Paulina Vinderman:”Nadie llorará por la ausencia de las alas contra el cielo”

Paulina Vinderman

“Poi piovve dentro a l’alta fantasia”
“Llovió después en la alta fantasía”

Dante Alighieri

I

Por Paulina Vinderman

Cuando el otoño llegue va a empezar la novela, dice,
y señala en el aire un café como quien señala el destino,
dueña de esa música ambigua y perfecta que crea el corazón.
Habrá un sueño para seguir, en un paisaje carbonizado .
Un río para seguir, de orillas monótonas
con árboles dormidos como grandes elefantes.
Habrá pequeñas anotaciones en los bordes de las hojas
como si la vida interfiriera,
como si chamuscara un pergamino para envejecerlo,
como si la memoria recortara en papel glacé
las indecisiones, la epopeya privada.

Planea los silencios, la inconstancia, la vaguedad
como focos de poder
sobre lo que no se puede recordar pero se sabe.
Un abanico para su fiebre cuando surja:
Pensar la aridez
en el atardecer del pueblo más opaco, menos elocuente
que pueda dar una escenografía
a la emoción crónica de la realidad distorsionada por el arte.

La flauta del pastor en el museo local.
Las murallas bajo la amplitud de la noche

Y una fuente, donde sentarse a conversar con el personaje, todavía huraño, todavía presuntuoso,
en el centro exacto de su historia.

©Paulina Vinderman

DE: El muelle

II

Otra vez cúpulas en el poema, otra vez la ciudad.
Las travesías se volvieron copias
de ciudades tocadas sólo por supervivencia,
para regresar a la mía.
Como si ella contuviera todos los números, los secretos,
las pasiones del mundo.
Alguna vez una calle me devuelve el desierto
y cuando oscurece,
las sombras de las bolsas de basura
son instalaciones de museo, que sólo puedo ver
cuando mi memoria agotada olvida el mar, aquellas grúas
detrás de las cercas, la mujer del turbante azul que
me vendió la caja mágica y la oportunidad
de atesorar mis miedos como mariposas atrapadas
en la belleza de su oro.
Hay que aprender la asfixia como se aprende un idioma.
Nadie llorará por la ausencia de las alas contra el cielo.

©Paulina Vinderman

DE: El muelle

III

Puerto Viejo

es el nombre del café y hay un hombre en el fondo
fumando en pipa.
Las ciudades se definen en sus puertos
(o en su carencia), pienso,
en lo inexcrutable de los extravíos y la espera.
Me inquieta este antiguo golpe del corazón,
esta mirada directa de cuando era chica,
que partía en dos los secretos de gente muy quieta
en las habitaciones silenciosas del verano.
Perro entrenado para escribir la luna,
la espero en la huída de esta tarde, frente a las tipas de
la ventana, como si fuera un puente tendido expresamente
para no regresar
(lo demuelen después que paso, sin ceremonia.)

En este pequeño sitio debo construir algo que se anude,
como un puerto a la ciudad.
Y digo puerto como digo abrigo, como digo existencia,
erguida sobre la memoria, orgullosa
como la pintada sobre la pared de la fábrica.
¿Qué es escribir sino modificar la respiración
de las ciudades?
El hombre de la pipa ordena sus cosas para partir.
Tiene ojos duros, como cristales de botellas,
preparados para el calor y la soledad:
un personaje de London en el trópico, de camisa gastada
y manos bruscas.

¿Debo averiguar su historia o inventarla?
Mientras la noche viene, me cambio de mesa
para aspirar mejor el olor de la pipa que flota todavía
como un barco fantasma, sobre las historias muertas,
caídas de bruces sobre los papeles.

“El zorro se comió a la fábula”, me grita, la pared. *

* Pintada de Los Sujetos, Buenos Aires, 1992

©Paulina Vinderman

DE: El muelle

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