modas literarias en Latinoamérica

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Por Alexander Prieto Osorno

Ser joven es bueno. Ser joven y escritor, mejor. Y ser joven y escribir de calles, sexo y drogas en el mundo de hoy, excelente. Esta creencia se ha asentado firmemente en la industria editorial desde la década de los noventa, cuando la narrativa escrita por jóvenes asumió un protagonismo que no había tenido antes en la literatura latinoamericana.

Fue como si toda esta generación de autores hubiese leído y reaccionado contra la novela moralizante Juventud en éxtasis, del mexicano Carlos Cuauhtémoc Sánchez (México, 1964), que ha terminado por convertirse en un libro «didáctico para adolescentes» recomendado y leído en numerosos colegios desde México hasta Chile.

En la narrativa joven de América Latina imperan los temas tabú y el ansia de escándalo, con una lógica acaso calcada de las estrellas del rock y el pop: si escandalizas, vendes, y si vendes mucho eres muy famoso. La búsqueda del trinomio escándalo, ventas y fama se ha convertido en el motor que ha impulsado a escribir a buena parte de las nuevas generaciones de narradores.

Chile, Argentina y Perú son los principales escenarios de esta tendencia. Allí las obras de autores menores de veinticinco años han alcanzado cifras récord de ventas, y un ejemplo de ello es el limeño Jorge Galarza, quien tenía sólo veintiún años de edad cuando publicó su primer libro, Matacabros, en 1997, y al año siguiente lanzó El infierno es un buen lugar.

Los jóvenes son los principales consumidores de esta narrativa, que tiene influencias y referencias directas al pop, el rock, el cómic, el cine, las drogas y el sexo. Algunos críticos afirman que se trata de literatura joven para jóvenes, en la cual muchos autores, por ignorancia o por desprecio hacia la tradición literaria de sus países y de Latinoamérica, creen que una novela es sólo la sucesión de anécdotas truculentas o divertidas. No obstante, cuentan con el apoyo de las editoriales y la publicidad que los presentan como artistas de las últimas vanguardias.

Este fenómeno parece una copia exacta de lo ocurrido en Estados Unidos con Bret Easton Ellis (Los Ángeles, 1964), quien se convirtió en una celebridad editorial y mediática a los veintiún años cuando publicó Menos que cero (1985), novela que narra el mundo de los hijos de los millonarios de Hollywood, adictos a las discotecas, el sexo, la cocaína, los autos deportivos y que sufren repentinos traumas existenciales. América Latina se vio inundada de novelas con estas mismas características, en la década de los noventa, de la mano de escritores que se volvieron insignes de este estilo literario como el chileno Alberto Fuguet y el peruano Jaime Bayly.

Antes, en Latinoamérica una persona debía de tener cuarenta o más años y varias novelas a cuestas para ser considerado un escritor. La moda joven rompió este esquema y creció amparada por el interés de la industria editorial por ampliar sus mercados. Capturar al lector joven era una garantía para el sostenimiento y la expansión del negocio del libro en el futuro. Pero el globo de esta línea narrativa se ha ido desinflando con el pasar de los años, la caída de las ventas de este tipo de libros y la incapacidad de las editoriales para conseguir nuevos autores jóvenes con propuestas diferentes. Los lectores comienzan a mostrar signos de agotamiento porque los temas, estilos y escritores se repiten entre sí. Y a pesar de todo ello, aquellos autores jóvenes que irrumpieron en la década de los noventa (y que ya no son tan jóvenes) siguen luchando por un espacio en los medios de comunicación (para mantener la fama de antes) y continúan escribiendo sobre los mismos temas juveniles de sexo y drogas.

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