Una semblanza bio-poética de Yolanda Blanco

200px-YolandaBlancoPor Franklin Caldera

Yolanda Blanco (Managua, 1954). Viniendo de una familia de músicos, es comprensible que su primera afición haya sido la música. Su tío, Julio Max Blanco, alumno destacado del maestro Luis A. Delgadillo y del pianista Francisco Soto, fue director de una famosa orquesta que amenizaba elegantes fiestas y tertulias. En Serenata con luna, Yolanda plantea cómo las limitaciones de un país subdesarrollado frustraron la ilusión de su tío de dedicarse a la música clásica.  

Curiosamente, la Colonia Dambach, donde nació la poeta, quedaba a mano izquierda del Parque Candelaria, separada por una calle del Barrio de Pescadores, que da título a una de las mejores canciones de Erwin Krüger (1915-1973).

En La Inmaculada, colegio donde se bachilleró, tuvo dos visiones de la célebre poetisa mexicana del Siglo XVII, Sor Juana Inés de la Cruz, con su hábito negro y blanco característico. La primera, cuando cursaba el tercer año de secundaria. La vio de pie, junto a un escritorio, en un  segundo piso de madera donde Yolanda buscaba un libro de notas; la segunda, antes de bachillerarse, en la Capilla, sentada en el extremo de una banca. En ninguna de las dos ocasiones hubo sensación de temor, por el contrario, una gran placidez.

Estas visiones la hicieron superar el trauma de una profesora que la acusó de plagio por una composición literaria que consideró de una calidad incompatible con una niña de 12 ó 13 años. «Sin el espaldarazo de las apariciones−afirma la poeta −quizá no habría sido escritora, por el balde de agua fría que me lanzó la maestra».

Su labor literaria comenzó en quinto año. Fue el narrador Juan Aburto (Managua, 1918-México, DF., 1988) quien la alentó a publicar sus escritos. Aburto trabajaba en el departamento de personal del Banco Nacional, del que por muchos años fue funcionario el padre de Yolanda, Eduardo Blanco.

Cuando entró al Año Básico en la Universidad Nacional Autónoma de Nicaragua (UNAN) en León, tuvo como profesor de poesía y pintura moderna al poeta Ernesto Gutiérrez (Granada, 1929-1988).

Taller

Yolanda

En la Editorial Universitaria, dirigida por Gutiérrez, se reunían Napoleón Fuentes, Fanor Téllez, Ramiro Argüello Hurtado, Alejandro («el Negro») Bravo, el “Che” Monterrey, subdirector de la Editorial, y poetas que llegaban de Managua a gestionar sus publicaciones. Gutiérrez le dio una lista de lecturas recomendadas, desde el Siglo de Oro hasta Saint John Perse.

Los primeros poemas de Yolanda aparecieron en 1971 en Taller, revista literaria de la UNAN dirigida en ese tiempo por Fuentes y Argüello, y en La Prensa Literaria, que dirigía en Managua Pablo Antonio Cuadra. Su primer poemario, Así cuando la lluvia (Editorial Hospicio de León, 1974), surge de las excursiones que había hecho en su niñez y adolescencia con su familia por las zonas rurales de toda Nicaragua.

A partir de sus primeras publicaciones, la apertura psíquica que había experimentado en varias ocasiones (visión de la casa derruida de una tía suya, unas horas antes del terremoto; visiones de ella misma como una bacante y como una mucama caminando con una vela hacia el portón de una mansión colonial…), en vez de canalizarse por el don de la clarividencia, se canalizó de forma más consciente a través de la poesía. 

Viviendo con su familia en León, Yolanda vio en el zaguán de la Librería Icaza, dos hileras de sillas vacías contra las paredes y un ataúd al fondo. Al día siguiente supo que en esa Librería trabajaba María Haydeé Terán, esposa de Carlos Fonseca Amador. Lo que había visto era la vela del guerrillero, a la que poca gente se atrevió a asistir. «Ese incidente−dice −despertó en mí las ansias de justicia por la situación que vivía Nicaragua».

las poetas

9cfcc03En septiembre de 1974 Yolanda organizó con Gutiérrez un recital de mujeres poetas en el Paraninfo de la UNAN. Ella fue la cumiche del grupo, compuesto por Ana Ilce Gómez, Ligia Guillén, Adriana Guillén (Carla Rodríguez), Vidaluz Meneses y Gioconda Belli, cuyo poemario Sobre la grama había sido un happening cuando se presentó en la galería Tagüe de Mercedes Gordillo en Managua. Rosario Murillo apareció en el afiche (inspirado en las técnicas del pintor neerlandés, Piet Mondrian), pero no se presentó. (Michèle Najlis vivía en Costa Rica).

