Los chilenos, los nicaragüenses, las lecturas de Javier Alvarado Premio Internacional Rubén Darío.

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Javier Alvarado, Premio Internacional Rubén Darío, en  Nicaragua.

Valparaíso y él: ningún poeta más de ahí que el joven Darío

Dario: hado y humus.  GR

Lo permanente, eso lo fundan los poetas, lo dijo Gonzalo Rojas  y me lo repitió allá en Chillán donde me enseñaba su casa –larga y coloreada- como los trenes esos que parten la luminosidad del aire y vuelven y desaparecen como metáforas en las arterias de los caminos y vuelven a ser palabra, destino, pedrerío y así van las cosas, humeando y sonando como las locomotoras.    Darío y él se dieron el lujo de ser eternos y de fundar otra vez ciudades en sus países y hasta en los países donde no se iniciaron sus ojos.  Gonzalo volvió a fundar Lebu y volvió a fundar Chillán y también fundó Madrid y Alcalá de Henares con su Cervantes y siguió agradeciendo a ese padre con el resplandor de la estrella Ogden y nuestro Darío, volvió a fundar León y volvió a fundar Valparaíso (Valparaíso también que vio morir a nuestro Darío Herrera, poeta panameño que atravesó el istmo hasta llegar -no sé si a nado también- hasta Chile, el primer traductor al español de la Balada de la Cárcel de Reading de Oscar Wilde y nuestro mejor prosista en el modernismo y autor de versos y rimas memorables; hermano en el Darío de nuestro Darío y amigos en lo intruncable de la poesía), Valparaíso por el cual los chilenos le reclaman a Panamá su olvido después de la inauguración de nuestro Canal y se acaba entonces la ruta del Cabo de Hornos.

Nicanor Parra, poeta chileno.
Nicanor Parra, poeta chileno.

Valparaíso de horas lejanas, puerto y otra vez puerto y otra vez el mar y otra vez Darío volvió a fundar América y a fundar la lengua española;   con esa renovación lingüística de los versos de Darío, ¿Cuántos galeones y cuantas carabelas mas pueden entrar en los anales de la historia de la corona española cargadas con oro?  Eso ya lo han dicho otros, pero a ese cargamento deben sumársele barras de plata, esmeraldas,  las famosas perlas de nuestro archipiélago panameño, nuestras vanguardias y postvanguardias literarias; que son más que herederas y muchas otras maravillas más que fundaron el llamado mundonovismo.   Mucho se ha dicho de nuestro Darío y su cisne modernista de su influencia en el ámbito latinoamericano y la asimilación de su chorro ubérrimo en las corrientes europeas.

Cierta vez me contó la poeta panameña Elsie Alvarado de Ricord que fue a visitar en La Habana a la Premio Cervantes, Dulce María Loynaz y que luego de intercambiar frases y anécdotas literarias y personales, ambas se confesaron que para ellas el poeta más grande de América Latina lo era Rubén Darío.  Volviendo a la reminiscencia de aquel viaje en el 2008, donde pude conversar con Gonzalo Rojas, tuve también la magnifica aventura de sumergirme junto a una poeta mexicana en la búsqueda de la casa de Nicanor Parra, en Las Cruces, a orillas del océano Pacifico.  Los choferes y asistentes de bus de aquel viaje por el polvo de las minerales calles de Chile, nos acercaron a aquel lugar donde el cielo parecía combarse con la tierra misma.   Preguntando y preguntando llegamos a aquella casa donde no teníamos cita ni invitación.  Una mujer rubia nos preguntó de donde éramos,   de México y Panamá, fue la respuesta.  Siempre he creído que fue una decisión muy acertada haberle compartido a Estrella del Valle, ese deseo mío de ir a ver a Nicanor Parra, a los pocos segundos,  un hombre enorme, fuerte como el tronco que cargó Caupolicán, salió cantando:  “Diles que no me maten, ¿de quien es eso?  Pues, de Juan Rulfo, a él le debo esta mi casa, por su premio, esta mi casa de Las Cruces”.  Luego, Parra, famoso por no revelar su intimidad ni acoger a todo el mundo, nos hizo pasar y nos dio té caliente y nos dio pedacitos de chocolate.   Por esa plática, generada por uno de los mitos vivientes de la poesía latinoamericana, figuraron los nombres de Gabriela Mistral, Carlos Pezoa Véliz, Pablo Neruda, Pablo de Rokha y otros nombres más.

