RETRASO

 

Leonora-Carrington 3 Untitled
Pintura de Leonora Carrington

Por Renée Ferrer

Reconocí su voz, mas no mi cara; su figura era lánguida, muy llovida quizás. Mauricio no se llamaba Mauricio, ni era coincidente la imagen con la suya. Pero existíamos. Eramos tan jóvenes aquella siesta. Apresurados entramos al departamento, porque se nos hacía tarde y habíamos olvidado las luces encendidas. Me gustaba el corredor con sus apliques modernos, las puertas de nogal y el tapete beige del saloncito, donde mirábamos pasar el tiempo sobre las leñas. Recostados uno contra el otro, lo mirábamos pasar, como desde el fondo de una pecera, desdibujado y remoto.

El invierno es la estación propicia para las confidencias, el chocolate espeso y aquella manera cómplice de deshacer y recomponer las cosas. Nos habíamos casado un año atrás, y nuestra unión flotaba como una mariposa ingrávida entre las paredes claras de aquel departamento, ni muy estrecho ni muy amplio, que de a ratos parecía perder sus límites, extendiéndose indefinidamente sobre una ciudad que siento mía, sin conocerle el nombre. Esa certeza de crecer, me fascina. Desde adentro de mí, crecen también las cosas, las habitaciones, el deseo; fagocitando cada suburbio, toda puerta, cualquier tristeza.

Algo extraño ronda el interior de las ventanas; parpadea sin asombro desde el espejo; me gratifica: la sensación de una perfecta felicidad.

Era como si yo no fuera, o fuese en otra parte; como si en-tre Mauricio y yo estuviera tendido un puente por donde transitasen nuestros pensamientos sin barreras ni equívocos, corroborando la inutilidad de la palabra. Como un conocimiento de precisión radiográfica; un ballet de sentimientos y certidumbres que va dejando a cada paso los actos en su sitio; un sa-berse desnudo desde adentro, con una desnudez que no perturba.

Me gustaban mis muebles y su boca. La aceptación de mi rostro plano y anguloso, donde con placidez entera hay una sa-tisfecha indiferencia. Nada me importa. Nadie me preocupa. Estoy fuera del tiempo; en otro espacio; sin fuerza capaz de al-terarme después de apagar las luces. Simplemente soy en la dicha.

De repente en el reloj son más de las cuatro. Algo me des-prende de algún lugar y me reintegra. Me despierto atolondrada, mientras desde el espejo me mira mi propia sombra envejecida. Reconozco mi cauce y me apresuro, porque hoy es día de visitas, y llegaré a la cárcel con media hora de retraso.

(De: Por el ojo de la cerradura, 1993)

 

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