Onetti, el rebelde de la creación

Por Omar Prego Gadea

Años atrás, en un libro escrito a cuatro manos con mi mujer, María Angélica Petit, antes de que la fama irrumpiera en la premeditada soledad de Onetti, dijimos que lo que buscaba Onetti (como todos los grandes escritores, por otra parte) era “la salvación por la escritura”, la invención de un mundo capaz de invadir y finalmente sustituir a ese otro a cuya rutinaria frecuentación se pretendía condenarnos. La escritura, la creación, sería entonces una rebeldía.

Cesare Pavese, a quien Onetti admiraba, escribió que la tarea de todo escritor es antes que nada “un compromiso, una parcial traición a la ingenuidad, una tentativa de ver, en el torbellino del mito que los aferra, lo más nítidamente posible, aunque sólo hasta el punto de que la hermosa fábula se disuelva en naturalidad”. Por eso, agrega, “ocurre que algunos se salvan haciendo otra cosa que lo esperaban y sabían. Pero los más fuertes, los más diabólicamente devotos y conscientes hacen lo que quieren, desfondan el mito y al tiempo lo preservan reducido a claridad”.

Creo que estas palabras son enteramente aplicables a Juan Carlos Onetti, a quien hoy estamos recordando y homenajeando aquí. Como muchos de sus personajes, Onetti era un hombre habilitado por las voces y las vidas fugitivas de sus personajes, por Díaz Grey, Junta Larsen, Malabia, por el derrotado e invencible campeón de Jacob y el Otro, por las de sus inolvidables y trágicas mujeres, Moncha, Ana Inés Petrus, Julieta. Era, para decirlo con palabras de Vargas Llosa, un hombre que tenía “una relación viciada” con el mundo, “un hombre que en determinado momento de su vida sintió que surgía entre él y la realidad una especie de desacuerdo, de incompatibilidad, de insatisfacción”. Creo, dice Vargas Llosa, que la vocación de un novelista es justamente una voluntad prolongada en el tiempo, una interrogación a lo largo de una vida acerca de las raíces, los orígenes de esa insatisfacción y simultáneamente una tentativa de desalojar esa insatisfacción, ese malestar, esa ansiedad, esa urgencia más bien inexplicable que es la vocación literaria.

De eso se trata, entonces. Quienes conocimos a Onetti y llegamos a ser sus amigos hablamos de un hombre incurablemente solitario, poco sociable, de largos silencios, probablemente tímido. Pero a todos aquellos que creemos haberlo conocido bien nos consta que para él lo más importante, lo decisivo, era la literatura, esa imperiosa vocación y necesidad de crear un mundo de palabras, un mundo capaz de superponerse a ese otro que lo rodeaba y asfixiaba, un mundo dónde, quizá, pudiera tropezarse con la felicidad o el amor.

Onetti creía que el destino del artista consistía “en vivir una vida imperfecta: el triunfo como un episodio; el fracaso como verdadero y supremo fin”. Admitía no haber escrito nunca pensando en el lector, sino para satisfacer “un dulce vicio que no castiga el Código Penal”. Y en un rapto de efusión llegó a decir que escribir “era un acto de amor”

Desde muy temprano Onetti tuvo la sospecha de su inexorable destino (podríamos también decir “condena”), la de ser escritor. En alguna entrevista admitió que la suya fue una infancia feliz recordaba que siendo todavía niño solía encerrarse “en uno de esos armarios que ya no se ven más por el mundo, que cubría toda una pared”, en el que se ocultaba con un gato y un libro, para permanecer durante horas leyendo todo cuanto caía en sus manos, desde Pio Baroja a Fantomas pasando por Los Miserables.

Sabemos que fue un mal estudiante, que no llegó a aprobar segundo año de liceo, que se casó por primera vez a los veinte años y que, como les había ocurrido a Horacio Quiroga o Florencio Sánchez, entre otros, sintió el irrefrenable tirón de Buenos Aires. Allí, como ellos en algún momento, padeció hambre, ejerció los más variados empleos, fue periodista y empezó a publicar sus primeros cuentos.