Rubén Darío, poeta nicaragüense
Rubén Darío, poeta nicaragüense

Fue luminoso, en medio de todos esos poetas y anécdotas, cuando Parra, arqueándose un poco hacia delante y soltando su taza de té nos dice:  “el poeta tiene que cachar la guea”.   Cachar la guea es sabérselas todas, ser grandioso.    “¿Saben ustedes quien es uno que cacha y cachaba la guea?”  Parra entonces empieza a recitar:

¡Ya viene el cortejo!
¡Ya viene el cortejo! Ya se oyen los claros clarines,
la espada se anuncia con vivo reflejo;
ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines.

al sol que hoy alumbra las nuevas victorias ganadas,

y al héroe que guía su grupo de jóvenes fieros;

al que ama la insignia del suelo materno;

al que ha desafiado, ceñido el acero y el arma en la mano,

los soles del rojo verano,

las nieves y vientos del gélido invierno,

la noche, la escarcha

y el odio y la muerte, por ser por la patria inmortal,

saludan con voces de bronce las trompas de guerra que tocan la marcha

triunfal…

 

“Pues Rubén Darío, ¡ese si cachaba la guea!.”  Las palabras de Parra sobre Rubén Darío se me hicieron tan profundas, desde esa frase tan chilena como cachar la guea, refiriéndose a ese poderío verbal, a ese chorro metafórico que su obra representa.

Mi primer contacto con Rubén Darío se dio en la escuela secundaria panameña, donde una profesora, guiándose por un libro de texto, nos enseñaba las figuras literarias presentes en Sonatina, rimas que aun recuerdo con esa frescura de la edad adolescente, añorando la edad del poeta niño. Y por supuesto, no podría faltar, A Margarita Debayle y hasta alguna versión en un ritmo caribeño y en décimas cantadas por un trovador de mi patria, con ese inmortal estribillo:

con un verso y una perla
y una pluma y una flor
.

Luego, tuve la oportunidad de comprar en Cuba, sus Poesías Completas, las cuales fueron aprovechadas por una horda de comejenes y polillas, al parecer ellas querían nutrirse de metáforas rubendarianas, luego encontré un tomo, con las Poesías Completas en tapa dura en una venta de libros de segunda mano y allí ha ido dándose ese acercamiento y esa vuelta a nuestro padre Rubén Darío.  En el 2007, tuve la oportunidad de ir a León, en un día que no tenia lecturas en el Festival de Granada de ir a conocer la tumba del vate, junto a una compatriota y junto a un nicaragüense, el poeta Francisco Ruiz Udiel, años mas tarde, hice un peregrinar mas sosegado luego de recibir la flor de lis y la corona de laureles de los Juegos Florales de la ciudad de León con mi libro, Ojos Parlantes para estaciones de ceguera.  Acaricié durante algunos segundos, aquel león que reposa sobre los restos de Darío, como un cancerbero mitológico.

Salomón de la Selva, poeta  nicaragüense
Salomón de la Selva, poeta nicaragüense

Poesía y mitología, la poesía tan antigua como las lobas que vendían placeres en las casas amorosas y sombrías.  La poesía, viene a destellarnos esa instancia en los labios y en las manos.  Una instancia y una cualidad inherente de quien la escribe, de quien la procesa y que llega al lector.  Poca o mucha poesía por los puntos cardinales.  Preguntas y ensayos y discursos y acercamientos a la poesía.  La poesía frente a los mercados.  Las estrategias para que la poesía llegue a todos los públicos.  La poesía ante la prosa.  Tomás Transtömer nos dice que la poesía es algo parecido a un sueño en la vigilia.  El poeta  es un ente aparte.  Ya lo dijo Wislawa Szymborska:

Poetas y escritores.
Porque es así como se dice.
Los poetas entonces no son escritores, sino qué.
Al poeta la poesía, al escritor la prosa.

En la prosa puede haber de todo, hasta poesía,
en la poesía tiene que haber sólo poesía.

