Agenda del desempleado: De la ciudad y el hombre

porta agendaPor Horacio Peña
La imagen surrealista del comienzo se continuará a través de todas las páginas de este texto alucinante, en donde el sueño de la razón crea monstruos. El protagonista está acostado, y esta placidez, o más bien terror, de no estar ni dormido ni despierto, vivir en el limbo, le provoca sueño, origen de todas sus pesadillas que son comunicadas al lector o lectora en un lenguaje que hace añicos la imagen, hace añicos la palabra: “Voy corriendo entre nebuloso y aburrido por un camino desolado, pensando que la gente me ve”, ese correr no termina. En ese viaje todo sufrirá una metamorfosis kafkiana: la ciudad y el hombre y la mujer que la habitan. La ciudad ocupa un lugar importante en este relato, la ciudad es el teatro, el escenario de ese absurdo que ocurre a cada instante.
    El lector o la lectora tiene que abandonar toda lógica antes de entrar en este torbellino, la lógica no le sirve para nada ante estos acontecimientos que se suceden el uno tras el otro. Pareciera que Juan Sobalvarro practicara una escritura automática, mecánica, de dejar ir la pluma y la palabra, salga lo que salga, “el texto fluye a su capricho” (página 46.). Pero no nos equivoquemos, detrás de esas imágenes perturbantes y perturbadoras hay una voluntad de hacer decir a la imagen y a la palabra, cosas que no están ni en este mundo ni en el otro.
    Todo el texto está acompañado de una sensación de terror, de lo absurdo. Lo que nos parece una lectura normal, de pronto se rompe, se rompe el hilo de la razón, y Sobalvarro nos lanza a un mundo desquiciado, donde el absurdo es la norma, donde el terror nos rodea, el terror nos aguarda, y está detrás. Está en todas partes. Es un terror físico y metafísico. La ciudad, el paisaje, la calle, nos produce una angustia mental, una inquietud que no se había sentido antes, y no tan solo la ciudad, sino que los seres que la habitan, que mueren en ella día a día, también nos afectan con sus acciones, con su diálogo. El lector o la lectora, se dice: “No seré sorprendido, sorprendida, por la próxima escena, pase lo que pase, estaré alerta, para hacer frente al absurdo”. Todo es inútil, la palabra, la palabra de Juan Sobalvarro, la imagen de Sobalvarro nos desconcierta, nos sorprende y nos arrastra en ese viaje cargado de visiones y espejismos.
    Pero ese surrealismo de la imagen, esa escritura automática, inconsciente, aparentemente, está ligada, nace de una realidad cruel, amarga, que es la realidad del desempleado, que se ahoga en una realidad abrumante, que lo huerfaniza de la razón, de la lógica, porque esta realidad, la realidad del desempleado, es un monstruo de mil cabezas, que lo reduce a la nada. Es un viaje que se hace en un bus fantasmal, los pensamientos, y la gente y sus pensamientos van en “vagones de un tren sonámbulo” (p.49).
    A esas líneas del absurdo que cruzan estas páginas, hay que agregar la línea de la violencia: una violencia mental, verbal y física, que ejerce el hombre contra todos los demás, a una violencia recíproca, que no tiene fin, hay que agregar la violencia del hombre contra la ciudad y la ciudad contra el hombre. Recordemos que uno de los elementos del absurdo es la violencia, y aquí se dan y van de la mano hacia la destrucción de una sociedad injusta.
    En esta crítica a nuestro mundo, representado por el mundo nicaragüense, porque nadie se puede escapar del mundo en que se vive, nada ni nadie se salva: el falso civismo, el falso concepto de patriotismo y la idea de patria, usada como un objeto más, por los políticos, el presidente, el jefe de partido, el prócer, encuentran el dedo acusador de Sobalvarro, un patriotismo lleno de tufo, patriotismo que hiede y está podrido, como hiede y está podrido el lago, otro símbolo de la realidad.
