ARCILLA SONORA sobre la poesía de Edwin Madrid

el

Edgar O’Hara

Mi pata Edwin Madrid (así les decimos en Lima a los amigos) me escribe desde Quito pidiéndome unas palabras para la segunda edición bilingüe de Puertas abiertas / Open Doors. Este libro salió primero únicamente en inglés en una editorial casera de Portland, Oregon, al mero sur de donde me hallo en trance de pergeñar algo para la actual reaparición de los poemas… La edición bilingüe vio la luz en Quito, con las traducciones al inglés de Carlos Reyes. Milagros, para mí, de la tecnología: le enviaré estas palabras vía correo electrónico y a su vez alguien las traducirá al inglés (e-mail de por medio) en otro lugar…

Y, sin embargo, este mundo al instante (como decía en los años sesenta el slogan del noticiero de Lufthansa que veíamos en la pantalla de los cinemas de Lima, a la espera por cierto de los cinco minutos finales en que pasaban escenas de la Copa europea de fútbol o algún partido de la Liga española) tiene un eco recóndito: el mundo de una casa, una mesa y la visión de “la montaña/ y el vuelo de los aviones”. El péndulo de la poesía, en el caso de Edwin Madrid, se ha movido del espacio público al privado, de la naturaleza a la cultura, y esto se puede ver en el hermoso juego verbal que describe un
cuadro de Carlos Enrique Polanco pero que podría ser también una descripción en vivo y que coincidiera, de casualidad, con la pintura. Asimismo, la fenomenología de los animales (gusanito, araña, pájaro) se mezclará con el quehacer de los seres humanos (la silla, la cama, la mesa) para fusionarse en un todo maravilloso: “La araña,/ sube y
baja/ por el cabello del/ amanecer.// Construye su casa/ en cualquier esquina de/ tu casa.// Albergue suave y pegajoso…

Este movimiento, consciente o no en el autor, se revela en los siguientes versos y en una frontera específica: “Pueden comunicar/ lo de adentro con lo/ de afuera o al revés.// Límite perfecto/ para jamás ser lo otro;/ para ser uno mismo”. El afán de abarcar en un solo abrazo ambos territorios se nota en la presencia invisible de los obreros que, una vez terminada la construcción de la casa, permanecerán en ella como los sueños
que la iniciaron, “más que con ladrillos”. Y todo aquello que se hunde -desaparición final, desesperaciones cotidianas- en el hueco cavado en la tierra nos recuerda que la esperanza persiste “como quien imagina el premio/ que el buen Dios nos reserva” o “el golpe de suerte” de los números de la lotería. Ha llegado a nosotros un nuevo milenio, pero la lengua es por instinto -no hay vuelta que darle- una misma angustia vital. Esto me hace pensar en los avatares de la poesía hispanoamericana.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los escritores de fines del siglo XIX, nuestros queridos y jovencísimos modernistas, creyeron en una palabra que se negara a reconocer las fronteras nacionales dentro del arte. Buenos deseos y excelente realización. Y la temperatura cosmopolita que los suele identificar ya los emparentó para siempre a los simbolistas franceses, los crepusculares italianos, el teatro de Maeterlinck, las novelas de Valle Inclán y esos jardines tenues de Juan Ramón. Allí se reconocen las princesas de Rubén y su cisne enigmático; allí, como una lluvia fresca, perdura la insuperable prosa de José Martí. Por esos años el conde Tolstoi reclamaba que cada quien “pintara su aldea”, pues sólo así estaría pintando el mundo entero.

A lo largo del siglo XX hemos visto repetida, de diversas formas, esta aparente disyuntiva de medios y fines, como la pugna entre la cruel realidad y una pureza imposible. Los nombres pueden cambiar, pero es la misma vaina, la tontería que nos ha consumido. En realidad el proceso artístico deviene uno solo para quienes se enfrentan de verdad -a la buena o a la mala, nunca a medias tintas- con sus materiales. La poética de Vicente Huidobro, tan afecta a la traducción a todos los idiomas (que es a lo que el chileno aspiraba), no se opone de ninguna manera al lirismo altamente corrosivo de Martín Adán; la entonación semibíblica de la Negra Orozco, en parábolas de heptasílabos y eneasílabos que parecen prosa, tampoco se opondría a la revelación en retazos de Juan Sánchez Peláez. Así, el lar destruido por la Modernidad y recuperado una y otra vez en la poesía de Jorge Teillier no es más que la otra medalla de la obra tan religiosa y trascendental de Luis Hernández. Digámoslo con una verdad que, felizmente, supera las contradicciones de carne y hueso: la narrativa de José María Arguedas nunca peleó con la narrativa de Julio Cortázar. Eso es todo lo que, para mí, hay que saber.

En Puertas abiertas (2000), Edwin Madrid deja en suspenso el discurso de su más celebrado libro: Celebriedad (1992), para retornar de aquel ambiente tabernero y
su crónica en libertad métrica (el nuevo cóctel de la barra debería emular los pasos de esa combustión expresiva) al ámbito privado, suficiente, de la casa, cuyo tejado es la parcela de la felicidad. De una expansión alcohólica, digamos, se vuelve a la sencillez de las palabras hogareñas, como un buen vaso de agua fría para una sed de resaca… El mundo no requiere ser explorado. Y es que se ha vuelto peligrosa, en nuestros
países, hasta la esquina de la infancia. Vale más, por lo tanto, retenerla, conquistarla de nuevo en la imaginación, hacer del conjuro verbal una victoria decisiva. La última teja colocada en el techo se convierte por la magia del lenguaje en una “pequeña hoja de arcilla”. Así estos poemas de Edwin Madrid son trabajos de alfarero, piezas delicadas del corazón. Y sea siempre así lo que venga de más allá del silencio.

Edgar O’Hara
(Seattle, febrero 2001)

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