Capitalismo puro

Christian Manuel Marrero

Jamás pensé que la rutina de mis días me llevara a desafiar mis propios límites; mucho menos que luego de rebasarlos me sintiera tan libre. Ese domingo cambié mi liderazgo y tácticas de persuasión por hastío, y las palabras se disolvieron en  un acto frío y nefasto.

            Ella entró a la tienda como siempre, buscando algo para regalarle a su nieto. Tenía unos sesenta y seis años. Era la típica viuda millonaria que prefería ir de compras antes que visitar un psiquiatra: prendas evidentemente costosas, una combinación de oro y esmeraldas abrazaban su arrugado cuello, lentes enmarcados con delicados diseños en diamantes, cabello rubio (obviamente teñido) imponente e inmóvil por el aerosol, intentando ocultar una evidente calvicie.

            La primera vez que la vi, corrí a atenderla. “Ésta de seguro me hace el día”. Ahora siempre la esquivo y dejo que otro vendedor novato ponga a prueba su paciencia. Pero, esta vez era ineludible, la compañía había hecho reducciones de horas en nómina a todos los empleados amparándose en el discurso gastado de la recesión económica (la misma que nadie veía en los números al final del año fiscal). Ahora en las primeras cinco horas de la mañana yo era el gerente, el cajero y el vendedor. ¡Buenas tardes!, dije en el trabajoso intento de la cordialidad que me caracterizaba. Necesito que me ayudes a buscar un regalito para enviarle a mi nieto que está en Virginia, dijo sin mirarme y la respuesta a mis buenos días se desvaneció junto con mi buen humor. Cómo no, la ayudo en un instante. Bajé de mi puesto de gerente de ventas a vendedor. Parece tan sencillo como bajar un escalón, pero sepan que este escalón significó abandonar las proyecciones de ventas para el siguiente mes y posponer el estudio de las nuevas políticas de auditoría (que no eran pocas).

            Ya ubicado en el piso de ventas, lo suficiente cerca como para que Doña Herminia me oyera (olvidé decirles acerca de su sordera selectiva): ¿Qué talla es el niño?, le pregunté con la serenidad ensayada y el entusiasmo del que necesita un ingreso para comer. Ella parecía navegar en los recuerdos de su infancia y luego de un largo silencio contestó aún sin mirarme, Tiene como cinco años. Pues debe ser talla cinco, aquí las tallas van según la edad, contesté como si nunca le hubiera explicado, y ella reaccionó como si nunca lo hubiera sabido. Mientras hablábamos, o recitábamos nuestros respectivos libretos cuatro clientes habían llegado a la tienda. Como era de costumbre repasé todos los pasos de servicio que tanto exigía la empresa: ¡Hola bienvenidos! Los pantalones están a mitad de precio y las camisas tienen un veinte por ciento de descuento. ¿Qué buscaban? ¿Para qué ocasión es el atuendo? ¿Buscabas un color en particular? ¿Buscas una tela en específico? ¿Qué tal esta camisa? Mire que bien se ve con este pantalón y con estos zapatos, pero, ¿qué me dice usted de este abrigo en piel…?

            En cinco minutos atendía a una joven madre vestida de oficinista, que había olvidado comprar a su hijo  una camisa verde para el green day (una pendejada de esas de colegio bilingüe) y ahora pretendía en su hora de almuerzo comprar la camisa, comer, llevar la camisa hasta el colegio del niño y volver al trabajo (o sea, en actitud de “Avanza que tengo prisa”). Un caballero en vaqueros y botas (seguramente ingeniero) al que su mujer (que probablemente estaba en su casa viendo novelas) le pidió de favor que fuera a la tienda a comprarle unas medias con volantitos a la nena. El pobre parecía un idiota parado frente a las medias, hablando por el celular con su mujer, describiéndole una a una las medias que veía. Se le escuchaba a ella gritándole desde el auricular, No esas no, son unas que tienen volantitos, Todas estas jodidas medias tienen volantitos, contestaba él algo avergonzado y mascullando las palabras. Una madre aprendiz daba vueltas por la tienda mirando y desdoblándolo todo, olvidando cada tres minutos que había llegado con su hijo de dos años, ¡Miguel!, gritaba asustada cuando recordaba la existencia de su hijo, volvía a despistarse para al rato volver a gritar desesperadamente el nombre de su hijo.

            Debieron haber entrado tres o cuatro clientes más, pero ante mi atareada faena de tres en uno debieron haberse ido sin ser saludados y posiblemente con algún artículo sin pagar. La señora se mantenía callada hasta que me escuchaba hablando con algún cliente, entonces interrumpía, exigiendo atención como si fuera la única clienta en la tienda, Nene búscame esta camisa en talla cinco. Varias veces tuve que interrumpir mi papel de vendedor, para convertirme en cajero. También llegó un cargamento de mercancía y tuve que interrumpir mi labor de cajero para convertirme en gerente y contabilizar las cajas.

