Los amores

La historia de Aristóteles y Filis

Por Carlos Martínez Rivas

 Una vez que un amor nace en uno, crece.
Y no deja de crecer.
Y no muere.
Y al término de la vida se halla uno atado
por esos amores que crecieron como bejucos.
Morimos asfixiados por estos bejucos, enro⎼
llados, apretando el cuello, el pecho, los lomos.
De nada nos servirá podarlos regularmente
con las grandes tijeras jardineras a dos brazos
para impedir su inexorable crecimiento.
Se nos iría la vida en ese esfuerzo; esfuerzo
como el de Sísifo o el de las Danaides, vano.
El único remedio contra los amores
sería matarlos.

¡Matarlos antes que nacieran!

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