Gustavo Adolfo Becerra: “la rotura de esos sueños, determina no sólo a los poetas”

Becerra con sombrilla

Por Bernardo González Koppmann
Hoy por hoy, en un mundo globalizado donde a nuestro país le ha cabido la triste tarea de ser abanderado del neoliberalismo a ultranza en esta región planetaria, se levanta la voz de un poeta que va a las causas profundas de los males que nos afectan y de las esperanzas y utopías que nos sostienen. Gustavo Adolfo Becerra (Carahue, 1954) coge los dolores de su pueblo y con ellos va creando una escritura rizomática, al decir de sus propias palabras, donde todas las cosas y los seres humanos conversan y se re-descubren en una retahíla de múltiples relaciones. Estamos en presencia de una deslumbrante belleza, como la luz al final de un túnel: la luz de la eterna poesía, que en este poeta se renueva -como muchas otras veces en la historia de la humanidad- de una forma inusitada.

¿Antes de conversar de tu poesía, Gustavo, de tu propuesta, que es lo que en definitiva perdura en el tiempo, ¿podrías hablarnos de tus inicios literarios?

Nací en Carahue, pueblo ubicado de Temuco hacia la costa siguiendo los afluentes del río Cautín, luego es tributario de otros ríos y antes de llegar al mar se llama Imperial. En mapudungún Carahue significa “el que lugar que fue”. Es decir nací en un lugar que no era, un no-lugar. Mi vida está llena de no-lugares: se repiten y siempre están a la vuelta de la esquina, esperando. Desde ese origen pueblerino todo ha sido determinado por el paisaje que, de una o varias maneras altera, incluso la conducta. En esa época no había luz eléctrica y sólo se disponía de un motor electrógeno que generaba electricidad para el poblado entre siete y nueve de la noche. Vivíamos en una casa de madera con árboles frutales y aves de corral. A las nueve de la noche, mi madre nos reunía junto al brasero y nos leía poemas. Creo que no he tenido otra experiencia de belleza humana como esa: los hermanos reunidos junto al fuego, escuchando el Violín de Yanko o el Lago de los Cisnes o el poema de Dublé Urrutia, La Vieja Paulina. Esa unidad entre hermanos se mantiene inalterable y se enriquece con el tiempo.
La mayoría de los poemas eran de una tristeza estremecedora. A veces, no podía dormir pensando en el destino brutal de Yanko. Eso ocurría dentro de la casa. Afuera, se escuchaba el rumor primero, ese murmullo que hace cómplice, de los cambios sociales. Los campesinos hablan de Reforma Agraria y, en consonancia con sus sueños que también eran los míos, el mundo camina en esa dirección. Desde la interpretación sociológica, podríamos decir que caminamos, querido amigo, de una sociedad de clases a una sociedad de riesgos (Ulrich Beck); desde la literatura, transitamos de la poesía dariana, telúrica, creacionista, anti-poesía, exteriorista, a lo que podría denominarse Poesía del Conocimiento. Cito a Catherine Trautmann, “la relación simbiótica entre cultura y desarrollo será el tema central de la década que se inicia.”

Gustavo Adolfo Becerra con Pedro Lemel.
Gustavo Adolfo Becerra con Pedro Lemebel.

¿Esas primeras experiencias infusas en torno al fogón, la lectura de poemas en voz de madre, la lluvia y la imaginación o ensoñación -al decir de Gastón Bachelard- son esenciales para el germen de un poeta. ¿Cómo se inicia tu contacto con la palabra escrita, con la escritura de tus propios textos?

Estaba la palabra-poema dentro de la casa, viva, habitada por nosotros (los hermanos) de acuerdo a nuestras percepciones, y habitándonos. Y estaba la palabra-ilustrada en los libros de Charles Dickens, Somerset Smaughan, Fedor Dostoievski y en el Almanaque Mundial: en ese tiempo, a muchos autores los consideraba como parte de la familia. Era extraño. Por otro lado, mi padre había comprado una Radio Portátil, marca “Hitachi” y escuchábamos ópera en el programa La Hora Italiana.
La palabra-cantada también vivía de esa manera en la casa. Nuestro universo, a pesar de estar apartado geográficamente de los centros del saber y del conocimiento, nos ofrecía un menú muy grande de opciones. Producto de una enfermedad donde me puse amarillo, aprendí a leer y escribir y las cuatro operaciones de matemática, es decir, contaba con todos los ingredientes necesarios para la escritura, o para intentar al menos el desafío. No hubo otro camino. La magia, lo que era de la palabra y no estaba en la palabra, provino de un cuaderno con tapas duras que mi madre guardaba celosamente, bajo llave. Una noche, descubrí el misterio mayor: mi madre, ella misma, escribía luminosos poemas de amor a mi padre. Lo demás, fue consecuencia de la lluvia, de la Escuela Nº 7 y del río.

