EL SERMON DE LA MONTAÑA DE RAUL ZURITA

Raul ZuritaPor Rafael Rubio

El Sermón de la montaña es, en estricto rigor, el primer poema publicado por Raúl Zurita. Este temprano texto apareció en el primer número de “Quijada”, revista del taller literario de la Universidad Técnica Federico Santa María el año 1971. Se trata de un poema torrencial, escrito en forma de versos de largo aliento o versículos, hilvanados por un ritmo acumulativo y reiterativo, con largas y agotadoras unidades sintácticas. Esa insistencia está prevista por una de las acepciones de la palabra “sermón”: “amonestación o reprehensión insistente y larga”. Quien habla aquí se extralimita en el uso y el abuso de la palabra. Este exceso retórico tiene como correlato y contraste una carencia vasta: el vacío dejado por la caída de un conjunto de creencias que fundaron, en su momento, vastos proyectos políticos de carácter salvífico. La palabra torrencial se vuelve –a menudo- una parodia de la acción, cuando ésta no puede intervenir en una realidad que la supera abrumadoramente. La oración –una de las formas más habituales del discurso religioso- pretende intervenir en la realidad; palabra pretendidamente performativa, que fundada en la fe del sujeto hablante, sería capaz de intervenir la vida. Quien reza, por lo general, lo hace porque desconfía de sus propias capacidades o la rectitud en el curso de las cosas. Zurita utiliza un formato religioso –el sermón u oración que predica el sacerdote ante los fieles para la enseñanza de la buena doctrina- para codificar una declaración feroz de escepticismo y sospecha: “Yo no creo en la resurrección de la carne/ creo en el comercio”, verso que quiere leerse como una parodia caricaturesca del pensamiento capitalista y neoliberal. No sólo utiliza un formato ligado a la religión, sino además usa como título de su poema un texto fundamental del evangelio de San Mateo, que abarca los capítulos V, VI y VII, y dentro del cual las llamadas bienaventuranzas son un fragmento capital. “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Bienaventurados los mansos o humildes, porque ellos poseerán la tierra” –dice el texto bíblico. Mucho, mucho tiempo después, Marx y Engels exclamarían en su Manifiesto comunista: “Proletarios del mundo, uníos”. Falseo concientemente la cita que en realidad debería decir “proletarios de todos los países, uníos”, lema tomado del cura revolucionario Meslier (1664-1729) quien en su testamento dejara escrito: “Uníos, entonces, pueblos”. Frase retomada más tarde por el grupo chileno Quilapayún (“El pueblo unido jamás será vencido”) y por Enrique Lihn en su notable poema “Mester de juglaría”: “Trabajadores del mundo, uníos en otra parte”. Zurita logra dotar a un discurso político -signado por el escepticismo- de una emotividad religiosa, en el sentido etimológico de religión: re-ligare, reunir. Podría hablarse de un escepticismo fervoroso, o sea que, a pesar de ser un texto virulento en su escepticismo, se sustenta sobre una intensa emoción de base, cuya codificación se parece bastante –por paradójico que parezca- a una declaración de fe. El cruce entre el discurso político y religioso que realiza Zurita se acerca al trabajo poético de Ernesto Cardenal –sacerdote católico y revolucionario- en sus Salmos, en los que el poeta nicaragüense reescribe el texto bíblico, actualizándolo, resituando los salmos en un nuevo marco histórico, y –en consecuencia- politizándolos o, mejor dicho, actualizando la potencialidad política y social que contienen, dentro del marco de la Teología de la liberación. Ciertamente, el gesto de Zurita posee su propia especificidad con respecto a la poesía de Cardenal, pero los une la politización de lo religioso y, a su vez, la sacralización de lo político, desde su cita de las bienaventuranzas hasta la cristianización del paisaje.

