Entre muros

  • Por Lina Vanegas

—Ernesto, escucha bien. Óscar acaba de salir a trotar al parque. Estoy sola. Muy sola. Quiero que vengas —decía Ángela sin pudor y jugueteando con el cable del teléfono.

—Bueno, ya voy para allá—respondió Ernesto un poco asustado. Iba a decir algo más, como que si sabía cuánto tiempo tardaba su esposo o si era seguro que no los cogerían, pero a esas alturas Ángela ya había colgado y estaba esperándolo dos pisos más arriba.

Ernesto no sabía muy bien si le gustaba o no Ángela porque ella lo escandalizaba, se burlaba de él y además le coqueteaba. Lo escandalizaba con su cuerpo perfecto, se burlaba de su aspecto intelectual y le coqueteaba con frases directas, invitaciones y llamadas telefónicas. Porque Ángela no tenía pelos en la lengua y ya estaba muy grande para andar con puritanismos o por lo menos así decía ella.

—A esta edad uno no se puede poner de exigente porque se queda vistiendo santos, Ernesto. Y no creas que lo digo sólo por mí, ¡mírate!, tú estás más viejo —le decía cada vez que se ponía algo nervioso o cuestionaba su manera de ser tan práctica y casi frívola.

Al principio Ernesto ni siquiera había notado que tenía nueva vecina y si la vio alguna vez, pasó desapercibida. Recordaba que su hermano menor una noche en la comida había hablado de una “mamacita del quinto piso”, pero él no le dio importancia como no le daba importancia a absolutamente nada de lo que tuviera que ver con su familia. Desde hacía mucho tiempo quería irse de allí y no aguantaba más la cantaleta de que ya estaba muy viejo para andar viviendo debajo de las faltas de su madre y eso por no hablar de la época en que fueron famosas las propagandas de Bombril.

Pero a Ángela le parecía que la indiferencia de Ernesto no era otra cosa que atracción pura. Ella sí lo notó desde el primer día y soñaba con él. Con su pelo desordenado, su caminar retraído, sus perfectas cejas delineando unas gafas blancas. Soñaba con él desnudo y lo recordaba haciendo esfuerzos por concentrar su mirada en un lugar diferente a sus calculados escotes. O por lo menos así pensaba ella. Después le hizo saber lo que quería con miradas y sonrisas, le coqueteaba, lo invitaba a salir y él aceptaba, pero ésta era la primera vez que Ángela lo citaba en su apartamento.

Por eso Ernesto estaba asustado. Además, era muy desconfiado y prevenido porque se la pasaba viendo noticieros. Cuando colgó el teléfono, pensó incluso que Ángela podría estar fraguado un plan para matarlo porque estaba bien loca y además ¿a quién le importaría? En su casa dirían que el vago de Ernesto por fin había conseguido trabajo y se había largado para no soltarles ni un peso. Y al resto del mundo no le preocupaba su existencia (o inexistencia más bien). Dejó a un lado sus hipótesis pesimistas, se puso loción en los cachetes, abundante desodorante y una manotada de agua fría en la cara. Abrió la puerta, se detuvo frente al ascensor, pero decidió subir por las escaleras.

Ángela lo esperaba con una pijama muy corta y una botella de champaña que desocuparon con avidez.

—¿Óscar se demora? —preguntó Ernesto.

—No sé. No importa. De todas formas acaba de salir y si quiere bajar esa barriga tendrá que trotar el resto del día —se burló Ángela mientras se despojaba de su escasa ropa.

—Si nos pilla me mata —respondió Ernesto asustado.

—Deja de actuar como un adolescente que si llega mi marido miramos qué hacemos. O quieres que nos sentemos a planear un simulacro de posibles salidas de emergencia en caso de que…

—¡Ya! está bien —interrumpió Ernesto bebiendo de un sorbo largo toda la copa de champaña. Cuando volvió la mirada a la mujer que ahora estaba completamente desnuda le pareció que su cuerpo se veía mejor con la ropa encima. Pensó que sus tetas eran demasiado grandes, su torso un tanto delgado, sus piernas muy largas y sus nalgas muy flácidas. Pero le gustaba su espalda abultada, la piel bronceada, el pelo largo y los ojos muy negros. Ángela le quitó la ropa con la misma rapidez con la que bebía, pero se tomó su tiempo para humedecerle la piel. Ernesto estaba jadeante, listo, impaciente. Ángela estaba inquieta, sensual, cruel. Ella llevaba el control y él no controlaba nada.

