Noticias de Tolo Nei: Meditaciones en el Bosque de la Hoja Seca de Gustavo Becerra

Gustavo Adolfo BecerraPor Gonzalo Figueroa Hernández

Del escepticismo literario al reencuentro con Tolo Nei: Meditaciones en el Bosque de la Hoja Seca

De un tiempo a esta parte, entré en un período de gran escepticismo literario, sintiendo que cada obra que llegaba a mis manos constituía una verdadera pérdida de tiempo. El género novelado no sólo me produce bostezos inconmensurables, y la poesía un cansancio ante tanta figura autorreferencial, de lugares comunes e incógnitas simbológicas. Pero más allá (o más acá) del aburrimiento circunstancial, el problema mayor es la carencia de motivación sapiencial. ¿Qué bueno podría sacar en limpio de protagonistas lagrimosos por amores perdidos, oficinistas desterrados al anonimato o héroes contemporáneos sumidos en la depresión existencial?
Sobreabundancia de escritores incapaces de generar empatía en sus auditores, deviniendo en quejumbrosos adalides del dinero. Sin embargo, más allá de los intentos por sobrevivir en las letras sin un mecenas, – y que nos conducen al vínculo entre el autor y su obra -, la ficción que supone la novela aporta escasos conocimientos al lector, transformándose sólo en un pasatiempo veraniego y, por lo tanto, desechable. Hago excepción del gran José Saramago, que cambió radicalmente mi manera de ver a Jesús nazareno con su obra antológica “El Evangelio según Jesucristo”, durante las trece horas que duró un vuelo entre La Paz y Madrid el año 2008. Cambio de la fe religiosa y a la vez en mi esquema de vida al apreciar el hombre que hubo en un Jesús desmitificado, amoroso con las damas y ¿Por qué no? Quizás feliz padre de familia. Saramago, el mal llamado pagano contemporáneo, me descubrió la humanidad de Cristo, fuera de la dimensión doctrinaria inculcada desde la temprana infancia.
En esta aparente contradicción entre el escepticismo literario y el elogio a Saramago, que se extiende a los grandes escritores del siglo XX, voy afinando la pluma, a manera introspectiva, sobre el vaciamiento de contenido de las letras actuales. Otros han abundado sobre la inmediatez, la estandarización, los criterios de mercado, etc. que hoy por hoy experimentan las letras. Fuera de los malogrados intentos de sentimentaloides escritores de masas, consejeros espirituales y psicológicos de nuevo cuño, los grandes temas que afectan a la humanidad no han sido capaces de ser desentrañados o reflejados por las obras literarias, entrado el siglo XXI.
La homogeneización cultural que supone la globalización, que no es otra cosa que el desbordamiento del gran imperio a través de la promoción del estilo de vida americano, a través de los medios de masa; la transfronterización del capitalismo coludido (que no practica la libre competencia enseñado como paradigma en los libros de economía), y la prédica de un Dios victorioso pero anclado en los templos, han aletargado nuestros espíritus críticos más allá de lo que nosotros mismos podemos calcular, porque hemos crecido en esos escenarios siendo, a estas alturas, parte de nuestro ADN.
Esta cultura capitalista aplastante de la diversidad no ha podido penetrar del todo al oriente inefable, como el Cesar hubiese esperado. Culturas sólidas que no se disuelven, como si lo hacen las de nuestra América morena, y que no sólo la resisten, sino que intentan propagar la suya porque saben perfectamente qué sobrevendría de abrazar culturas ajenas, con las funestas consecuencias para su unidad nacional, sus religiones (musulmanas e hinduistas mayoritariamente) y, por cierto, para sus ambicionados recursos naturales, como lo son el petróleo y el gas natural, aunque también últimamente el que recae sobre el uranio enriquecido como nuevo combustible.
Aparte de Orhan Pamuk, premio nobel de literatura, es muy poco lo que conozco de autores orientales actuales. Quizás mencionar el dejo nostálgico de la literatura coreana y japonesa, en sus reminiscencias de sus lares de orígenes, sus apacibles ríos y encumbradas montañas, refugio budista frente al consumismo desquiciador en que se encontrarían sumidas las nobeles generaciones de esos países. En cambio, bajo la égida de los férreos gobiernos iraníes y, en general, del medio oriente (con sus interrumpidas o a medio camino primaveras árabes), la religión musulmana se revitaliza, se defiende y cobra nuevos bríos frente a los intentos de avasallamiento cultural, no digamos occidentales (¿Chile estaría incluido?) sino euro-estadounidense. ¿O existe alguna posibilidad de conocer las obras de escritores iraníes, iraquíes, afganos, etc., más allá del temor o la troglodita sospecha que tras sus obras nos encontraremos con peligrosos terroristas barbudos y cubiertos de túnicas oscuras?
Al otro lado de la cortina de hierro cultural, existen también prejuicios contra la literatura occidental, acusada de pagana, de promover el libertinaje sexual, las drogas y, en general, propagar antivalores a la juventud.
Cuando la literatura era un refugio para la soledad y el sinsentido de la vida, la tertulia se transformaba en el intercambio de experiencias, sentires y conocimiento, en buenas cuentas, todos sinónimos. Espacios reemplazados por todo género de artilugios tecnológicos unipersonales que conducen al autismo literario.
Pero estos escritos no buscan constituirse en un Syllabus de la cultura actual, sino retratar una literatura vaciada de contenido, comprimida en el efectismo, y de una poesía que se ahoga en las formas.
Quizás el escritor deba plantearse antes de iniciar su obra: ¿Qué puedo decirle al mundo? ¿Qué nueva experiencia o conocimiento puedo transmitir a los lectores?