Hoy, al obtener este Premio Internacional de Poesía Rubén Darío de Nicaragua, creo que también seria posible que optara por la ciudadanía nicaragüense.  Nicaragua, Nicaraguita y ese cordón vitalicio con muchos de los poetas nicaragüenses, con quienes me formé: Azarias Pallais (Ahora que estás iluminado, tocas al que nos toca divinamente)., Salomón de la Selva ( la bala que me hiera será bala con alma), Alfonso Cortés(Un trozo de azul tiene mayor intensidad que todo el cielo) , Joaquín Pasos (El agua es la única eternidad de la sangre. Su fuerza, hecha sangre. Su inquietud, hecha sangre.), Pablo Antonio Cuadra («A ti, José Muñoz, carpintero de oficio, que sabes hacer mi mesa,
toma este lucero. Sale a guiar su hora. ¡Arréglalo!
Y tú, Martín Zepeda, pues vas, de caminante, arrea
estos pájaros. Dales canto o diles
lo que sabes del pan y la guitarra)
, Ernesto Mejía Sánchez
(Ensayé la palabra, su medida,
el espacio que ocupa. La tomé
de los labios, la puse con cuidado)
en tu mano.),
José Coronel Urtecho

Ven, mi vida, a juntar vida con vida
Para que vuelva a ser la vida que era
Que la vida a la vida a la vida convida.

Ernesto Cardenal, poeta de Nicaragua.
Ernesto Cardenal, poeta de Nicaragua.

Ernesto Cardenal (Te doy, Claudia, estos versos, porque tú eres su dueña.) , Claribel Alegría (No vuelvas, Odiseo te suplico. Tu discreta Penélope), Carlos Martinez Rivas (y otro será tu sol y otra luna será mi luna. Cuando ya no me quieras) y otros más que han forjado una patria en la poesía.   Este premio es para hermanar y también para estrechar las relaciones de nuestros países.  Nicaragua vio nacer a uno de los mas grandes poetas, pensadores y dramaturgos panameños, José de Jesús Martínez y gracias a su Testimonio Mi General Torrijos, libro ganador del premio Casa de las Américas en 1987, he tenido contacto con el gran amor y la gran solidaridad del General Omar Torrijos y de mi pueblo panameño con el pueblo nicaragüense.  La escritura de mi libro El Mar que me habita, impregnado de experiencias personales y prestadas, también significó tomar a mi país y a su geografía y a su transitismo como personaje, como ente, como leiv motiv histórico.  Hay mucho del Caribe y mucho del Pacifico en este libro, que es una bitácora de vidas y porque no, de lecturas y relecturas.  Me queda dar las gracias a ustedes,  a este gran pueblo y hermano de Nicaragua, por darnos la piedra de fundación de la poesía latinoamericana, por nuestro Rubén Darío, a ustedes y su fuerza de espíritu, a las entidades organizadoras como el INC, a Ulises Juárez por su amistad y por llevar las copias al concurso; a la memoria del cantor de los osos hormigueros, recién dormido, Antonio Cisneros, a quien no conocí y el cual, según el testimonio de Arturo Corcuera y la historia del este certamen, obtuvo una mención de honor en 1980, a los poetas y escritores de Nicaragua que me acompañan, a Marta Leonor González y Juan Sobalvarro por su hermandad que no olvidaré,  a los poetas hermanos que hemos coincidido a través de la palabra en este peregrinar por la tierra de volcanes y lagos y nacatamales poéticos y genésicos y que obtuvieron menciones de honor en este certamen, Efraín Bartolomé de México, Gerardo Guinea Diez de Guatemala, Pedro Arturo Reino Garcés de Ecuador y a Carlos Perezalonso y Edgar del Pilar Cardoza Bravo de Nicaragua, mi saludo con sombrero Panamá y abrazo tropical ístmico;  a Helena Ramos, a Antonio Preciado y a Erick Aguirre; sobrepasándome la emoción y la alegría y con humildad, les doy las gracias, por esta hermosa designación para mis hombros y  para mi Panamá entera, ya sea en el Pacifico o en el Atlántico, por el mar que nos habita:

Panamá
En el Pacifico, en el Atlántico,
¿En dónde está?, ¿en dónde estuvo?,
¿En dónde me encuentra el mar con su Canal
Y su memorial dolido? Panamá la que siempre
Encuentro aunque por otros caminos vaya
Donde silbo a las criaturas que se advienen a mi fondo,
Con mi lámpara de niño y mi mano afiebrada de poeta.

Muchas gracias.

Los Andes 2, 26-30 de octubre de 2012

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