“Estaba la palabra-poema dentro de la casa, viva, habitada por nosotros”, me parece notable. Gustavo, cuéntanos, ¿qué ocurre en tu vida desde ese mágico cuaderno con poemas de amor de tu madre, donde estampas tus primeros versos, hasta que escribes ya en Santiago “Poemas para resistir”?

Mucho tiempo abarca esa pregunta y muchos episodios de muy distinta naturaleza. Producto de una hambruna grande, cerca del terremoto del 60, mi madre se enteró que algunos compañeros de curso no almorzaban Por lo tanto, me pidió que invitara alternadamente a cada uno de ellos. No era tarea simple que mis compañeros de curso, aceptaran esa invitación por bien intencionada que fuera. A veces, cuando llegaba solo mi madre pensaba que, por desidia u olvido, no los había invitado y me obligaba ir a buscarlos. Uno de ellos, quizás el que más necesitaba, vivía junto al río, bajo el puente. Y el otro, se hacía tan importante como uno mismo, en esa dimensión solidaria del amor. Mi almuerzo, en definitiva, era el otro. Se relativiza el yo por la importancia del otro.
Eran los aprestos del desarrollo de una conciencia social muy concreta que salía en busca de los otros (…) Entre la niñez en Carahue, y la escritura de los Poemas para Resistir, acontece la reciente historia de Chile que deberíamos abordar con más delicadeza. La época final de los 60 y el inicio de los 70, es la época de explosión mayor de alegría que, quizás, ha tenido la historia de Chile y de América Latina.
La felicidad estaba al alcance de la mano y todo estaba por construirse. Las radios cantaban esa felicidad y manifestaban esa alegría a veces compulsiva. Impulsados por los cantantes con mayor desarrollo social, los músicos comunes y corrientes aportaban bellas canciones que hablaban de un mundo mejor (Pedro y Pablo: La Marcha de la Bronca; o el Dúo Dinámico cantando Resistiré, por nombrar algunos). Desde mi misticismo provinciano y rural, pensaba que transitábamos de los Valles de las Palabras a los Valles de Dios. Es decir, caminábamos como sociedad integrada hacia la Tierra que Mana Leche y Miel de la palabra prometida.

Era el movimiento popular chileno en todo su esplendor… un programa de gobierno que encarnaba los sueños de tantos seres humanos. Tú dices: “Caminábamos como una gran sociedad integrada hacia la Tierra que Mana Leche y Miel”. ¿De qué forma el golpe de estado de 1973 influye en tu vida y en tu vocación de poeta?

Determina. Primero, era imposible sustraerse de lo que hizo Frei Montalva en relación con la promoción popular y la reforma agraria, de lo que Allende hizo en relación a nacionalizar las riquezas básicas, pero a mi modo de ver el grosor del proceso de cambios revolucionarios estaba sintetizado en el proyecto Synco (Cybernetic Synergy), que era un proyecto cibernético que buscaba una planificación económica controlada en tiempo real, donde trabajó el investigador británico Stafford Beer, que era experto en cibernética organizacional. Era un mundo distinto el que se abría, donde todas las relaciones culturales eran alteradas.
Hace poco estuve -en Chile- con Eden Miller del Instituto Tecnológico de Massachussets, que lanzó un libro muy documentado acerca de este proyecto y sus enormes proyecciones: transferencia por otros soportes de información económica en tiempo real para una toma de decisiones (de las empresas controladas por el Estado) donde era importante y vital el rol y voz de los trabajadores.
Hay mucho que profundizar acerca de este proyecto. La imagen de los muchachos con boina y pelo largo como ícono de la revolución chilena, la cambié por ese otro rostro de las transformaciones culturales. Los Hawker Hunters y toda la organización criminal que operó en el país pudo destruir instalaciones, vidas, pero no los sueños de Chile. Y, sólo por mencionar algunos hitos: la industria y el fácil acceso a estos productos culturales, donde destaca -por cierto- la Editorial Quimantú y el trabajo del gerente general Joaquín Gutiérrez Mangel (escritor costarricense, padre de Cocorí); a través de la divulgación de esos contenidos pude reconocer la obra de Carlos Luis Fallas, Calufa, en su libro Mamita Yunai, y con-dolerme con las historia de Calero, que murió aplastado por un árbol.
Bernardo, la rotura de esos sueños, determina no sólo a los poetas, o a los que presumimos de serlo, sino a toda la sociedad y, como en este caso, al mundo. Los horrores de la dictadura nos provocaron miedo, desprecio, pero también una adhesión muy grande por la vida y desde esa perspectiva quedaba sólo un camino: aportar con tu voz poética a las muchas acciones de resistencia. Con la experiencia adquirida (en evadir la represión y resguardar a compañeros en casas humildes o sacándolos a otros sitios más seguros) nació ese libro Poemas para Resistir, donde muchos anónimos colaboraron en la tarea de picado y diseño de esténciles, impresión, compaginación, factura del libro, lanzamiento (fue en el Paradero 18 de Santa Rosa, en el Centro Paulo Laurín) y distribución, quizás lo más importante.
Al finalizar el lanzamiento del libro, celebrado con jugos Yupi y pan con morcilla, las bicicletas se perdían en la noche de la zona sur de Santiago con esos poemas que, era mi intención, aportaran a iluminar el camino de los perseguidos. La poesía siempre ha sido insurreccional y transgresora, querido Bernardo.

