Esquina de Bluefields

 

Pintura de Augusto Silva.
Pintura de Augusto Silva.

Por Carlos Castro Jo

El hombre llega a la esquina

donde está la mujer

lista para emboscar

al primer postor

con toda su belleza distribuida

en simetrías, en dos grandes razones.

Todo el volumen de una canción

es para ellos un susurro:

One love! One heart!

Let’s get together and feel all right.

La cazadora sopesa

la semental estatura,

el peso de los bíceps.

El cazador también le mide

-no tiene visión periférica-

el cuerpo entero,

sus propiedades ubérrimas

y lanza sus primeras palabras

de agua tibia

sobre cuerpo lacerado.

Ella responde abriendo toda su sonrisa

a la expectativa, a la única posibilidad

de la noche.

El acto indispensable espera al final de la calle.


 

Kukra Hill

Por Carlos Castro Jo

Ya no hay ingenio en Kukra Hill,

solo palma Africana

y casitas de colores

desparramadas por los cerros.

Hay un muelle expuesto al sol del mediodía

donde las caras nuevas de los Castros y los Morenos

van a esperar,

como el coronel de los Buendía,

la carta de salvación.

Y todavía permanece,

como una vieja canción de Stevie Wonder,

el recuerdo de la mañana

en que un amigo perdió esa carta,

nos vio de frente,

con un dolor de muy adentro,

como de entrañas,

y decidió dejarlo todo

en nuestras manos.

 


 

 

Érase una calle de Bluefields

Por Carlos Castro Jo

 

Tenía una esquina

 –la de chucaplum-

por donde pasaban las muchachas

vestidas de blusa blanca y pantalón azul

como en una pintura de la June Beer.

Ahí los vagos hacían vela permanente

para piropearlas,

para comérselas con la vista.

En esa calle las Menas

salían puntuales al corredor de su casa a esperar la cena

y los Joiner jugaban ladrón librado

en blanco y negro,

entre las carretas y los carretones

de la ciudad sin taxis.

La calle olía a salsa china

por los restaurantes que vendían chop suey y sopa de tallarín,

cerca de donde los turcos

-que eran árabes-

ponían bajo la intemperie

sus tiendas de ropa.

Por ahí pasaba el lechero ñajo gritando:

La leche   La leche.

Y alguien gritaba:

Patíí patíí

Mientras los lustradores de la esquina de Erasmo conversaban:

Okye man

Buay, dese songs dem bring recuerdo

Oiga, señora, ¿ya vinieron las verduras?

No, no ve que la Juana no ha venido.

 

Los rótulos se vestían de mundo y de salitre:

Sorbetería Miniatura

Hotel Dipp

Tienda Yamil Badrerin

Coconut bar

Wing Sang

Zapatería Pineda.

Las caras de la calle tenían el color

de las caras de todos los continentes.

Esta era una calle del Caribe.

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