Más tarde hará un descubrimiento capital: el de Roberto Arlt, cuyas novelas y cuentos lo ayudarán a introducirse ( y expresar) esa realidad fugitiva, vertiginosa, cruel y entrañable de Buenos Aires. En un célebre prólogo a El juguete rabioso dirá que “el tema de Arlt era el de un hombre desesperado, del hombre que sabe o inventa que solo una delgada o invencible pared nos está separando a todos de la felicidad indudable, que es inútil que progrese la ciencia si continuamos manteniendo agrio y duro el corazón como era el de los seres humanos hace mil años”. Dirá también que está hablando “de un escritor que comprendió como nadie la ciudad en que le tocó nacer. Más profundamente, quizá, que los que escribieron música y letra de tangos inmortales”. Estas palabras, que parecen escritas en un espejo, le son enteramente aplicables al propio Onetti, parecen una reflexión y una profecía acerca de una obra todavía por escribir.

El de 1939 será un año clave no sólo para Onetti sino para la narrativa del Río de la Plata y de Latinoamérica toda. Ese será el año de aparición de su novela corta El pozo , con su falso Picasso en la portada y una tirada de 500 ejemplares, ese libro que se convertiría en un auténtico manifiesto para un puñado de jóvenes deslumbrados.

Fue, también, uno de los fundadores del semanario Marcha, cuya página literaria dirigió hasta 1941, año en el que regresó a Buenos Aires. Durante esos dos años publicó una columna que él mismo calificó de “alacraneos literarios” desde la cual, con ánimo vitriólico, emprendió la demolición de una literatura que consideraba enmohecida, sin inventiva, petrificada, para cuyo definitivo entierro era “necesario que nuestros literatos miren alrededor suyo y hablen de ellos y su experiencia” y sobre todo, “que acepten la tarea de contarnos cómo es el alma de su ciudad. Es indudable que si lo hacen con talento, muy pronto Montevideo y sus pobladores se parecerán de manera asombrosa a lo que ellos escriban”. Y esto, definitivo y esclarecedor: “Hay un solo camino. El que hubo siempre. Que el creador de verdad tenga la fuerza de vivir solitario y mire dentro suyo. Que comprenda que no tenemos huellas para seguir, que el camino habrá de hacérselo cada uno, tenaz y alegremente, cortando la sombra del monte y los arbustos enanos”.

Onetti permaneció en Buenos Aires hasta el año 1955. Durante ese largo período escribió algunas novelas que todavía pueden ser consideradas como de aprendizaje (Tierra de Nadie, de 1941, Para esta noche, de 1943), además de algunos cuentos memorables (Un sueño realizado, Bienvenido, Bob, Regreso al Sur) pero sobre todo La vida breve, la novela fundacional del universo de Santa María, una novela de quiebre y ruptura, una obra que trazará una frontera entre el antes y el después en la narrativa de Onetti.

Es cierto que los temas de Onetti, esas obsesivas vueltas de tuerca acerca de la imposibilidad de una verdadera comunicación, la soledad, un difuso sentimiento de culpa, la convicción de que la pureza está inevitablemente condenada a la pérdida, la aceptación del fracaso como irremediable corolario de toda vida, como destino inevitable) habitan ya sus primeros cuentos en particular El Pozo, pero será a partir de La vida breve que ellos quedarán iluminados por una indefinible, por una desencantada sabiduría.

A partir de La vida Breve puede afirmarse sin temor a equivocaciones que Onetti ha encontrado de una vez y para siempre su voz y, lo más importante, que ha inventado un mundo que poco a poco irá superponiéndose a ese otro mundo que llamamos “real”, a esa “realidad” cotidiana habilitada por hombres y mujeres apresurados, frecuentada por el “indiferente moral” que anda por las calles de Montevideo y Buenos Aires.

Para ese entonces habrá creado también un personaje semejante a algunos de los que habitan sus libros, el de un Onetti desapacible, insomne, decidido habitante de la madrugada, empecinado en corregir sus negros períodos de depresión (y de sequías de escritura) con la disponible ayuda del tabaco y el alcohol.