En Carahue, en su aniversario
En Carahue, en su aniversario

Gustavo, un detalle, ¿a qué edad emigras a Santiago? Por lo visto, tu conciencia social desarrollada por los almuerzos solidarios de tu madre con los compañeros desvalidos prendió en tu escritura… ¿Podrías hacernos una síntesis -brevísima, desde luego- de la poesía chilena durante la dictadura?

Todo ha sido hecho con pequeñas semillas. Emigro porque todas las puertas estaban cerradas en Temuco, y eludir el cerco era una necesidad vital. Algunos episodios brutales con los cara-manchadas quedarán por siempre en mi memoria. El más dramático: el desaparecimiento de Nelson Curiñir Lincoqueo. Aunque el luto estaba prohibido, en ese entonces, su madre se vistió de negro y muchas mujeres siguieron su ejemplo. Años más tarde lo encontraron enterrado clandestinamente.
Estaba muy cerca de todo: me relaciono -en esa época- con los sacerdotes comprometidos con los derechos humanos y aporto humildemente en esa dirección con mi palabra. Trabajo con la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos junto a Sola Sierra, Anita González y Viviana Díaz. En la oficina de la Agrupación el dolor se manifestaba en estado sólido. Era muy difícil moverse bajo su manto. La injusticia en los pueblos pobres es visible a simple vista.
No se requieren instrumentos para interpretar la realidad como la sociología política, las teorías económicas, los análisis filosóficos. Ciertamente que, asumiendo esa realidad visible como imperativo de cambios estructurales, es necesario recurrir al pensamiento más elaborado para una mejor comprensión del mundo. El radio axial de un abanico mayor de conocimientos ayuda a hacer foco con nitidez en los problemas que aquejan a los sectores menos favorecidos.
Desde esa perspectiva, como instrumento de sensibilidad social que compromete al conjunto de las emociones, el arte es un instrumento liberador y necesario, justo y necesario. Sólo se lucha por aquello que se sueña, se desea; por lo tanto, a todo cambio social -podríamos decir- lo antecede un cambio cultural. Víctor Jara anticipaba el futuro, por eso lo asesinan de manera tan atroz: la vida es eterna en cinco minutos, vamos por ancho camino. La poesía en ese entonces se refugia en los Talleres Literarios. Carlos Alberto Trujillo, docente de Literatura Hispanoamericana y Director del Programa de post-grado en Estudios Hispánicos de la Universidad de Vilanova, hace rigurosos análisis del rol de los Talleres Literarios de ese tiempo.
Era una forma de reunirse, pero era una forma de volver a insertarse en las estructuras partidarias, acceder a la información, darle sentido orgánico y colectivo a los aportes individuales, los dolores, las tristezas y, por cierto, las alegrías. Destaco, en esta oportunidad, algunos productos culturales muy decidores de ese tiempo: los poemas de Santiago Cienfuegos, Jorge Narváez y Osvaldo Ulloa que pusieron al servicio de los intereses superiores de la humanidad su palabra poética. También, por cierto, el aporte que hicieron los extraordinarios cantores populares y que fueron la banda sonora del movimiento social. Les debemos, como país, a los artistas chilenos un reconocimiento mayor.

