Pie forzado

  • Por María del Carmen Pérez Cuadra

Escalando una pila de peces vivos, así te vi, así estabas. Mientras, yo trataba de tragar puñados de arena blanca.
Una gaviota blanquísima llamó mi atención sobre el inmenso silencio que dominaba toda la escena. Luego se abrieron callejones largos entre las raíces de los extraños baobabs que crecían  en el puerto. El  silencio latía como aire en mi cerebro, mudo pero potente. «Si esto es un sueño, me dije, qué real se siente».  Por eso decidí caminar hacia los callejones que parecían llamarme con sus baldosas limpias y brillosas.
El silencio se rompió de pronto como la yema de un huevo crudo pinchado por una aguja de acero. Muerto de hambre, un niño inmigrante agoniza en una esquina del Banco Santander. Luego, muchas escenas prostibularias pasan en tren junto a mi calle. Escucho un grito agudo…  pero no quiero ver, puede ser el niño muriendo.
Un sonido atroz se clava entre el ano y el cerebro. Hay un par de zapatos ridículos colgando de una ventana. Yo estoy descalzo, «deben ser míos», pienso. Y cuando ya estoy a punto de ponérmelos un ave roja parte el horizonte y también mi corazón. Mientras despierto escucho claramente el infinito ruido de su estructura rompiéndose en miles de piezas. Cuando al fin abro los ojos, te veo allí, en el mismo lugar, escalando la misma pila de peces.

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