    Hay en este texto, Agenda del desempleado , una novedosa adjetivación, adjetivos de olor y de color y de hedor, que describen el espacio real, un espacio que de tan surrealista se transforma en superrealista, veamos algunos ejemplos: “La carne polvosa de la tarde a orillas del Lago Xolotlán” (página 6); las horas olían a cemento (15); “se siente nombrado en un espacio cafesusco que entona hedores veteranos” (18); “la gente tiene color de grasa y de penumbra” (19); “el vaso de ron espera como si contuviera la tarde en su interior” (54).
    Son los olores, hedores y colores, de un mundo que está al borde de la destrucción, o ya ha sido destruido.
    A la obligación moral que sienten algunos de evitar que el mundo se destruya, existe la otra obligación más radical y desesperada: destruir el mundo, para crear uno nuevo. Hemos perdido el paraíso y éste solo se recobra con la destrucción de lo que ahora se detiene. Sobalvarro parece inclinarse por la primera posición, reconstruir lo que se tiene, de esa maldad que nos agota, hacer salir la salvación.
    Al dicho sartreano, “el infierno son los otros”, Sobalvarro opone, el infierno somos nosotros mismos, y en las palabras del autor: “Nada hay peor en nosotros que nosotros mismos. De eso nadie salva” (13).
Hay, sin embargo, atisbos de salvación, incluso el escribir podría ser una tabla de salvación de ese náufrago del infinito, aunque a ratos se dude de esta posibilidad de redención a través de la palabra. Hay aquí y allá símbolos de salvación: el ángel, Dios, el lector o la lectora podrá encontrar otros que nos rescatarían del infierno: El ángel del televisor , abriría el camino a un nuevo “yo” o “nosotros” o “ellos, ellas”. Todo es una falsa esperanza.
    Nuestro ángel es un ángel abrumado por el cansancio, “llevaba las alas empapadas” (15), empapadas, agua, símbolo de vida, pero que aquí podrían significar un peso, un obstáculo que impide el vuelo del ángel. “Una voz me dice: apaga el televisor”. Y la imagen del ángel desaparece envuelto en luz y tinieblas. Dios da sentido a la vida, y este hombre que se pregunta el porqué y el para qué de lo que sucede, un hombre “desdenoso de toda fe” (33), tal vez sería capaz de encontrar respuesta, o respuestas, pero para él “la idea de dios (en minúscula) es algo que en nada me desafía” (34). ¿En dónde está esa palabra salvadora? El protagonista la encuentra en el amor “mi vida es algo que me complace tener para darla a las personas que me aman y amo” (35).
    Se pierde la identidad, te la hacen perder, el desempleado no tiene cara, solo tiene dolor, el desempleado es un número, la historia de ese número es trágica. Sobalvarro no deforma la realidad, eso sería un juego muy fácil, lo difícil de la realidad es enfrentarse a ella día a día, asumir la identidad del otro, ser el otro, ser todos los otros. Todos los desempleados. La historia trágica de todos, es la historia trágica de la ciudad, del mundo.
    Si hay reflexiones sobre la vida, también hay reflexiones sobre el arte de escribir, el escribir y la vida, “no hay arte sin riesgo, ni belleza que evada su impuesto de melodrama y cursilería”, 46).
    Agenda del desempleado nos revela las vidas marcadas, la vida-número, el anonimato, la muerte del cuerpo y del alma. Todo es un espacio cerrado que el escritor trata de abrir, de encontrar una salida, y en ese laberinto el lector o lectora debe entrar prevenido, prevenida, porque si la palabra desconcierta, también las imágenes nos lanzan a lo imprevisto. Sobalvarro nos muestra el mundo en que vive, no tan solo el desempleado, sino el mundo en que vivimos todos. Un mundo desesperado, “la mano que nos toca en la noche y nos descubre muertos: (36). El libro se cierra con una imagen apocalípticamente visual, abierta a la destrucción total o a la esperanza: Alguien pintó un repentino sol naranja en el cielo”.
    El lector o lectora escoja su propia interpretación, que lo llevará a su salvación o condenación, que es la salvación o condenación de su propio mundo.

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