La mujer de Antonio

Por Livia Palmeiro

La mujer de Antonio camina así, cuando va a la plaza camina así…

No vengo a hablarles de la mujer de la canción, sino e la mujer de Antonio, el de mi barrio. ¿Que si era bonita?… Figúrate, fue reina de belleza cuando las elecciones de la reina del carnaval. Después se casó con Antonio, que trabajaba en la Compañía de Electricidad, encarama’o en los postes tirando líneas, claro, muy peligroso, como que le costó la vida.

Yo recuerdo a la mujer, la mujer de Antonio con su niñito en brazos, sin luto porque se vistió de blanco de arriba abajo.

Los días que siguieron fueron terribles. No sé cuántos «buitres» casados del pueblo dándole vueltas para ver quién se acostaba con la mujer de Antonio. Pero ni la miseria pudo con esa mujer; salió a la calle y sin ninguna duda se colocó de criada. La vi hacer los trabajos más duros con la misma mirada de siempre, altiva como la reina que fue.

Lo que más me impresionaba de la mujer de Antonio era, como decían los vagos del barrio, que nunca se le quitó la jodida costumbre de trabajar…, trabajar…, trabajar, incluso ancianita hacía mandados, cuidaba enfermos.

Una vez desde el bar, mientras la mujer de Antonio pasaba, alguien le gritó:

– Ahí va la mujer de Antonio. Oye, vieja, pudiste haber explotado lo buena que estabas, entonces sí hubieras sido una reina.

No pude argumentarme, la defendí con tal vehemencia que terminé en la Estación de Policía después de haberle roto la cabeza al estúpido que la ofendió.

Claro, quedé presa, me acusaron de lo que todo el barrio sabía y me permitían ejercer: prostitución.

Estuve tres meses alejada de todo. Cando salí había perdido mi trabajo en el bar, pero para mí era fácil conseguir otro. Comencé en el prostíbulo. Sí, era de las que me paraba por las ventanas incitando a los hombres a amarme. Bueno, estoy exagerando, no era a amarme precisamente. Una noche la vi; yo, en la ventana. La mujer de Antonio pasó, me miró y por primera vez sentí vergüenza. Intenté cubrirme, pero fue imposible, estaba casi desnuda. Entonces me llevé las manos a los senos y ella sonrió. Se me acercó y yo pensé en lo valiente que era porque pocas mujeres como ella harían eso.

No dejó de sonreírme y yo no me atreví siquiera a abrir la boca. La vi viejita y la vi bella. Cuando me pasó la mano por la cabeza, un sollozo se me atravesó en la garganta y por mucho que aguanté, mis ojos se empañaron. Creo que se dio cuenta. Iba a decir algo y, en ese momento, aquella hija de puta matrona me gritó mis obligaciones.

–Oye, estás en un prostíbulo, espanta esa vieja de aquí, que no se te van a pegar ni las moscas.

Se fue enseguida, sin decir nada, no hizo falta. Aquella noche salí a la calle, no me importaron los gritos y amenazas de la matrona, tenía que caminar. No exagero si digo, aún después de tantos años, que la mujer de Antonio cambió mi vida.

Claro que no dejé mi trabajo; pero algo se rompió aquí, dentro de mi cuerpo. Admiré tanto a esa mujer que ahora que regreso otra vez al barrio, siento el mismo sollozo en la garganta que aquella noche cuando la pureza posó su mano en mí.

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