Sampedro: “Vivimos a medio gas”

Jose_Luis_Sampedro

Una entrevista con el desaparecido escritor español José Luis Sampedro.
Por Beatriz Navarro
  La idea de la muerte ya rondaba a José Luis Sampedro en la primavera de 1998 cuando el economista y escritor concedió esta entrevista, inédita hasta hoy, a una estudiante de Periodismo deslumbrada por su persona y su obra, que hoy firma estas líneas sonrojada y apenada por su muerte.

Hace quince años, Sampedro no era una figura conocida por el gran público. Sus ideas no tenían el púlpito echaba en falta para la izquierda. “Se dice que la izquierda no tiene ideas, ¡lo que no tiene es dinero!”, decía, para montarse un periódico contra el sistema económico. Internet, que por entonces era un servicio que funcionaba mal, a ratos y por turnos, en la biblioteca de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, lo cambió todo: la tecnología dejó de ser un freno para la difusión de las ideas. Las generaciones más jóvenes descubrieron su pensamiento y Sampedro acabó convertido, junto con Stéphane Hessel, en el referente intelectual de los movimientos sociales  surgidos con el 15-M. El texto que sigue es la versión íntegra de la entrevista, donde el economista y escritor repasa su obra, su relación con la escritura y su malestar con los valores imperantes en la sociedad.
Madrid, primavera de 1998
Ahí donde lo ven, este hombre es un tímido. Con su metro noventa de estatura y pese a estar más que acostumbrado al trato con sus lectores, casi enrojece al felicitarle emocionada la periodista por Karin el delicioso personaje de Congreso en Estocolmo. La entrevista discurre en la casa del escritor en un bullicioso barrio del norte de Madrid. Muchos de sus gestos cuando se explica son todavía los del profesor de trato cercano, tan querido por sus alumnos. Lo más fácil es cogerle cariño desde el primer minuto de conversación.
El pasado uno de febrero [de 1998] cumplió 81 años, imposibles de adivinar si él mismo no recordara sus achaques. Por momentos, Sampedro recuerda a alguno de sus personajes, aquellos que dentro de sí tienen un niño: se le encienden los ojos y patalea enrabiado cuando habla del poder, la situación de la mujer, la educación… Se aguanta “porque son más fuertes”. Pero no desespera y sigue dando guerra, aunque no se prodiga apenas en los medios.
“Comprendo que no digo todo lo que debiera, que no hago todas las campañas que debiera. Pero tengo 81 años y ya he dado batallas en otros tiempos. Yo cada vez que cojo un micrófono si voy a la radio o a la televisión es para decir cosas así”, dice.  Y  con “cosas así”, Sampedro se refiere a la denuncia del irracionalismo del modelo económico, tan anticuado respecto a la evolución de la sociedad, a la prepotencia del poder, al deslumbramiento por la técnica…

