El corazón de Troy Davis colgado de un álamo a las 11.08 p.m

Por Heyra Harbar

Los árboles del sur tienen frutas raras,

sangre en las hojas y sangre en la raíz,

cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña,

fruta rara colgando de los álamos.

Canción de Billy Holliday

El reo

nunca perdonado,

sin apelación posible,

arrestado en el sur

que antes enjuició a Rosa Parks,

recibe sus días de patíbulo

con peticiones de personajes y países:

Jimmy Carter,

Benedicto,

la Unión Europea,

Amnistía.

Nadie logró probar que el hombre negro

asesinó al policía blanco fuera de servicio,

pero nadie en Savannah diría que no:

se ha escogido al culpable

para que cuelgue en el vaivén del álamo

marcando la hora de morir

con un galón de barbitúricos

y anestesia de animales.

El día de la ejecución

los jueces emitieron sentencia

sin perder el pulso en el papel legal.

Los jinetes de la muerte

anunciaron que el envenenamiento

se había consumado a las 11.08 pm

y que la pena capital en la cárcel de Jackson

colgaba con esa fruta rara en las cadenas de televisión.

En la mañana del jueves

la familia recogió el cadáver

sin saber el epitafio que ha de llevar la tumba.

Si las leyes de Jim Crow siguen intactas,

el pasajero negro ha de recitar

en una fosa separada de Georgia

las últimas palabras dichas la noche anterior:

“yo no lo hice…no maté a su padre, hijo o hermano”.

Cuando muere una hermana

Para Alí Cuevas

(Escrito para la Marcha del 25 de noviembre 2009

en rechazo a la violencia contra la mujer)

No te conocí como otros que te cargaron en brazos.
No te conocí, muchacha, y tuve que encontrarme contigo en una calle
gritándole a la muerte, puta muerte, otra forma de vida.
Hubiéramos sido amigas, más que eso: hermanas,
porque en un espejo me vi.

Venía tu fotografía en las manos de tu padre,
venían cientos de mujeres que recogían tu cuerpo plenamente ciudadano
y lo alzaban en hombros junto a otras que también habían muerto.
Moríamos todas con la cabeza partida y un cuchillo afilado,
y los dientes de fiera desgarrándonos el cuello.
Moríamos en una casa que era urna,
un refugio desprovisto de techo y cordura.

Supe que escribías sobre Epicuro de Samos.
Entonces pensé: sabes que lo opuesto a la felicidad
es el temor a la muerte
y también la ira.

Pienso en ambos y su porción de miedo
cuando grito el nombre de cada mujer
anticipadamente sorprendida por las armas de la guerra.
Un ejército remota la edad de hierro con el mandato del sepulcro,
en todas las ciudades hay un cuerpo de mujer
arrancado de la tierra.

En este punto nos damos la mano,
en la puerta de la existencia reconozco tu lugar,
tu presencia en las palabras que dijimos conjurando la ley de los hombres
como escolta de esta marcha que enhebra el mundo.
Digo futuro y te conozco.

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