron todavía más despacio que de costumbre gracias a los constantes rezongos de la prima, que si el calor esto, que si el calor lo otro y siempre encontraba algo más chiquito que ponerse, dizque por el calor. En las noches se quitaba todo y dormía casi chulona, así como Dios la trajo al mundo, dizque por el calor también; lo chistoso es que compartía cama con la Cayetana, y mientras mi prima se desnudaba mi hermana se embozaba hasta la cabeza, yo le decía que se iba a ahogar con tanto calor, pero ella insistía en que tenía frío.

El jueves, dos días antes de que la Carlota se regresara a la capital, mamá recibió la visita de las niñas Domínguez, dos viejas brujas que se encabritaban todas cuando alguien las llamaba “Señoras”, ─¡Señoritas!─ corregían inmediatamente, que porque nunca se habían casado. Nunca me cayeron muy bien, pero como yo las recibí en la puerta no tuve más remedio que saludar de buena gana. Mamá las hizo pasar al corredor porque es el único lugar de la casa en que se puede uno esconder del calor y disfrutar el aroma de los geranios y el frescor de los mangos del patio. La Cayetana y la Carlota estaban sentadas a la par de la pila, ahí, donde termina el corredor, yo me senté con ellas y nos quedamos platicando y haciendo collares de copinol. Las “señoritas” no dejaban de ver a mi prima, hasta la llamaron para hacerla que modelara unos sus calzones de lona cortitos y muy socados, ella muy linda se dio la vuelta de un lado y luego del otro y les dijo que cuando regresara a su casa iba a hacer un curso de modelaje para salir en las revistas, después se sentó de nuevo con nosotras y nos quedamos ahí hasta que se fueron las visitas.

Mi hermana y yo salimos con ellas hasta el portal a despedirlas, nos quedamos en la puerta viéndolas alejarse, no sé si ellas creían que no las oíamos o lo dijeron fuerte para que las oyéramos, pero fue entonces que dijeron que la Carlota no sólo tenía calor, sino que el fuego del infierno le estaba quemando la sangre, y que así como estaba iba derechito a la calle de Las Oscuranas, ahí, donde terminaban todas las mujeres sin vergüenza. Fue esa noche que la Cayetana empezó a usar el chal de lana que estaba guardado en el baúl.

La Carlota se fue el domingo siguiente, fuimos todos a despedirla a la estación, mi mamá llevaba a Petronilo, el carretonero, para que ayudara a subir el canasto con tamales, elotes, mangos, chancacas, totopostes y todas las delicias que se producen en este pueblo y que cada agosto manda a su hermana en la capital.

Hace cuatro meses que se fue la Carlota y estoy segura que ha de tener calor todavía porque se llevó el de mi hermana. Por más que mi mamá le insistía que dejara de usar ese horrible chal de lana, la Cayetana no se lo quitaba ni para dormir, cada vez que alguien decía algo sobre el calor inclemente que no amainaba nunca, ella decía que no, que más bien estaba como “muy fresco”. En octubre, cuando empezaron a soplar los vientos, mi hermana empezó a usar calcetines y mi mamá a preocuparse de verdad, llamaron al médico que la examinó y le dio jarabes y consomés de cusuco y de garrobo, pero no pasó nada, seguía con frío, tocarle las manos era como tocar una paleta, helada helada, y para entonces, ya estaba pálida como aliento de fantasma. Hasta las señoritas Domínguez le preguntaron un día que las encontramos en el parque, si no tenía calor con tanta ropa y les contestó que no, que más bien estaba como “muy fresco”. Y hoy amaneció así, tilinte, pero sobre todo, helada.

La Carlota y mi tía llegan hoy de la capital para acompañarnos en la misa y el entierro y yo, por si las dudas, ya le pedí a mi mamá que me compre uno de esos “suéteres” que vende el chino.

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