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– Ahora trabaja en una nueva novela, aunque hace dos años manifestó que su “necesidad de escribir” se había agotado y que, si volvía a hacerlo, sería más como un regalo que como un testamento vital.
– La verdad es que desde ‘Real Sitio’ ya no tengo esa necesidad de decir cosas, porque creo que todo lo que tenía que decir ya lo he dicho. Allí están mis novelas. Pero también es cierto que he vuelto a escribir. Estos días ando preocupado porque uno ya es mayor y no querría dejarle problemas a mi hija. Estoy intentando arreglar yo mis cosas para que luego a ella le resulte menos doloroso. Pero aun así no me resisto a escribir, no me lo quito de la cabeza.
– ¿Es compatible vivir plenamente y escribir?
– A mí vivir no me aleja de escribir, al contrario. Pero es que depende de lo que entendamos por vivir. Mi vida exterior es muy pobre: me levanto temprano, me hago el desayuno, escribo, luego viene Gloria, como, me acuesto un rato… Por la tarde no suelo escribir. Leo, veo a mis hijos, voy de vez en cuando al teatro, al cine…Pero es que para mí ¡escribir es vivir!
“Aquello que no se ha vivido es difícil que se transforme en literatura e impresione al lector, pues todo lo que se escribe en serio es autobiográfico y el material que un escritor maneja es, en definitiva, su propia vida”, ha escrito Sampedro. Siempre ha perseguido la autenticidad en sus escritos: “Si primero no me lo creo yo es difícil que el lector se lo crea. Yo escribo no sólo sobre lo que he vivido sino sobre lo que me hubiese gustado ser. Claro que no he sido sirena, ¡pero me lo he imaginado!”, explica.
En 1952 publicó Congreso en Estocolmo, una novela a la que el escritor tiene especial cariño. Revisando sus papeles en los últimos años se ha dado cuenta de que sus principales ideas estaban ya en sus primeros escritos, si acaso de manera más confusa. Durante décadas, Sampedro ha escrito, nada más ni nada menos, por la necesidad de hacerlo, prácticamente sin publicar una línea. “A mí se me puede discutir la calidad de los escritos pero no la autenticidad con que los escribí”.
– En el caso de Congreso en Estocolmo una experiencia vital fue determinante para lanzarse a escribir la novela. En 1950 el banco en el que trabajaba lo envió a una reunión internacional en la capital sueca.
– Yo en ese momento no pensaba en que de ahí iba a salir una novela y eso que entonces ya había escrito dos (La estatua de Adolfo Espejo y La Sombra de los días). Pero la experiencia me impactó. Salir de la sociedad franquista, de la represión, para entrar en el mundo permisivo de los nórdicos de aquellos años… El choque fue brutal, pero fue después cuando pensé en escribir. El que era mi jefe en el Banco Exterior fue nombrado ministro y me pidió que colaborara con él en el Ministerio. Yo accedí, pero los dije que no quería ningún cargo ni nada. Así el banco me seguía pagando pero iba a trabajar al Ministerio. Ellos, encantados, claro… Pero de repente me vi metido en semejante embrollo, trabajando de nueve de la mañana a nueve de la noche, sin medios… Entonces, como reacción empecé la novela.
Diez años dedicó a la elaboración de El río que nos lleva, un canto vital en el que ya aparece de fondo la idea de la dignidad humana como cauce de la vida. En 1970 publicó El caballo desnudo, escrita tras la insistencia de José Manuel Lara en que se presentara al premio Planeta, en el que fue finalista. Entretanto, el escritor economista siguió trabajando en el banco, luego dos años como asesor en el Ministerio de  Comercio. Desde 1955 ocupaba la cátedra de Estructura Económica pero estaba cada vez más descontento con la situación política y de la Universidad. En 1971 pidió una excedencia de la actividad docente y se reintegró en la dirección general de aduanas. Para entonces ya andaba entregado a su obra más ambiciosa, Octubre, octubre. La novela estuvo 19 años gestándose en las entrañas del escritor, un rumiante obsesionado con revisarla, enriquecer sus sucesivas versiones, añadir personajes y documentarse hasta sobre si llovía o no los días en que transcurre la novela. Ocupó 126 centímetros de folios puesto uno sobre otro.
– Octubre, octubre es una novela de incertidumbres, de indecisiones, de inseguridades, de falta de sentido de identidad.
Luis y Ágata no saben qué son sexualmente, se van buscando y al final se encuentran. En cambio, en La vieja sirena, todos saben muy bien quiénes son: Glauka, Ahram y el mismo Krito, que se enorgullece de lo que es y lo ejerce. La primera novela es de iniciación a la vida, del alba, mientras la segunda es de la plenitud, del mediodía. En cambio, Real Sitio es una novela de las postrimerías, del ocaso, del final. Don Alonso ya está al final, como el mismo régimen. Algo termina en esa novela. Entonces me di cuenta de que las tres novelas eran tres momentos del día, de la vida humana.

– En las tres novelas los objetos cobran un calor simbólico de unión de los tiempos, ¿de dónde arranca esa idea?
– Es cosecha de la casa. Uno se pone a escribir una novela con unos proyectos y luego, como ocurre con las cerezas, salen cosas inesperadas… Por ejemplo, todo el papel que juega el misticismo sufí en Octubre, Octubre. Cuando empecé no tenía ni idea pero buscando místicos… Yo admiro muchísimo a San Juan de la Cruz pero me revienta cuando hablan de dios como su divina majestad y también por el tratamiento de la mujer.  Pensé en utilizar el tantra, porque ensalza mucho a la mujer como vía hacia Dios pero nos queda tan lejos de nuestra cultura que preferí utilizar el misticismo musulmán. Nos es más cercano y también juega con las mujeres en ese sentido muy adelantado, mucho más que los cristianos.
La suya ha sido una evolución ideológica atípica pero coherente. Por su educación, fue un niño de derechas. Pero, con los años y “el mejor conocimiento de la vida de los pobres” y el influjo de su mujer y de su hermano, comunistas convencidos, evolucionó hacia el otro extremo. Declarado “anarquista ético”, sus ideas son las de una izquierda sin partido. Su oposición al franquismo le llevó a trabajar dos años como profesor visitante en las universidades de Salford y Liverpool.
“Yo me tuve que ir, no aguantaba más aquello. Lo de CEISA [Centro de Estudios Sociológicos, fundado en 1965] fue extraordinario. Llegamos a ser cien profesores y mil alumnos, y allí se enseñaba lo que pedían los estudiantes. Yo era uno de los tres directores, pero la verdadera alma de todo aquello era Vidal Beneyto. Daba gusto, aquello fue precioso… Y muy útil, ¡la prueba de ello es que el sistema se lo cargó!”, exclama.

