CARROZA PARA ACTORES

Por Karla Suárez

—Yo soy actriz.

Dijo la muchacha apartando la vista hacia la ventanilla. El conductor recorrió su cuerpo con una mirada y reanudó la marcha. Dijo que el sueño de su adolescencia había sido el teatro, pero terminó como instructor de conducción. Jugarretas del destino y obviamente, del talento.  Cuando era más joven no se perdía ninguna obra. Ahora realmente tenía poco tiempo, pero como acababa de conocer a una profesional del medio, seguramente iría pronto. Era la primera vez que daba botella a una actriz y le resultaba emocionante. Quiso saber su nombre, dónde trabajaba, qué obra presentaban, cómo se llamaba el personaje. La muchacha lo miró.

—No pertenezco a ningún grupo —sonrió de mala gana y volvió a girar el rostro hacia la ventanilla para continuar hablando—. Yo en realidad, hubiera querido ser hija de un multimillonario. Pasar toda la infancia siendo la niñita de papá con todo lo que me viniera en mente. Llegar a la adolescencia para comenzar a gastar dinero en compras inútiles, mientras el viejo me pasaba la mano por el pelo llamándome “amor de mi corazón”. Antes de la mayoría de edad hubiera comprado la licencia de conducción y estrenaría el carro, regalo de  mis queridos padres, para comenzar mis giras nocturnas con amigos y botellas. Hubiera abandonado la universidad después del primer aborto, y trasladaría mi vida al apartamento, regalo de mi padre para calmar mis nervios. En el último piso y con piscina, organizaría de esas fiestas que no terminan nunca, con invitados hijos de los enemigos de mi padre, y donde todos nos beberíamos el mundo y el mundo tragaríamos por la nariz hasta caer al piso. Así hasta que un día, a los 25 años me encontrarían muerta en un accidente automovilístico, con las venas llenas de alcohol, y la nariz enrojecida crónica. Eso hubiera querido que fuera mi vida, claro, pero nací equivocadamente.

Él permaneció unos minutos atónito y luego sonrió afirmando que lo del padre multimillonario no estaba mal, pero al menos era actriz y eso era algo ¿no? Seguramente había representado obras en la escuela de teatro, un personaje secundario,  cualquier cosa. Todavía era joven y tenían tiempo para encontrar un grupo. Él en el preuniversitario había representado a Otelo en una actividad de la escuela, y conservaba las fotografías como un gran evento. La muchacha lo miró muy seria.

—Nunca fui a la escuela de teatro, aspiro a cosas superiores. Hace años me preparo para la gran representación, yo alcanzaré lo perfecto, el gran arcano, ¿me entiendes?

Él no entendió, pero vista la seriedad del otro rostro, decidió no abrir más la boca. La actriz dirigió su mirada a la ventanilla y sólo  volvió a hablar para pedir que la dejara en su destino. El auto se detuvo. Ella dio las gracias y él agarró su mano segundos antes de bajarse.

—Espera… disculpa si te molesté, de todas formas, cuando estés lista para la representación de lo perfecto, ¿cómo podría verte para que me invites?

La muchacha sonrió.

—Vivimos en medio de una representación. Seguramente tu Otelo resultó más creíble que esas ganas de verme. —Soltó su mano bruscamente y bajó.

El chofer suspiró poniendo el auto en marcha y  no volvió a pensar en ella hasta unas semanas después cuando la vio parada en la misma esquina. Se acercó despacio anunciando “carroza para actores”. Ella no pareció reconocerlo y entonces para no sentirse ridículo simplemente la invitó a subir.

—Me dices dónde quieres que te deje.

Ella movió la cabeza afirmativamente fijando la vista en la ventana. El muchacho se sintió incómodo, pero era de esperar que alguien que todos los días montaba en un carro distinto no recordara su rostro.

—Me parece que nos hemos visto antes. ¿Tú a qué te dedicas?

—Soy actriz.

Él sonrió ideando la manera mejor de hacer que lo recordara.

—Hace unas semanas creo que di botella a otra actriz, lo recuerdo porque el teatro es una de las cosas que más me gusta. ¿Estás trabajando algún personaje?

La muchacha giró la vista hacia sus ojos, suspiró y luego volvió a la ventanilla.