            Ya le había conseguido una camisa verde a la oficinista con prisa. El ingeniero esperaba la aprobación de una foto que había enviado a su ocupada señora desde el celular para confirmar el pedido de las medias. La madre que olvidaba a su hijo no se decidía por nada, y Doña Herminia  ya había cambiado de opinión tres veces respecto a la talla y al obsequio para su nieto. Primero el obsequio debía de ser talla cinco y le llevaría una polo azul, luego era talla seis y le llevaría un pantalón en corduroy marrón, al cabo de seis minutos el nieto era talla siete y le llevaría una polo roja y un mahón. El nieto parecía engordar en cuestión de segundos. Si seguía cambiando de talla tendrían que evacuar el estado de Virginia.

            La oficinista milagrosamente resultó perder la prisa y seguir mirando ropa, el ingeniero esperaba la respuesta de su esposa y la madre olvidadiza continuaba sus gritos histéricos cada cinco minutos. Doña Herminia  llegó hasta la registradoras mientras me disponía a organizar el desorden que el pequeño Miguel había dejado, la viuda carraspeó su garganta y preguntó como si no supiera la respuesta, ¿Quién me cobra?, yo intenté responder amablemente, Enseguida le cobro. Abandoné mi puesto de vendedor y ocupé la vacante de cajero. Al parecer todos se habían decidido a pagar al mismo tiempo. Doña Herminia,  por supuesto, primera en fila con la polo roja y el mahón talla siete, le seguía la oficinista con la camisa verde en mano moviendo el pie y mirando el reloj, recuperando la prisa momentáneamente. Luego el ingeniero con más de una docena de distintas medias en sus brazos y al final la madre olvidadiza con su ¡Miguel! intermitente. Doña Herminia  me pidió que le hiciera una envoltura de regalo. Los que aguardaban en la fila suspiraron. Seguían entrando más y más clientes a la tienda. Yo intentaba saludar desde la registradora y contestar todas las preguntas que me hacían. Doña Herminia  me daba instrucciones acerca de la envoltura, yo inhalaba y aguantaba la respiración hasta marearme. El teléfono sonaba y mis oídos eran bombardeados por frases incongruentes: ¿Quien atiende aquí? ¡Miguel! Yo seguía trabajando en la envoltura del regalo. ¿Tendrás más de estos en el almacén?, Si una niña tiene tres años ¿qué talla es de zapato? ¡Dios mío, que desorden! No, mi amor, te dije que no hay las de los volantitos rosados. Sería un total de cincuenta y siete con noventa centavos, dije luego de terminar la envoltura, ansioso por la despedida de Doña Herminia. Yo creo que le voy a llevar la ropa una talla más grande. ¿Tú me la buscas?, dijo mirando la caja envuelta. En ese instante mi mente se nubló, la sangre me burbujeaba en las mejillas y, casi por instinto, tomé la grapadora que estaba sobre el mostrador y le propagué un golpe solido en la sien. Doña Herminia  se desplomó en el suelo. Hubo un silencio momentáneo, debió haber durado unos cuatro segundos hasta que me armé de valor y pronuncié con un tono imperioso, Siguiente en fila. La naturalidad en mi voz me aterró. La oficinista (no sé si por prisa o frialdad) pateó con sus stiletos en charol rojo el posible cuerpo muerto y avanzó para pagar su camisa. Luego el ingeniero, aún con su mujer al teléfono, puso veinticuatro pares de media sobre el mostrador, Me importa un carajo si son o no son las del jodido volantito rosa, estas son las que voy a comprar y si no se las quieres poner pues que vaya sin medias al puto colegio, al decir esto, finalizó la llamada y se disculpó por hacerme esperar. Pagó y me dio una mirada cómplice que me puso la piel de gallina, sacó una faja de dinero de un sobre que guardaba en su bolsillo y me dejó quinientos dólares sobre el mostrador y me dijo discretamente, mañana a las tres vendrá a devolver las medias. ¿Porqué esperar a que envejezca?, sonrió esperanzado y se marchó. La madre olvidadiza llevaba un largo rato ensimismada, observando un babero, ¡Miguel! El niño se había sentado sobre los pechos vacíos de Doña Herminia y gozaba introduciendo el índice en los orificios nasales de la difunta. Fue la primera vez que miró a alguien a los ojos.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Ni capitalismo, que es un sistema totalitário que solo necesita el poder del dinero. Ni sistemas que alienen a las personas con fines internos y partidistas. Sociedad libre y democrática..

  2. Juan Manuel Alicea Nieves dice:

    Excelente pieza literaria.Llena de astucia y inovacion compuesta por un gran talento.

  3. zamely dice:

    Me encanta!

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