Bertrand Russell, en su clásica obra “Historia de la filosofía occidental”, parte de una pregunta epistemológica con relación al título de su obra: ¿Quiénes somos? Interrogante que lo conduce a una siguiente: ¿De dónde venimos? Debiendo recurrir necesariamente a la historia del pensamiento, remontándose al siglo V A.C., de pleno apogeo de la cultura griega clásica. En esta obra Russell da cuenta de hechos, aporta datos concretos, hondas reflexiones filosóficas; descifra o trata de interpretar la historia de las mentalidades de la manera más fidedigna; detención y acto de contemplar los hechos de la vida y la existencia humana que ya en ese entonces no se conforma con sólo satisfacer sus necesidades más básicas, sino que busca trascender; edifica ciudades, graba columnas marmóreas y mosaicos en las paredes de los edificios públicos; inmortaliza a sus héroes en estatuas que perduran hasta hoy en ciudades como Efesus (Turquía) luego de 3.000, y que ya son de verdad inmortales.
Escritura cercana a la ciencia y también a la filosofía, relación que a más de uno le podrá parecer extraña, pero que en aquellos tiempos estaban hermanadas en un mismo horizonte de aprehensión de los fenómenos cosmogónicos en su integralidad.
Este fue el secreto, y tal vez el mayor aporte de la literatura a través de todos los tiempos, la que, sin saberlo, explicó la historia de la humanidad, la sociología, las ciencias exactas y la filosofía, cuando aún estos campos no pasaban la prueba del positivismo comtiano.
Otro tanto aconteció en nuestra América, donde el “Canto General” de Pablo Neruda explica la historia del sufrimiento a que fueron sometidos los pueblos originarios por parte del conquistador, tal vez con mayor rigor y sensibilidad que cualquier manual de historia. O un Octavio Paz con su heroína, la Malinche, esa mujer violada a partir de la cual surge la raza mestiza mexicana.
Es lo que ha tratado de decirnos el poeta agrícola-sinérgico Gustavo Becerra, chileno de tomo y lomo, hijo ilustre de Carahue, en su reciente pero por mucho tiempo modelada obra “Tolo Nei: Meditaciones en el Bosque de la Hoja Seca”. Valioso intento de unir ciencia cosmológica y sentires poéticos abogando por un mundo medioambientalmente sustentable hermanado a sus habitantes originarios. “El hondero entusiasta”, “El habitante y su esperanza” – como podríamos motejar a Gustavo, sumergen a Tolo Nei en un bosque encantado, y lo hace viajar de la mano de Julio Verne en un ambicioso plan de integrar al hombre a todo el espacio que lo rodea.
En su límpido poema central del mismo nombre, – “Meditaciones en el bosque de la Hoja Seca” -, el autor llega al paroxismo, al encuentro total de todos los elementos de la tierra en unidad con los trascendentes. Canta el poeta sus himnos a través de los tiempos, por boca de un eremita, monje de los años trescientos, cuya singularidad consiste en la conciencia de la aprehensión de un momento preciso de la creación. Y deja también en evidencia la confabulación entre vivos y muertos que casi levitan en ese bosque, parafraseando a poetas como Carlos Pezoa Veliz, quien renace en un agua que cae “Grácil y leve”, donde La Palabra es coronada, por sobre todos los géneros científicos y artísticos.
Al avanzar en la obra encontramos el profético clamor del poeta por su sobrino Luciano Rendón, en el verso “Y un ruido arroja al Vacío a su hijo enfermo” (página 157), Hijo-pariente de Chile y a fin de cuentas, del mundo, arrojado al Vacío por manos asesinas y ocultas en la oscuridad de los cobardes. Sin duda, fuera del hijo, la tierra, la justicia herida, todos confluyen y provienen desde y hacia una creación que intenta ser interrumpida en su proceso natural, ante una violencia, odio, indiferencia o ambición desenfrenada que intentan corromper al hombre frente a otros hombres-mujeres y su entorno natural, introduciéndonos Gustavo, quizás sin mencionarlo, en el Bosque de la Hoja Seca. Allí descubrimos el amoroso clamor por encuentros y despertares de los otros, el rodeamiento de bosques que van transcurriendo en nuestras vidas. Y cuya preservación sólo podrán verificarla las nacientes generaciones que surgen de la Pachamama.
Desde esta interpretación, el poeta quisiera decirnos: Yo no soy ni estoy solo en este mundo. No sé en el otro, si existiese. Yo vengo y soy con mis parientes, con mis aguas y árboles y mis andares de arriero de la América Morena que aún debe ser liberada. Entonces, si Centroamérica naufraga en las violencia, y la Amazonía es devastada por máquinas a petróleo, también yo soy raíz arrancada de su tierra, me transformo en rostro sufriente de Guayasamin, o en niño descalzo de las barriadas latinoamericanas. Y a la vez, también soy esperanza de cambio, real, sostenido, desde y con mi pueblo-tierra, mi pueblo-árbol, mi pueblo castigado por los opresores de siempre.
A estas alturas, las palabras mías aquí sobran, porque están todas contenidas en la enciclopédica obra de Gustavo Adolfo Becerra, quien logra superar, en el límite de lo posible, mi escepticismo literario de estos últimos años y que espero las jóvenes generaciones puedan recoger en sus aún inéditas obras.
Dejemos ahora hablar al poeta en su canto arbolado. Yo regresaré a mi epojé griega…

Gonzalo A. Figueroa Hernández
Lic. en Historia y Lic. en Ciencias Políticas
Magister en Ciencias Sociales – Ilades/Pontif. Univ. Gregoriana de Roma
Ha publicado las obras poéticas “Despertares” y “Gotas de Agua y Música
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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Patricio dice:

    Motiva la lectura y comparto la reflexión sobre el “lugar” del canto, la danza y la poesía (la “cultura”) en las llamadas ciencias del conocimiento.

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