—Yo en realidad hubiera querido ser una católica, no por vocación, sino porque no quedara más remedio que  afiliarme a alguien. ¿Y quien mejor que un alguien colectivo? Juraría llegar virgen al matrimonio, y ante la imposibilidad de encontrar marido tendría sueños eróticos, donde me vería en minifalda y con un inmenso escote, cantando para un público de hombres. Entonces comenzaría una doble vida. De noche andaría a conciertos de rock, para admirar a los monstruos llenos de pelos y sudores. Olvidada en la última fila asistiría a las transformaciones de los otros, rezando en silencio, y lloraría en las noches la incapacidad de liberarme. Me encontrarían muerta de indigestión, desnuda y con las piernas abiertas, virgen y con 35 años, y una cruz aferrada en una de las manos.

El tuvo ganas de reír, pero se contuvo.

—¿Estás ensayando tu próximo papel?

La muchacha lo miró sin apenas inmutarse. Él se encogió de hombros y cambió la vista, mientras murmuraba un “disculpa”.  El resto del viaje no volvieron a conversar.  La calle pasaba de prisa, mientras al timón, él se preguntaba por qué con tantas muchachas bonitas y normales que había, le venía a tocar una loca que lo único que hacía era hablar boberías.

—Déjame en esta esquina.

El carro frenó bruscamente.

—Te deseo suerte y que puedas por fin convertirte en una gran actriz.

Ella bajó despacio y ya afuera se recostó un instante en la ventanilla.

—No. Yo soy actriz. Lo que quiero es la representación perfecta. —Dio media vuelta y se fue.

El motor se puso en marcha con un conductor un tanto irritado. La palabra “estúpida” merodeaba mezclada con el aire que entraba por las ventanillas. “La próxima vez que la vea la dejo plantada en la esquina, bajo el sol, y con sus guiones preelaborados”. Eso pensaba él, pero la siguiente vez que la vio fue aproximadamente un mes después. Siempre en el mismo lugar. La luz roja lo obligó a detenerse, a pesar de sus intentos de escapar. Entonces se le ocurrió que sería divertido dejar que se acercara a pedir botella y entonces le plantaría una rotunda negativa en el rostro. Ella, sin embargo, no hizo nada para abordarlo. Estaba como siempre: detenida. El semáforo cambió la luz y el miró por el retrovisor. El auto de atrás comenzó a pitar desesperado al ver su marcha en retroceso.

—¿Te adelanto un tramo?

La muchacha dio las gracias y se apresuró en subir. Él no quiso indagar demasiado en su repentino cambio de actitud. Prefirió asumir que le daban pena las muchachas que esperaban bajo el sol, y que era mucho más  entretenido viajar con una que hacía historias, aunque resultaran siempre patéticas. Trató de ser amable y divertirse un poco.

—Yo soy actor ¿sabes?

Ella le dedicó una mirada con desgana y volvió a fijar la vista en la ventanilla. Él quiso de veras divertirse.

—En realidad quería ser otra cosa… quería ser un tipo normal y andar por la calle y un día encontrar a una muchacha y conversar y enamorarme de ella, y enamorarme tanto hasta descubrir que ella no me amaba, ni siquiera me miraba, y entonces… entonces planificar calladamente su muerte, asesinarla con mis propias manos, llevarla en una loca carrera por toda la ciudad para hacerla morir de miedo. Luego bajaría su cadáver del carro y continuaría tranquilo silbando una canción.

—Para ser actor eres bastante mediocre. — La voz de la muchacha lo hizo girar la mirada hasta encontrar sus ojos—. La gente interpreta papeles en dependencia del momento en que se encuentren. Lo más terrible es que pueden tener ante sus narices una verdad y se emocionarán pensando que es una interpretación magistral de eso que llaman realidad. Los actores están del lado de allá del escenario, viejo, pagan el boleto y luego van a casa a continuar el rutinario guión que alguien les ha impuesto.

El chofer abrió los ojos con asombro ante la total elocuencia de su acompañante, pero no quiso perder la oportunidad de continuar escuchando. Quiso darle un pie para que siguiera.

—¡Déjame adivinar! ¡Tú eres actriz!

Ella le dedicó una sonrisa.

—Como adivinador también eres mediocre, que soy actriz te lo he dicho las anteriores veces que me has dado botella.

El carro frenó en seco y él se giró mirándola muy serio.

—¿Entonces me reconociste? ¿Me aceptas un café?

—No puedo perder tiempo, déjame en casa, nos vemos el mes que viene en la misma esquina.

