Fin del Sol (Batkún)

Por Ernesto Valle

Viendo su sangre correr

Al amanecer”

Milly Majuc

 

Caminé hacia el altar. Las antorchas y la luz de la luna resplandecían como nunca en las piedras labradas del templo de Yum Cimil. Soy Topiltzin, hijo de Itzmen, hanil de Chuj, la gran selva. Vaticino lo que pasa, lo que pasará. Mi suerte ha recorrido la región, trayendo con ella el agrado del sumo Bataab de mi poblado.

Seré sacrificado cuando los grandes soles se enfilen con el templo durante la aurora. Por ahora, todos se embriagan. Me dan de beber chicha, algunas caras lloran. A ellas les tranquilizo: –¡Aic nichoca! ¡Aic nichoca! – sus lágrimas martirizan esta noche tan solemne. Para muchos, esto sería un honor; para mí, es una escapatoria. Lo que se viene no me deja estar en paz.

Mis últimos augurios me han aterrado. Cada noche trato de encontrarle sentido a esos sueños. Estruendos de adentro y fuera de la tierra; árboles de fuego sobre emporios singulares, fuera de estas tierras. Ya es la hora. Hombres y mujeres corriendo. Nubes grises que queman y matan. Y animales grandes de metal, que revolotean con sus alas en la cabeza sobre hombres verdes con artefactos que escupen puntas de onix.

He visto como grandes pirámides de obsidiana y cristal se destruyen bajos soles inmensos que chocan de manera devastadora contra nuestra kaab. Desolación. Ya no hay más de nosotros. No hay alegría, no hay danza, no hay animales. Sólo humo.
Me levanté del helado suelo yo sólo. Me han hecho caminar al compás del tunjul y cada golpe me acerca más a la piedra de los sacrificios. Los tambores suenan cada vez más excitados, como si mi muerte les resultara placentera. A lo largo se escucha una melodía triste de unas flautas xuls. Es místico. Honraremos al sol y a la luna con mi sangre, en el último día del 10 baktún.

Me acuesto en el lecho de piedra. El Bataab se acerca. Huele a muerte, a cristal, la débil cuerda que sostiene mi existencia aquí, se va desgarrando. El alba se asoma a lo lejos, Es el momento. Respiro. En el silencio absoluto, se hunde la lanceta, se abre mi pecho, y se arranca mi corazón todavía palpitante. Veo mi sangre escurriéndose sobre mi pecho. Ya no suenan los tunjul y las xuls.

-“Topiltzin. Topiltzin, Ahal”.

Me había vuelto a quedar dormido en mi petate.

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