Gustavo, háblanos de tu poesía antes y después de tu viaje tan largo a Costa Rica (2000-2005), y cómo te has insertado en este país algo extraño, me imagino, al que dejaste al partir.

Nunca he dejado de estar en Chile. He seguido en todo momento los procesos. Esta época de creciente revolución científica y tecnológica, de progresiva globalización de los mercados, de competitividad basada en la incorporación y difusión del progreso técnico y aceptación social de la ‘paradoja de la productividad’, instala al hombre que sufre en el centro de la mirada.
Desde el mundo de las relaciones internacionales se explica todo esto con el planteamiento de Manuel Montobbio: “Frente a la emergencia y la consolidación de lo cultural y lo identitario como factores y ejes estructuradores de las relaciones internacionales, el multilateralismo se configura como escenario y factor decisivo para su canalización por la dinámica de la cooperación; al tiempo que dicha emergencia y otras transformaciones del sistema internacional hacen posible y requieren la emergencia de nuevos espacios multilaterales”.
Y cumplimos esa tarea de diversas formas, manteniendo como soporte principal la cultura; por lo tanto, mediante esta vía de relacionamientos permanentes, siempre estuve allá y siempre estuve aquí.

En Valdivia durante la presentación de Tolo-Nei, su último libro
En Valdivia durante la presentación de Tolo-Nei, su último libro con Alan Bojanic, Representante de FAO para Brasil; e Iván Carrasco, académico del Instituto de Lingüística y Literatura de la Universidad Austral, Doctor en Filosofía y Letras.

Entremos a tu trabajo literario, Gustavo. ¿Cómo concibes tu poesía, y como ha sido esa evolución poética que va desde “Poemas para Resistir” a “Tolo Nei”?

Mi poesía es una forma de vencer y verbalizar la soledad (ahora), la timidez en alguna época y el silencio en muchos otros momentos. También el miedo. Mi poesía siempre se jugó en los límites. Es una búsqueda permanente de un algo que no conozco por caminos muchas veces intransitables. Entre muchos otros temas, me interesa el miedo, el misterio, la muerte. No quiero esconder la cabeza y quiero alcanzar la mayor conciencia posible de la realidad.
El acceso a múltiples formas de interpretar la realidad me obligó a re-leerme, a instalarme cerca de los saberes y el conocimiento (aunque me parecen que son tiras del mismo cuero) para hacer una adecuada lectura de los signos de este tiempo. No tuve la capacidad, ni la tengo de abarcar y sintetizar esos chispazos, así que busqué apoyo en otros: directores espirituales, especialistas en recursos genéticos, analistas del cambio climático, sociólogos de la vida buena, etc.
Mi evolución poética fue marcada por la duda, mucho más que por las certezas. Le debo a la duda parte de mi trabajo literario, porque fue un motor de búsqueda activado a tiempo completo. La cultura (otra vez intentando definirla más acertadamente) se presenta como al ámbito de libertad del individuo, “donde este puede realizar sus deseos, y a su vez éstos tienen que ver con sus gustos personales, puros y honestos. Incluso Durkheim destaca la relación inversa entre el grado de moralidad de una sociedad y la libertad estética de la misma”.

Respecto a “Tolo-Nei”, tu último libro, creo estar en presencia de una obra mayor en la poesía chilena. Te quisiera preguntar dos cosas respecto a este fenómeno literario. Por una parte, la poca difusión y/o recepción masiva de tamaña entrega; recordando el entusiasmo poblacional ochentero que desató “Poemas para resistir”, por ejemplo, que relatas anteriormente. De eso quiero que me hables primero.

Tolo-Nei es un libro interminable, incluso para mí. Es un libro que se está haciendo permanentemente, adaptando; algo de bio-poema contiene este precepto, querido Bernardo. Es un modelo rizomático de escritura, por un lado, y como dice Deleuze y Guattari: “Ser rizomorfo es producir tallos y filamentos que tienen el aspecto de raíces, o mejor aún, se conectan con éstos, penetrando en el tronco, libres para servir a nuevos usos extraños”.
Es parte de una red de referencias (hipertexto), que aproximan el poema a la realidad significativa, lleno de guiños fractálicos, multiembrionales, dinámicos, que no se constituyen en capas para ocultar la realidad social, por ejemplo, sino que ayudan a develarla.
Los acercamientos agudos que hizo el profesor Muñoz en la presentación del libro (en Temuco), Vice-Rector Académico de la UFRO, iluminan estos espacios escriturales. Es legítimo y hermoso ver a la muchacha que llora a orillas del río por algún amor perdido, pero es conmovedor tener conciencia acerca del destino de los bienes, la producción de alimentos, el uso inequitativo de la biotecnología, el control sobre las semillas (UPOV 91) y su propiedad, y las muertes por hambre (teoría de la complejidad) que se producen cada diez segundos.
Esta experiencia de escudriñar en el orden implicado no es exportable a otros creadores, ni pretendo uniformar el hacer poético. Desconozco el valor real que contiene: sólo la aquilato en relación a la paz interior que me ofrece. Es poco, cierto, es poco; pero por hoy para mí al menos, es suficiente…