Fue así como convirtió su máquina en la “carroza para actores”, que cada mes acudía a recogerla al mismo sitio. En un comienzo pensó que la frialdad de los  primeros momentos iría cediendo. Él se mostraba muy locuaz. Hablaba de temas divertidos mientras ella repasaba la ciudad a través de la ventanilla y a veces lo interrumpía con algún comentario totalmente ajeno a su discurso. Él trató de indagar en su vida, saber si era casada, si vivía sola. Conocido juego de tantear el territorio, que encontraba respuestas en monosílabos y medias sonrisas por parte de ella.

—¿Por qué te interesa acostarte con una desconocida?

El chofer titubeó un poco antes de responder.

—No… si yo no quiero, además de que ya no eres una desconocida, yo sólo quería interesarme por tu vida, es normal ¿no?

—Mi vida es simple: soy actriz. Nunca te vayas a la cama con una actriz. Puedes padecer reacciones muy frustrantes. A mí lo único que me importa es prepararme para mi representación. —Le dedicó una sonrisa.— Quizás tú seas un buen espectador. ¿Te interesaría?

Él movió la cabeza afirmativamente y agregó que era en verdad lo único que le interesaba de ella: su vida profesional. Pero era mentira.

—Ok, te mantendré informado. Serás mi invitado de honor.

Era extraña, y él quiso esperar al mes siguiente. De mujeres había conocido muchas. Ésta era un desafío. De esa clase de personas que les gusta rodearse de un aire misterioso, con discursos a medias, como si colocaran las palabras al borde de la mesa para verlas tambalearse. Él aceptó el reto, aunque en verdad lo único que le interesaba era encontrar una muchacha normal. Una que te mira, responde “sí” y “ya somos novios”. De esas que se van a buscar a la salida del trabajo y se presentan a los padres y se felicitan el día de los enamorados. Aunque en realidad quisiera eso, prefirió esperar, o hacer lo que en su lenguaje se definía como “madurar la fruta”. Prefirió respetar los tiempos dilatados y la mirada ajena. Ese aire que la hacía diferente. Tal vez luego de la anunciada representación,  vendría el café y quién sabe si otras cosas, mientras tanto no quedaba más remedio que esperar. Era tan inofensiva, tan poco perniciosa, que daba casi pena.

—¿No piensas adelantarme nada de la obra? Ya que soy invitado de honor, debo estar preparado, ¿no?

—No. Quien tiene que prepararse soy yo. Tú solamente harás lo que dice tu papel: estar presente. No puedo adelantarte nada, lo echarías todo a perder. Yo alcanzaré la magnificencia. Con eso basta.

Habían pasado ya unos cuántos meses desde el primer día, y él continuaba esperando. Abrigaba en lo más hondo la sospecha de que luego del teatro todo cambiaría. Si bien no era de las más comunes, al menos tenía algo que la hacía interesante. Quizás ese empeño de soñar con una obra que rompería todos los arquetipos posibles. Un espectáculo donde la platea pasaría a ser la ejecutante, mientras en el escenario los supuestos actores gozarían de la función. Alguna vez dijo, con marcada ironía en las palabras, que el teatro no era más que una dulce escapada del libreto. Los espectadores disfrutan lo que ven con la total certeza  de que el telón caerá y todo volverá a ser como al inicio. Las butacas, entonces, son territorio franco, donde las emociones y los sentimientos pueden vagar libremente mientras que dure el espectáculo. Ella trastocaría todo, dijo con la vista fija en la ventanilla, crearía una confabulación donde todos quedaría implicados.

La carroza para actores se detuvo una vez más ante la muchacha que esperaba bajo el sol. Él le dedicó una sonrisa y siguió con la mirada su menudo cuerpo, mientras hacía el recorrido para subir al carro.

—Llegó el momento –dijo ella con un cierto brillo en la mirada—. Estoy lista. El sábado asistirás a la gran representación. Anoté la dirección en este papel. ¡Espero que te diviertas!

Cuando se despidieron, él deseó buena suerte. Se sentía emocionado e impaciente a la vez.

El sábado compró flores. Estaba convencido de que la obra sería un éxito y al menos por un día ella aceptaría un café y quizás otra cosa. El espectáculo era en el sótano de una iglesia, en un barrio un tanto despoblado. Él llegó mucho antes de la hora señalada. A las ocho abrieron las puertas y el lugar se fue llenando de gente que ocuparon las butacas y hasta el piso. Voces de Cantos gregorianos llenaban el espacio, mientras el público esperaba entre susurros.

