PEQUEÑO BORRADOR ANTES DEL PUNTO

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Por María Montero

Hay instantes en los que las muchachas se sienten inspiradas, cuando desean que los riesgos se prolonguen. Quieren convertirse en heroínas, sin medir las consecuencias. Buscan llevar una broma hasta límites a los que nadie ha llegado antes. Ser descuidadas, intrépidas, imponer el desorden. Esa era la esperanza perdida de las muchachas“.
Alice Munro

La primera vez que entré a la biblioteca del colegio no fue a leer, sino a llorar. Acababan de romperme el corazón y yo necesitaba esconder los pedazos. El aula que usábamos para guardar los libros era la más grande y casi siempre estaba desolada. Osvaldo estaba dando una de sus clases de creación literaria. Leía mientras un revoltijo de cabezas se apretujaban a su alrededor, en una larga mesa chorreada de libros y cuadernos. De la voz de Osvaldo emanaba una música sombría que yo nunca antes había escuchado. Era el arrullo de un cable de alta tensión. Levanté la cabeza desde mi asiento lacrimoso y me fui acercando al grupo, lentamente, sin que nadie lo notara. Yo era un animal herido pero embrujado que, como el perro de Jack London, siente de pronto el llamado de lo salvaje.

Sabía leer y escribir porque tenía 12 años pero aún era incapaz de decir algo por mí misma. Estaba como la mayoría: técnicamente alfabetizada pero clínicamente muda. Todo lo que yo conocía del mundo había sido nombrado de previo, y yo no estaba para injusticias.

De todas las cosas que había oído, ninguna tan imperiosa y desmesurada como aquella que no solo brotaba de la garganta de Osvaldo sino del libro mismo, de sus signos sin vida, del brutal trance del silencio convertido en acto. Esas señales reveladas en voz alta atravesaban a los presentes como los alfileres el corazón de los insectos, dejándolos sentenciados pero vivos. Ese día supe que las palabras no se dicen, se hacen, y que una vez liberadas, salen en busca de venganza.

Gracias a Osvaldo Sauma varias generaciones de estudiantes nos rehabilitamos en esa biblioteca, bajo su guía, descubriendo que escribir es leer pero, sobre todo, borrar. Ahora, con ocasión de su Poesía Reunida, nos toca a nosotros sentarnos de nuevo a su alrededor, no sin antes decirle: “Queremos escucharlo, Maestro, porque usted nos enseñó que muy pocas cosas son preferibles al silencio”.

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