¿Qué vislumbras en tu trabajo escritural, algún proyecto que tengas entre manos?

Work in progress. Tengo una serie de trabajos por hacer, que abordo en varias direcciones al mismo tiempo. Por un lado, una serie de textos poéticos muy actuales que intentan ser una saga de Tolo-Nei, un guión de cine y una novela; pero, también trabajo en un poemario enorme que se llama El Ultimo Canto de las Aguas: Pasión por todo lo que fluye, que tiene un documentado prólogo del poeta Raúl Zurita.
Recoge de manera directa y testimonial nuestro paso por las mazmorras de la dictadura. Por otro lado, exploro en la medida de mis fragilidades, otras formas posibles para la poesía más allá del verso. Pienso que las TICs ofrecen un menú grande de opciones que deben ser analizadas seriamente.
Me interesa la velocidad del procesamiento de las imágenes, por ejemplo, que se traduce en la Teoría de la Incertidumbre. Y, confío, que la Gran Guerra Patria de los Escritores, una especie de instalación en mi imaginario, está aún por declararse; pero, desatada mostrará las raíces más fecundas de la poesía latinoamericana, donde destaca la poesía escrita por los poetas de los pueblos originarios. Necesito vivir 800 años para realizar los proyectos que deseo, y dudo que eso sea posible; aunque siempre he creído en los milagros…

Totoneid

Gustavo, ¿cómo ves la poesía chilena actual? ¿Sigue siendo la cenicienta de las artes?, ¿o ese debe ser su lugar?

La poesía es una de las artes mayores desde lo helenístico; puede explicar-se desde la totalidad de las posibilidades, para introducir un elemento cuántico. No podría jerarquizar las artes, pero tiene la poesía virtudes notables: conectividad y puertos de accesos activados en forma permanente, altamente plural en fondos y democrática en formas. Los habitantes de las redes sociales, hacen uso democrático de la poesía y muchas veces con notables e inesperados resultados. La masividad de la poesía es muy buena.
Y hacia esa expansión aporta de manera significativa la música. Muchos cantautores latinoamericanos, y algunos europeos, en sus propuestas musicales utilizan como plataforma la palabra poética. Incluso en planos tan pedregosos como la oratoria política clásica (filípicas, parresía, etc.) hacen constantes giros a la poesía. El cine y las otras artes mayores, de la misma manera. La puerta de entrada, en alguna época de la humanidad, a la ciencia y a los mundos desconocidos (religiones) fue posible gracias a la poesía. Jesús es un gran poeta: habla, en el arrebato místico, incluso sin palabras.
En un complejo sistema también, de comunidades electrónicas, articuladas y vibrantes, se ponen a prueba los modelos de adaptabilidad que tiene la poesía. Como decía el documento de Puebla, que espero tenga vigencia aún: “La cultura se va formando y se transforma en base a la continua experiencia histórica y vital de los pueblos; se transmite a través del proceso de tradición generacional.
El hombre, pues, nace y se desarrolla en el seno de una determinada sociedad, condicionado y enriquecido por una cultura particular; la recibe, la modifica creativamente y la sigue transmitiendo. La cultura es una realidad histórica y social”. En una sociedad que te reconoce por el número del RUT, no es fácil ser persona. En una sociedad que profundiza diferencias sociales, sabemos que no es fácil ser justo. En una sociedad que camina hacia la globalización, cuesta tener identidad y sentido de pertenencia. En una sociedad que prioriza el tener, cuesta ser sujeto de comunidad.

Poeta, enormes gracias por este precioso tiempo que le he robado para esta entrevista. ¿Algunas consideraciones finales, o algo que quisiera agregar a esta retahíla de preguntas?

Un placer conversar contigo, Bernardo, a través de este soporte no convencional. Reconozco en ti un agudo entrevistador; pero, sobre todo, a un enorme poeta.

Talca-Santiago, enero de 2014.

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