CANTOS CAPRINOS

el

 

Caravaggio Judith y Holofernes

Por Helena Ramos

A Carlos Martínez Rivas, con amor y dolor.
En aquella casa
-dostoyevskiana,
insomne-
el gemido de los peldaños despertó la puerta,
y frente a ella me detuve,
embrujada -sin querer-
por aquel gemido.

 Adentro, la casa era sin fondo y alta.
Como gelatina, temblaba
la calma atormentada,
mas los mortales no
enjuiciamos
el Juicio Final,
y la bala
ya perdió su sien.

Los cabros
iban subiendo la abrupta escalera,
brillando
sus ávidos ojos
amarillos,
y eran principios irrevocables
de lo que suelen llamar
belleza.

 Desde entonces, el dolor no ha sido vano.
La sangre chorreaba y se hacía
verbo.
Implacablemente nuevo,
se alzó el mundo

bajo el cielo al rojo blanco.

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