Los días heridos de Leticia Luna

Leticia Luna poeta mexicana, autora del libro Los días heridos editado por 400 Elefantes

Por Max Rojas

Porque en efecto, los días —algunos días sobre todo—, duelen, hieren, sajan; abren hendiduras en la carne y en el alma que tardan en cerrar, si es que cierran; golpes como del odio de Dios que diría Vallejo, que nos  cuestionan, nos desgarran, sobre todo porque sentimos o presentimos, mejor, que no debían de ser así. “Amanecer tanto como amanecer, amanece todos los días”, escribió hace ya años el poeta español Blas de Otero pero cuando el amanecer se oculta tras los más negros nubarrones es que las cosas andan mal, muy mal, definitivamente, en lo individual y en lo colectivo.
Sea el desamor el que golpea a la puerta y nos congela o una muestra más de los muchos, ya casi cotidianos, actos de barbarie cometidos por quienes nos mandan y desmandan en nombre de una legalidad que sólo los protege a ellos. Es México pero no sólo México, se camina a pasos rápidos hacia un oscuro horizonte de conflictos sociales: la impunidad, la cobardía, el disimulo, la ineptitud de las elites mandantes y de los dueños del dinero nos empujan ¿a dónde? Ojalá seamos capaces de impedirlo.
El poeta habla de sí y de su mundo pero también del ancho mundo y de las injusticias que unos cuantos bribones cometen a diario con la inmensa mayoría, debe y tiene que hacerlo porque por algo es dueño de una sensibilidad que está bastante más allá del común de la gente, y por otra, porque aún sigue siendo el cantor de la tribu, el vocero de las pocas buenas noticias y de las muchas, muchísimas malas novedades que llueven sobre nuestros pueblos. “Cada mujer y cada hombre” —vino a decir en frase memorable José Martí— “necesita una buena cantidad de decoro, para ser de verdad, un ser humano”. En estos tiempos sin embargo lo que más falta nos hace es el decoro, la decencia pues, para decirlo en una palabra más sencilla. Hoy se venden o se truecan conciencias al mayoreo y es difícil saber si quien está delante de nosotros es un ser de verdad o una máscara sangrante, una basura en venta a quien mejor le pague sus servicios. Y si esto lo pasamos al campo de la creación cultural y al campo creativo no es de sorprender que lo espurio, lo falso, lo adocenado y lo ya muerto, incluso, predominen sobre lo auténtico, lo vivo, lo que puede abrirle un camino verdadero a la esperanza.
Cuando esa madrugada del año 2006 se produjo el artero ataque al pueblo de San Miguel Atenco por el horrendo delito de defender sus tierras y con ello, sus más elementales derechos humanos, Leticia Luna, poeta del amor y por lo mismo poeta humanísimo, debe haber sentido una sacudida interna que más que poner la cólera en la poesía, puso a la poesía como arma que monta en cólera y disparó la rabia que la quemaba por adentro. Fueron Los días heridos de Leticia Luna, y así nació este libro terrible, pero bello al mismo tiempo, que ahora se presenta, días que duelen, días que a fuerza de las arbitrariedades cometidas desde el poder se están convirtiendo en muchos, demasiados días que se suceden, uno a uno, en los que la muerte, la represión y la injusticia hacen acto de presencia.
¿Nos merecemos esto? Pugnas entre gansters que creen tener el poder real y gansters que enloquecen a plenitud sin tener siquiera el poder formal. Entre los dos fuegos está el pueblo, los indígenas, los campesinos, Los condenados de la tierra, según el título de aquel espléndido libro de Frantz Fanon, muy leído no hace todavía muchos años cuando aún había esperanza, ya no la hay o al menos la que aparece, es tan escuálida que apenas puede vislumbrarse.
Nos queda la palabra y sino la salvación pertinaz por la palabra, si al menos una bocanada de ese aire fresco que tanta falta nos hace, y que sólo una buena poesía, como ésta de Leticia Luna puede darnos: “Cada muerte trae más muerte/ el país no es mejor país/ sino un cautiverio de mujeres”. O ésta: “Borrarán mi nombre/ y pensaran que he muerto/ pero mi nombre tatuado en el cielo con sus destellos danza”. Y eso, claro, en aquellos días angustiosos de la represión contra el pueblo de Atenco, en los que, como dice la poeta: “ahora sé que tu enviaste a los jinetes de la muerte/ y pusiste trampas para que mis huesos se negaran a arder/ ¿era una prueba más para arquearme y peregrinar por todos los caminos?/ No puedes anunciar la victoria ni la salvación/ ni predicar el odio entre aquellos que vislumbran la comunión de la Palabra”. Gracias Leticia por tu palabra poética y por tu grande, inmensa, lección de decoro.

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