Cuando los dos tenían la mirada lejana y sus manos en todas partes, un tibrazo y la voz de Óscar al otro lado de la puerta dejó a Ernesto sentado y tapándose el pecho con una sábana. Ángela metió la ropa por debajo de la cama, intentó hacer lo mismo con los zapatos pero no cupieron así que los lanzó por la ventana, se puso una sudadera y Ernesto seguía petrificado.

—Deja de taparte las tetas que no tienes y métete al baño, pendejo —susurró Ángela intentando peinarse para abrir la puerta.

—Dejé las llaves. ¿Las has visto? —preguntó Óscar entrando a la casa.

—Llévate las mías —respondió ella estirándoselas y con la puerta todavía abierta.             Retrocedió, las recibió y volvió para robarle un beso antes de salir.

—¿Y tú porque estás en sudadera? —preguntó acariciándole la mejilla.

—Porque sí Óscar. No preguntes bobadas que eso no quema calorías —respondió Ángela despidiéndose y cerrando la puerta. Caminó hacia el cuarto dejando nuevamente su cuerpo libre de tela y encontró a Ernesto mirando por la ventana.

—Eran Gambinelli —dijo sin voltear la mirada.

—¿Qué? —preguntó ella desconcertada.

—Mis zapatos. Eran Gambinelli, Italianos, y ahora están en la terraza de la bruja del primer piso.

—Pues Ernesto si quieres bajamos y le explicamos que debimos tirarlos por la ventana para que mi marido no nos cogiera teniendo sexo en su propia cama —y agregó —además, con lo beata que es esa vieja seguro nos sienta a flagelarnos el resto de vida por pecadores.

—Es en serio, Ángela —dijo alzando la voz porque para Ernesto todo tenía un significado más allá de lo evidente—. A ti no te importa dejarme sin zapatos, sin camino, sin horizonte. Así has hecho siempre. Me sacas a un sitio, te burlas de mí, me besas, me exhibes, me botas, me olvidas, reapareces y ¿yo qué, Ángela? Apenas llega tu esposo tiras mis zapatos por la ventana como me tirarás luego a mí a la basura cuando ya no te parezcan tan divertidos nuestros…

Ángela interrumpió con una carcajada.

—¿Me hablas en serio, Ernesto? No jodas tanto y apurémonos que la próxima vez me toca lanzarte a ti por la ventana —dijo besándole el cuello.

—Pero es que eran Gambinelli —interrumpió de nuevo y alejándola despectivamente—. Tú no tienes idea de cuánto cuestan unos zapatos como esos porque nunca en tu vida has tenido que comprar nada.

—Mañana tendrás unos nuevos —le susurró al oído tratando de recuperar al Ernesto de antes del incidente.

—¿Qué voy a decirle a mamá? Que me puse los zapatos de papá para chicanear con la vecina y que no estoy muy seguro de cómo pasó, pero terminaron en la terraza de doña Pura —dijo con ironía.

—Tú y yo ya estamos muy viejos. Tú para ser tan patético y yo para soportarlo. ¿Por qué no te largas, Ernesto? —dijo al fin Ángela recuperando su ropa y recitando un montón de frases que parecían reclamos contra sí misma.

Ernesto se vistió y salió del apartamento sin hacer ruido y con las medias en la mano.

Ya habían pasado más de cinco días cuando Ernesto quiso salir nuevamente de su cuarto. Había estado leyendo diezpasosparaserfeliz, sonreírunimándebuenaenergía y túpuedesseranyelinayoli: tres libros que había heredado de un buen amigo después de su trágica muerte. En la puerta su mamá le había dejado los clasificados de toda la semana con varios teléfonos resaltados. Los recogió todos y se sintió con ganas de ser una nueva persona. Voy a conseguir trabajo, se dijo a sí mismo y se puso la ropa de entrevista que su mamá le había regalado hacía tres navidades. Salió del apartamento y esperó a que el celador hiciera su acto de cortesía.

—Don Ernesto, hacía mucho que no lo veía. Yo creí que estaba de vacaciones —se burló con ironía.

Ernesto no subió la mirada y se encontró con sus zapatos Gambinelli que lo seguían caballerosamente hasta la puerta.

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