Adiós a Marco Antonio Flores o cómo andar en una feria

boloflores3Alma Karla Sandoval

A Vania Vargas, por los cuadros de suhabitación
A Julio Serrano, por aquellas papasfritas
A Javier Payeras por responder una llamada

Ahíestá “El Bolo”, ahí, con su camisa a cuadros perfectamente planchada y sus pantalonesen café. Ahí, al fondo del pasillo, casi en un rincón donde antes hubo untaller para niños en la FILGUA de 2008. Se paraba derecho, peinado, como esperando que alguien lo rescatara de las formalidades, de los editores. Fuimos Jorge Galán y yo quienes acabábamos de comprar su libro editado por el FCE, esa preciosa antología con un quetzal en la portada. Pregunté por él apenas toqué el pabellón de esa feria. Me habían dicho tantas cosas, buenas, claro. Lo consideraban un gran maestro, que como su taller de poesía no hubo otro igual,que en él se dieron a conocer los últimos jóvenes poetas premiados de Guatemala,que todo se lo debían a ese personaje, que lo tenía que conocer.

Lo cierto que es uno comienza a admirar a los otros gracias a la estima de los que ya se respeta. Es como esos libros que mueres por leer, que buscas como loco en todas las librerías sólo porque “alguien” lo ha devorado antes que tú. No cualquier alguien, por supuesto. Así se empieza. Quiero decir que así se entraa los paraísos o los infiernos de la literatura y de sus rostros también. Marco Antonio Flores que esa ocasión estaba en ciudad Guatemala para presentar dicha antología,me miró con cariño cuando le dije que era mexicana. No era necesario, con escuchar ese acento de la Chilindrina le bastó, un acento familiar, que aún tenía él pegado en la lengua porque pasaba varias temporadas en el DF. Confesó que se iría pronto, otra vez, que si quería podría entrevistarlo mejor porallá.

Sus lentes cuadrados seguían fijos, no saltaban ni resbalaban. Me llamó la atención su sobriedad, su personalidad algo recia. Entonces aún no me acostumbrada a interactuar con poetas severos, todo lo maduros que podían ser, con un desengaño en los ojos a prueba de halagos que quise guardar. Pero no pude. Le pregunté si estaba dando una charla o algún taller en la feria. Me dijo que en unashoras hablaría con algunos jóvenes de poesía, que iba a revisar textos, que mequedara. Pero ya ven, el azar y su existencia oscura o iluminada nos lleva a extraviarnos. Me perdí por la ciudad y ya no asistí a la reunión. Lo lamenté siempre.
Por eso leí y releí la antología que firmó en diagonal con los teléfonos de su casa en el DF. Ahí decía algo sobre el poema, hermoso, que no me atrevo a repetir. Recuerdo que Jorge Galán aunque noes guatemalteco, se ponía junto a Marco Antonio con un orgullo gigante. El poeta salvadoreño era incapaz de tratarlo como a un igual, como otro colega premiado, como otro de los que encuentras en festivales en medio de las copas,las comidas, las lecturas.

Le presumí a Vania Vargas mi antología, a Julio Serrano, a  Wingston González, a todos con los que me tope. Carmen Lucía Alvarado entonces aún dejaba de ser una niña. Crecía cada vez más. La encontraba diferente, más resuelta, entre un viaje y otro a Guatemala. Le faltaba poco para explotar al boom de editoriales independientes que sorprendió tanto en México y más allá de Centroamérica. Era un tiempo que se movía como sabroso caldo de cultivo. Literatura dura, me gustaba pensar. En la bolsa cargaba Días de Guardar de Carlos Monsiváis con quien charlé un poco antes. La tímida Lorena Flores no se atrevía a pedirle una firma y esperaba. Le tocó, por ende, la mejor de las dedicatorias.

Luego aquella cena mágica en un restaurante italiano con pizzas y pastas enormes. Gracias a la generosidad de Julio lleguéa esa mesa donde Sergio Ramírez se quitó su disfraz pesado. En una de las últimas mesas redondas hablé de Eco, de  apocalípticos e los integrados que podríamos ser.Le gustó. Conversamos más: México, los nuevos medios, lo que se venía venir, loque ya nos perseguía como la nada de una novela de Ende.

La nada. Lo queda ahora que me pongo a recordar a Rafael Menjívar informal, irreverente, con su cigarro infaltable,con sus ojos y ojeras vivaces, con sus camisas arrugadas y toda esa amabilidad,esa sabiduría al servicio de los que empezábamos o creíamos que podíamos lograralgo en la literatura. Lo conocí en El Salvador. Dirigía la casa y los talleres de Salarrué.  La estancia era preciosa,con jardines descendentes cuyos árboles frutales hacían olvidar el calor. Mesentí como una cámara de las Mil y una noches. Otoniel Guevara apurándome para que volviera al grupo de los poetas que ya se iban y Rafael hablándome de México en su oficina, mostrándome lospoemas de sus talleristas, la obra de una joven poeta que él admiraba y cuyos textos se sabía casi de memoria.

    Regreso a la noche con platos italianos en Guatemala, a una escena que no me entusiasmó en su momento, pero ahora sonrío:Menjívar, Galán, Serrano y Ramírez hablando de “Batman”. Mi silencio era suficiente, supongo. Mi silencio cantaba para adentro que iba a olvidar esanoche y a todos, que algún día esa FILGUA iba a arrinconarse en la memoria. Con un poema del Bolo me hacía la loca en los autobuses, en las casas de los amigos donde permanecí.

    Regresé a los corredores de la feria para buscar de nuevo a Marco Antonio Flores. Como a una estudiante arrepentida devolarse las clases, como una hija pródiga que quería ser una gran poeta, como una turista literaria y también, ¿por qué no decirlo?, como una artista que no era capaz de encontrar a los suyos en México, a una banda como la guatemalteca,a tantos nombres juntos reuniéndose, editando, leyéndose, citándose.

    Corrí y corrí.  Faltaba poco para que saliera mi avión, pero en la FILGUA “El Bolo” ya no estaba.

    La última vez que vi a Javier Payeras en el zócalo de la ciudad de México, daba una conferencia sobre la literatura de su país. Hizo un excelente y profundo recorrido por los nombres y las obras representativas. En el corazón del corazón del corazón de mi país había una pantalla gigante donde Javier proyectaba aquellos rostros. Casi al último aparecieron los de sus amigas y amigos que conocían al Bolo, que leían a Bolaño, que me daban posada. Sonreí con la emoción del cómplice. Al  último me levanté. Le entregué unos libros y me fui para perderme, de nuevo, en los pasillos de una feria metropolitana.

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