Petersburgo, Granada

Ernesto Cardenal32

Carlos Cortés

Para Sergio Ramírez y Ulises Juárez

En la estación de Petersburgo la niña descubre a Lev Nikoláievich en la inmensidad de su nombre y le ruega que conozca a su hermanito. El escritor se sorprende del tamaño del niño y se sonríe. El muchacho se inclina ante él y le besa la mano. Todos en Petersburgo reconocen en un instante al escritor y se atreven a acercarse. Agitan sombreros y pañuelos blancos como banderas. El hombre de barba blanca y ojos de azul absoluto sube al vagón a las 7:00 de la tarde y saluda. Es hora de partir. Tolstói, le dicen todos, adiós, hasta pronto, como a un profeta que cobrara vida. La nueva vida.

A las 10:00 de la mañana, 116 años después, el poeta dibuja su firma en el ojo asombrado de los niños. Es cuaresma en el mundo. Bajo el cielo de suave cobalto una creciente multitud enmudece. Cámaras y teléfonos celulares relampaguean a su alrededor. Reconozco la boina negra en el bullicio de palabras. Las banderas yacen sucias en el polvo ingrato de la revolución. No importa. Mientras haya un justo no perderé la fe en el ser humano. El poeta Cardenal, profeta de tiempos mejores, atraviesa la plaza como quien atraviesa la historia. Sin detenerse. La frágil silueta se recorta contra la luz aún más frágil de Granada. El sol, omnipresente, solo existe para iluminar este momento.

Febrero, 2013

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