A mediados de los años sesenta alguien escribió que a esa altura ya nadie podía dudar que Onetti era “uno de los tras o cuatro novelistas mayores de América Latina”, se limitó a comentar que los críticos “eran como la muerte: a veces demoran, pero siempre llegan”. Decía no importarle haber sido un eterno postergado en concursos y premios literarios. Como escritor, aseguraba, “mi reino no es de este mundo”. Sin embargo, consta que leía con aplicación de toda crítica relativa a su obra y que su rencorosa memoria era excelente.

Onetti decide instalarse definitivamente en España en 1975 junto a Dorotea Muhr, Dolly, su mujer, después de su detención por la dictadura militar en febrero de 1974, acusado de “pornografía” en su calidad de jurado en un concurso de cuentos organizado por el semanario Marcha. Marcha fue clausurado, su director Carlos Quijano, el administrador Hugo Alfaro, la escritora Mercedes Rein y el autor del cuento, Nelson Marra fueron también detenidos.

La concesión del Premio Cervantes en diciembre de 1980 contribuirá de manera decisiva a su celebridad mundial. En su discurso de agradecimiento, Onetti dijo haber llegado a España “con la convicción de que lo había perdido todo, de que sólo había cosas que dejaba atrás y nada que pudiera aguardar el futuro. De hecho, ya no me interesaba mi vida como escritor. Sin embargo aquí estoy, unos cuantos años después, sobrevivido. Esta sobrevida es lo primero que le debo a los españoles, estos dos años de regalo, en los cuales he vuelto a escribir con ganas, después de mucho tiempo de no hacerlo. He creído, gracias a esta tierra generosa, que todavía tenía algo que decir, un penúltimo grano de arena”.

Como Joseph Conrad, uno de sus autores admirados y cuyas memorables novelas releía a menudo, Onetti pasó los últimos años de su vida en voluntaria reclusión. Conrad pasó casi treinta años encerrado en su casa de Kent, dedicado a su verdadera pasión, la escritura. El enclaustramiento de Onetti fue menos prolongado, pero mucho más severo, hasta el punto que acabo circunscrito al perímetro de su cama. Premonitoriamente, en una foto clavada con una chinche a la pared de su apartamento de la calle Gonzalo Ramírez podía verse la puerta entreabierta de una habitación en penumbras y al pie esta leyenda, en inglés: “El error es dejar entrar al mundo exterior”.

Juan Carlos Onetti murió el 30 de mayo, cerca de las tres de la tarde, en una clínica de Madrid, ciudad en la que vivió 19 años. Dueño, señor y único propietario de la ciudad de Santa María, Onetti nos dejó algunos de los mejores cuentos y novelas escritos en lengua española en este siglo que ya se extingue. Ahora, a tres años de su muerte, empezamos recién a saber quien era este hombre reservado, hosco, tierno y compasivo. Mas allá de declaraciones, de juicios críticos, de interpretaciones, ahí está su obra que, en definitiva, es lo que importa, su voluntad de desaparición física total, de regresar no a su país sino a la tierra, convertido en cenizas que debían ser esparcidas en un lugar ignoto, conocido apenas por sus más íntimos allegados, parece ser un símbolo lo de su deseo de seguir vivo tan solo en el territorio de sus libros. Perteneció a la literatura y sólo de ella resucitará cada vez que alguien lea sus libros y al polvo volverá cuando el libro se cierre. Esa fue su voluntad desde el día en que empezó a escribir, acaso sin que él lo supiera entonces.

Su destino, como tal, se ha cumplido plenamente.

Por regla general, nuestras ciudades rioplatenses suelen otorgar a una de sus plazas o calles el nombre de un escritor muerto, para después poder olvidarlo sin remordimiento. Cuando las efusiones que inevitablemente suceden a la muerte de un hombre célebre se apagan, unos pocos de entre ellos se convierten en clásicos, es decir, en eternos.

Ese es, naturalmente, el destino de Juan Carlos Onetti. Por ello, pienso, nada mejor que este homenaje: el de hacer posible que una parte al menos de su obra se acerque a millones de potenciales lectores en toda nuestra América Latina.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s