Cuando ella salió a escena, algo dentro de él comenzó a vibrar. Estaba transformada, los ojos le brillaban de una forma extraña, y existía como un halo delineando su figura. Era perfecta. Desde su asiento, comenzó a sentir un extraño olor que fue llenando la sala, pero apenas lo notó al principio. Luego el olor proveniente del humo que invadía el lugar, se fue mezclando con las palabras del lado de allá del escenario. Perdió la noción del tiempo y la lógica de las recitaciones. Todo era ella, la gran actriz y el flujo de energías que experimentaba desde su butaca. Por eso cuando la vio desnudarse, el éxtasis provocó que sus ojos permanecieran abiertos. Absortos en esa admirable aprehensión de lo perfecto. Sintió un calor que lo recorría al improviso cubriéndole todo el cuerpo. Ella desnuda de lado de allá y él, refugiado en su inconsciencia, deseando tocarla. Quiso pensar que se trataba de ternura, pero un latido en el centro de sus piernas, lo hizo desistir. Era más fuerte que él. Quería poseerla, gozar del menudo cuerpo que se ofrecía a su visión. Hacerla carne dentro de su carne, lengua dentro de su lengua. Y por un momento pensó que el ardor de sus mejillas podría incendiar el resto de la sala. Podría delatarlo cómplice en esta jugarreta de la actriz. Pero los rostros cercanos se denunciaban partícipes de emociones similares. Miradas  transformadas en lujuria y luego en una morbosidad que se confundía con la concupiscencia del espectador de al lado. Todo formando parte de sensaciones colectivas. Energías que entraban y salían y chocaban y pedían estallar. Por eso, cuando uno de los actores levantó el cuchillo que desgarró la piel de ella, él sintió que se ahogaba. Cuando la sangre empezó a brotar a él le brotaron lágrimas. Cuando los  otros desde el escenario agarraron las manos de la actriz para sostenerla, él sostuvo las de sus vecinos apretándolas con fuerza. Cuando el telón comenzó a bajar, estalló en aplausos descomedidos y gritos de “bravo” y palmadas en las espaldas de los espectadores que se abrazaban llorando, emocionados, enternecidos, sobreexcitados.

Afuera la esperó muy ansioso. Los demás se iban marchando y él  caminaba de un lado para otro. Miraba el reloj y se arreglaba el cuello de la camisa. Volvía al reloj y olía las flores. Por fin, cuando no quedaba nadie, divisó a uno de los actores saliendo por la puerta del costado. Se acercó despacio y decidió esperarla junto a un árbol, justo donde alcanzaba la franja de luz proveniente del bombillo. El actor volvió a entrar y salió con unos maletines, que colocó en el asiento trasero de un auto. Luego salieron otros dos, uno se sentó al timón y encendió el motor. El otro abrió el maletero. Entonces el primer actor volvió a entrar y al momento apareció haciendo una señal desde la puerta. El que estaba afuera se acercó y juntos cargaron un enorme envoltorio aparentemente pesado. Lo colocaron en el maletero y cerraron. El primer actor volvió adentro, el otro se metió en el carro. Cuando las luces de la iglesia se apagaron y el que estaba adentro salió cerrando la puerta, él sintió una cosa muy extraña. Dio unos pasos aferrando sus manos al ramo de flores. El otro caminó hacia el carro y levantó la vista recorriendo el lugar, entonces fue que lo vio. Se le acercó despacio, metió la mano en un bolsillo y extendió un papel. No dijo nada. Puso el papel en su mano, dio la vuelta y se unió a los otros. El auto se alejó veloz.

Él dio unos pasos hasta colocarse  bajo el bombillo. Suspiró profundamente, abrió el papel y leyó:

“A veces la verdad está delante de nuestra narices, y nos negamos a creerla. ¡Bravo! Eres un magnífico espectador. Yo era actriz. Ahora soy mi sueño.”

El papel cayó de sus manos, junto con las flores. Él comenzó a andar despacio. Atrás quedaba un extraño perfume. Las flores olían a cosas vivas.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Carmen Ayala dice:

    Muy buena historia, muy buena narrativa, me encantó… me emocionó.

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