Arriba los pobres del mundo…

Arriba arriba a la nieve que sigue y sigue cayendo en Rusia
Algún día moriremos sobre los retratos de los que nunca
fueron mis padres pero cuyos enormes mantos tapan
los hermosos días que nos habrían esperado juntos
amor mío del otro lado del destino de los trenes del
otro lado de la Comunión de los domingos
Los santos pasan volando a tu lado y no los puedes reconocer
Nada puedes haber visto en los vitrales de las Grandes
Iglesias del Espíritu donde el comercio de las sagradas
escrituras empieza su larga peregrinación hasta el
precio de medio litro de vino para la misa dominical
El exceso retórico de El Sermón de la montaña contrasta con el fragmentarismo de “Domingo en la mañana” (Purgatorio), texto publicado ya en tiempos de dictadura militar, y, en donde lo cifrado se ofrece como una forma de burlar la censura. El Sermón de la montaña, por el contrario, no tiene freno en su pulsión, en su exceso, en su canto que es trino y trueno al mismo tiempo. Alguna vez, Ignacio Valente afirmó que Zurita había roto con el verso, incluso con el verso libre, sin asimilarse a la prosa. Un verso, en resumen, más allá del verso. Certera o no dicha afirmación, apunta a una cualidad notable de la poesía de Zurita, quien incorporó a la construcción de sus poemas, procedimientos ajenos a la literatura. Por ejemplo, la construcción silogística o seudo silogística, en Purgatorio y Anteparaíso. En El Sermón de la montaña, no hay verso libre, propiamente tal, y aquí recuerdo una afirmación de T.S Eliot para quien el verso -cuando es buen verso- nunca es libre, pese a lo que crean los poetas novísimos de turno. En el texto que convoca nuestra atención, el ritmo sostiene el edificio verbal, como un fundamento, impidiendo que el texto se vuelva prosa, en un poema evidentemente cercano –no ya al verso libre, que nunca es libre- sino, derechamente, a la prosa narrativa. Ese sentido del ritmo es lo que siempre he admirado en la poesía de Zurita. Cuando el canto estaba desprestigiado durante el tiempo que nos rigió la dictadura de Nicanor Parra, Zurita volvió a él, lo rescató de las mazmorras, palomitay, como también lo hizo mi padre, el poeta Armando Rubio:

Dios ve

Dios no ve más allá de sus ojos como Marx y Moisés no
pueden ver a través de las tablas de la ley y como Lenin
no se enamoró de ninguna de las cortesanas del zar
porque no podía ver a través de las sábanas

22

Dios no ve porque nadie se ha confesado esta mañana y
son las mismas ganas de arrancar a la parroquia más
cercana o al reten militar con la risa mal disimulada al
acordarnos de algún chiste de curas mientras la religión
con la cabeza partida la cruz la cruz los túneles
secretos se derrumban en una claridad de manteles
sucios y desordenados sobre las últimas tragicómicas
oraciones de gracia

Como una herejía o como una pluma

El ritmo, que no es sino la resistencia de las palabras a ser olvidadas, la resistencia del lenguaje a ser incorporado como un bien de consumo inmediato, el ritmo que obliga a retener lo dicho, a volver hacia atrás, a re-volver, a re-volucionar ay sí, sí, sí, adquiere ya en este poema inaugural una presencia protagónica. Qué gozosamente cercana es esta poesía con el discurso torrencial de Pablo de Rokha, su ritmo de letanía furiosa, su poética acumulatoria, reiterativa y telúrica, cercana en algunos momentos a la prosa, pero sin ceder a ella y donde la reiteración compulsiva es otro signo más de la rabia que se resiste a silenciarse. Porque en El Sermón de la montaña hay rabia, exasperación ante la muerte de los ídolos, denuncia de la vaciedad de los textos que fundaron la esperanza de un pueblo: “Arriba los pobres del mundo / Entraremos en las espléndidas ciudades /La burguesía cavó sus propios sepultureros / el pueblo unido jamás será vencido/ bienaventurados los pobres porque de ellos será el reino de los cielos/ y se abrirán las anchas alamedas por donde pase el potro libre, el mulo emancipado, el buey sin yugo, el rey de los carajos”

En un ensayo de cuyo nombre no puedo acordarme, Zurita sitúa el arte como el espacio donde puede fundarse una esperanza. El arte puede corregir la vida y a su vez la vida puede construirse como una obra de arte. Se podría transferir, por ejemplo, la idea del poema como un sistema al plano de la construcción social, como un organismo donde todos sus componentes solidarizan entre sí y donde ninguno puede existir sin el otro, porque si desparece uno desaparece el poema entero como comunidad. Del mismo modo que el ritmo -si rigiera en las relaciones sociales humanas- , el ritmo que es el amor, haría que la noción misma de individuo desaparecería, para ceder su sitio al de agrupación. Celebro el hecho de que este poema haya salido de su situación de texto marginal, en relación con el corpus de la obra conocida –en cierto sentido, oficial- de Zurita. Y lo celebro, por sobre todo, porque se trata, en primerísimo lugar, de un gran poema escrito por el gran poeta que es Raúl Zurita. Un poema que a cuarenta años de su publicación adquiere una actualidad filosa y rotunda, filosa como las sílabas de la palabra chacal, aguda como las silabas de la palabra fusil.

BIENAVENTURADOS LOS POBRES DE ESPÍRITU
PORQUE DE ELLOS ES EL REINO DE LOS CIELOS
BIENAVENTURADOS LOS LIMPIOS DE CORAZÓN

Son los graffiti de Cristo en los muros de La Pintana, a los que yo agregaría: Bienaventurados los pobres porque no tienen dios.

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