Mariana Sansón le dio un corsage a cada una de  las poetas. Después de un segundo recital, Téllez publicó en Cuadernos Universitarios, revista dirigida por Gutiérrez, una antología de las participantes, que fue el primer intento de sistematizar el fenómeno de la irrupción masiva de poetas mujeres en Nicaragua.   

Yolanda hizo dos años de Medicina y Farmacia y un semestre de Derecho. En el 74 pasó a la UCA de Managua a estudiar Artes y Letras, pero conservando su residencia en León, ciudad a la que había sido trasladado su padre como gerente de la sucursal del BN (antes de la insurrección, don Eduardo renunció a su puesto por no estar de acuerdo con medidas arbitrarias que se estaban tomando en contra del erario).

Interrumpió sus estudios en la UCA para trasladarse a Tours, Francia, a orillas del Loira, donde en 1976 obtuvo un peritaje en Historia del Arte de la Universidad de la Touraine. Allí entró en contacto con la poesía de Baudelaire y Rimbaud.

Ese mismo año regresó a Nicaragua para reanudar sus estudios en la UCA. Fue ahí donde la conocí, en la cátedra de cine de Mayra Luz Pérez Díaz, que yo, graduado de abogado, visitaba ocasionalmente. De 1977 es su poemario Cerámica Sol.   

El primer brote insurreccional generalizado en septiembre de 1978 (especialmente violento en León) obligó a la familia a fijar su residencia en Venezuela. Desde allí, ya con los sandinistas en el poder, Yolanda publicó Penqueo en Nicaragua (1981), sobre sus experiencias durante la insurrección.

Inesperadamente, la casa de la familia Blanco en el kilómetro 86 de la carretera León-Managua, fue tomada arbitrariamente por elementos del gobierno sandinista y nunca devuelta. Yolanda sintió que los atropellos que cometía el nuevo gobierno, contradecían su visión de lo que la Revolución, con la que hasta entonces se había identificado, significaría para Nicaragua. Pero, como ella misma afirma, «Continúo manteniendo mi corazón en la izquierda».

Manhattan, Nueva York

ii-cumbre-libros-16-nicaragua-fotografia-yolanda-blanco1985 fue un año decisivo en su vida: Además de publicar en Caracas, Aposentos, se trasladó a la isla de Manhattan, Nueva York, donde reside actualmente y trabaja diseñando y elaborando programas de educación bilingüe.

En 1993 sufrió una grave enfermedad. En vez de someterse a los procedimientos agresivos de la medicina occidental, optó por la medicina alternativa, especialmente la medicina ayurveda («ciencia de la vida») de la India (con más de 5.000 años de existencia), lo que le permitió adentrarse en el mundo de la filosofía hindú («vedanta»), que promueve la unión (comunión) con el Centro, que se puede llamar Dios o la Madre Naturaleza.

Con su salud totalmente restablecida, continúa las prácticas de meditación y dieta vegetariana, que se han convertido en partes esenciales de su vida, en la que el crecimiento espiritual y el quehacer literario se alimentan mutuamente.

Al inicio del nuevo siglo, lanzó el disco compacto Nonantzin, en el que canta, con su voz de contralto, poemas de autores nicaragüenses musicalizados por ella misma. El disco incluye su poema, Vení, lluvia, venite, con música de Julio Max Blanco. 

En noviembre de 2003 fue invitada a leer sus poemas en la Feria Internacional del Libro de Miami. Tuve el honor de presentarla, señalando que Yolanda asume en su obra el papel de la mujer co-creadora con la Naturaleza, evocando a diosas de la Fertilidad como Deméter, de la mitología griega, o Heartha, la Madre Tierra de los germanos.

Mi presentación esa noche es el prólogo de su poemario De lo urbano y lo sagrado (2005) ganador del premio nacional de poesía Mariana Sansón de Argüello, otorgado por la Asociación Nicaragüense de Escritoras.

Este poemario es fundamental en nuestra literatura y el poema intertextual que da título al libro, en el que la autora expone su filosofía personal, es uno de los poemas indispensables de la generación del 60. Poema que, como Darío en la gran Cosmópolis de Jorge Eduardo Arellano o Elegía a la muerte de mi padre de Ligia Guillén, espera ser consignado en la antología definitiva de esa generación.   

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