En 1985 apareció La sonrisa etrusca, la obra con la que Sampedro sintió que “empezaba a saber escribir”. Su nieto Miguel (sin quererlo, sus padres le pusieron el nombre que tantas veces había servido a su abuelo de álter ego) es en parte el culpable de la entrañable novela. A Sampedro le preocupó sobre todo el lenguaje, “para que no se interpusiera entre el lector y la historia. Me obsesiona escribir con sencillez. Quería que mis palabras fueran transparentes como el agua del manantial, tanto que se viera la arenilla del fondo, como decía en unos versos el padre fray José de Sigüenza. No busco el preciosismo formal, lo que quiero es que la historia se entienda. Claro que en Octubre, Octubre hay párrafos densísimos, de prosa mucho más cuidada, lírica. Pero yo no busco que la frase suene bien. Si me sale, pues bueno, será que voy aprendiendo a escribir.
– Todas sus obras están impregnadas de valores como la dignidad, la autenticidad y el compromiso. A través de sus obras, llegan a una enorme cantidad de gente pero al mismo tiempo parecen minoritarios en la sociedad actual.
– No lo son, están allí y si no salen es porque al sistema no le interesa. El valor supremo del sistema es el dinero y el beneficio, todo lo demás no interesa. De vez en cuando se hace una alabanza a los valores humanos, pero luego se los cargan. Todo eso se hunde, queda aplastado por el aluvión de noticias que les interesan a ellos.
– ¿Qué valor a la bondad?
– Para mí, es fundamental. Es lo primero que me importa, después el escribir bien. Cuando me preguntan cómo me gustaría que se me recordara yo siempre digo que como una buena persona.
– Hoy en día, ¿no es como si se opusiera a la inteligencia?
– Eso esta ligado a otra cosa. En parte, a lo de ganar dinero: el bueno no gana dinero. Pero también al deslumbramiento por la técnica, que acelera constantemente la productividad del trabajo y  aumenta los beneficios. ¡El capitalismo está encantado! Yo no desprecio la inteligencia, la razón o la técnica, pero hay que ocuparse de otras cosas también. 
-¿Se siente respaldado en sus críticas, ve una respuesta?
– Yo creo que mucha gente piensa así, lo que pasa es que la ideología dominante está constantemente bombardeándonos con las mismas cosas y diciéndonos que eso de la globalización es buenísimo… Lo que estamos haciendo es ponernos en manos de los grandes poderes económicos, que están fuera del control político.
– Hay movimientos como el ecologismo que parecía que podrían derivar en algo más pero han sido absorbidos por el sistema.
– El sistema tiene capacidad de digerir lo que no le conviene. El ecologismo se aprovecha para vender máquinas correctoras, para transplantar lo antieconómico de los países adelantados a los atrasados… Pero no para hacer ecología de verdad.
-¿Tiene esperanzas en que las cosas cambien?
– Aunque las salidas parezcan cerradas, a pesar de cómo dominan el escenario y ahogan las voces disidentes, así y todo las cosas cambian. En la Historia, los fuertes, los que dominan la situación, nunca han querido cambiarla. El cambio significa cambiar el bastón de mando. De la época prehistórica hemos pasado hasta donde estamos. ¿Eso cómo se ha hecho, por la voluntad del más bruto? No, se ha hecho ‘a pesar de’. Los cambios sociales se hacen a contrapelo de los fuertes. Nunca quieren dejar el poder pero el caso es que acaban dejándolo.
– ¿Por qué cree que cuesta tanto a los jóvenes llegar hasta estas ideas, hasta los maestros?
– Siempre se nos dice que la técnica es neutral pero no es así. Supone unos costes económicos muy altos, así que sólo la pueden utilizar los que disponen de esas cantidades de dinero. ¡Vete hoy a levantar un periódico contra los poderes establecidos! Los bancos y los ricos te  apoyan si haces un periódico para defender sus ideas, pero no ves ni un duro si es para atacarlas. Se dice que la izquierda no tiene ideas, ¡lo que no tiene es dinero! Y así es muy difícil encontrar esos maestros que  dices, porque no tienen voz. Mejor dicho, lo que no tienen es púlpito.
– Respecto a sus lectores, ha dicho que “hay que tener mucho coraje para asomarse a los abismos de la inseguridad, para abordar las carencias”. El primero en hacerlo es usted mismo.
– ¡Pero es que vivimos a medio gas! ¿Qué digo, a un cuarto de gas! Es mi manera de darme a los demás. Lo he dicho muchas veces: soy minero de mí mismo. Lo que pasa es que no nos atrevemos a sacar nada. Tenemos que aprender a reconocernos como somos. Muchos lectores, con mis novelas, se han conocido mejor a sí mismos, que han tenido revelaciones.
– ¡Menuda responsabilidad la suya!
– Sí, pero, ¿y la responsabilidad de no hacerlo?

Entrevista aparecida en Diario de Bruselas.

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