Balada geográfica

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Por Sergio Palma

Sí, lo que vi se parecía más a un escaparate mojado. Estabas vos, con las manos entrelazadas sosteniendo una taza de té, sonriendo silenciosamente al mundo desde un pasado no lejano, la gente te aclamaba con distintas voces y tonos que repetían lo mismo, y yo subiendo por una cuesta no sabía qué decir.
Cuando estuve en el más solitario de los lugares, en el más solitario de los momentos en que hube estado o vivido en mucho tiempo, no pensé en nadie, no, pensé únicamente en la paz y la belleza del lugar y del momento, y me dije que quería de aquello hacer un constante ir y venir para el resto del tiempo que me quedara, y supe que a ello me debía, y que hacia ello debía marchar.
Renunciar a un mundo imaginado quizás sea tan doloroso como renunciar a la esperanza. ¿Moriría pues si renunciara yo a mi mundo imaginado? ¿Moriría acaso mi esperanza? ¿No podría dar más un paso pues sabría cuál es el siguiente y me hundiría, ahogado y comprimido bajo el peso de toneladas de realidad?
Nunca soñé a Lyndorph como una tierra feliz. La pensé más bien como una ciudad arruinada, inmunda y poco sincera que ahora tengo problemas en recordar pues mi presente se ha vaciado de sueños para llenarse de una realidad que probablemente se parezca a uno, no en lo original, ni en lo impredecible, o mucho menos en lo absurdo, sino en esa soledad e incomprensibilidad del lenguaje que siempre caracteriza hasta el más superficial y fugaz de los sueños. Vaya usted a descubrir que está soñando, mientras lo está, intente memorizar con el más fino detalle alguna frase dicha o leída durante el sueño y luego trate de hallarle sentido al despertar, si es que alcanza a recordarla. Mi realidad, pues, se parece a esta extraña sensación y entonces es para mí una gran dificultad tratar de recordar a Lyndorph en sus más finos detalles.
Vi un camino incierto con sonidos de agua y nombres sin sentido e inmediatamente dije sí. Me dijeron de una puerta abierta, ella esperando en el pasadizo, los niños aguardando en otro lugar, voces y juegos en un parque vacío, y entonces dije quizás. Supe de una agenda hecha, un guión terminado y un meteorólogo satisfecho, y a ello dije nunca.
La gente de Choskra se reúne todas las noches en el mismo lugar, acostumbrándose así a chocar con frecuencia los unos con los otros sin molestarse en inventar la palabra “disculpa” o el insulto “perdón” que tuve ocasión y desgracia de escuchar y pronunciar en tierras de mis antepasados recientes. La gente de Choskra no es ni de lejos feliz, no, y no se toman el esfuerzo de tratar de imitar a nadie más que a aquellos que han escogido involuntariamente para este propósito. La gente de Choskra es muy práctica y servicial, te ayudan desinteresadamente a encontrar las paredes y seguirlas; rotulan semáforos, puertas y perros para que no confundas en algún arranque de extravagancia las reglas y funciones de cada uno; no componen canciones con temas como prestar a la novia pues la gente de Choskra en su mayoría no tiene novia, y los que tienen difícilmente estarían dispuestos a prestarla; la gente de Choskra da la vida en una canción, en un viaje, en una rutina, y en esto son iguales a la gente que no es de Choskra, como la gente de Lyndorph, por ejemplo, que se pasa la vida hartándose de imaginaciones fáciles y dejando a la nada, o en el mejor de los casos a un profeta extraviado, el cadáver de un payaso que después de muerto todos han de olvidar.
Mi cascada, mi puente y mi fractal no me esperan, pero yo los busco. Mi río avanza allá abajo, más allá de la vista de los curiosos ocasionales y otros tantos; las corrientes de mi río se revuelcan misteriosas e inconstantes ahí donde los atrevidos se asoman por alguno de sus ángulos; mi río es mi caos que cae por las orillas de la montaña, se estrella contra las piedras y los árboles, encuentra siempre el camino más corto, se alimenta del orden y lo hace trizas, y desde su desorden impredecible emerge un nuevo sentido, y nadie se inmuta al pasar.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Teresa Campos dice:

    Fascinante! Esto es uno de los textos más bellos que he leído últimamente. Sublime e irreverente. Yo también detesto la tierra de Lyndorph y me vale la gente de Choskra.

    Imposible no inmutarse con tu río!
    Precioso!!!!!

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