Un asunto de olores y honores

HERMIN ABRAMOVITCH Por Lety Elvir

Dos años de casados, los más felices de sus vidas. – “Amor, estoy embarazada”.

Él saltó de  alegría,  besó la barriga de sus amada y habló como niño de dos años para conversar con el ser del otro lado de la piel de su mujer; le prometió carros, montar caballos y muchas novias por conquistar.

Ella, cada mañana puntualmente a las seis, es un solo vomitar: bilis verde, bilis negra, bilis amarilla, casi, casi el hígado entero; pero no había  que preocuparse porque esos síntomas desaparecerían después de los tres primeros meses de gestación, decían todos a su alrededor, y así lo pensaron ellos también.

Pasaron los tres meses, Sara comenzó a engordar de la cintura como globo de anuncio navideño, dejó de mirarse al espejo porque la del reflejo era una perfecta desconocida, con ojeras, encías sangrientas y un tufito a hierro que le salía en cada exhalación. Definitivamente, esa no era ella, sin embargo había dejado de vomitar, excepto si sentía olor a grasa o a pollo frito; cuando esto sucedía, Sara le daba la razón a los rumores que circulaban y decían que las mafias de narcos y asesinos de pollos se habían apoderado de la nación, las pruebas se basaban en que las drogas y las comidas rápidas a base de pollo frito se vendían por doquier.

Todo olía a pollo frito, hasta su marido, Adriano,  había comenzado a transpirar ese mismo olor. La ciudad, el país entero eran un grasiento, drogado y asqueroso pollo frito.

Con el transcurrir de las semanas, la situación se volvió tan difícil que Sara le pidió a Adriano que durmieran en camas separadas porque ya no soportaba su olor. Adriano la miró estupefacto, con una pregunta en la boca: ¿Estás loca, Sara?, mi papá me dijo que el hombre de la casa jamás debe abandonar su lecho conyugal porque pierde el honor, y no dormiré en otro lugar que no sea con mi mujer, que para eso me casé.

-Por favor, Adriano, esto es superior a mí, no lo puedo controlar, dormí en el otro dormitorio, suplicaba Sara a punto de llorar.

Adriano intenta abrazarla, ella  siente el olor y sale al baño a vomitar.

Adriano no entiende, pero tiene claro lo que le dijo su papá; Sara siente que lo odia. Lo odia, se lo dice en cuanto lo ve llegar cada tarde después del trabajo, se lo repite cuando lo ve meterse en la cama. Adriano está desencantado, ya ni del bebé se acuerda, no tiene cabeza para nada, tampoco tiene ropa planchada, ni lavada, porque el olor está ahí y Sara odia ese olor y con la nariz tapada echa en bolsas de basura la ropa sucia de Adriano. Él apesta, él es el culpable de su estado, él la rechaza,   así lo siente ella.

Nadie lo duda, están en crisis. La familia de Sara, la suegra de Sara, las cuñadas y cuñados de Sara, todo el mundo  sufre por la suerte de Adriano. –Hijo mío, un hombre no puede estar solo, mejor búsquese otra compañía que lo cuide como un hombre se merece, yo no lo traje al mundo para verlo sufrir,  le recuerda la suegra de Sara entre lágrimas, a Adriano.

Los días han seguido su curso, ya pasaron siete meses y en cada esquina se vende pollo frito, es como si todo golpe cayera en el tropezón . Adriano es el culpable, insiste Sara, si no fuera por él, no estaría embarazada, Adriano malo, Adriano apestoso, Adriano necio, que no se sale de la cama … y Sara lava las sábanas cada mañana.

Adriano no entiende, está herido; Sara no entiende, está herida. Adriano se marcha de la casa, Sara cambia las sábanas.

Adriano no vuelve a  casa, nueva dama lo acompaña. Sara está sola, Sara cambia los pañales.

Foto: HERMIN ABRAMOVITCH

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