Robótica, 2001

Luis Chavez
michaelticcino3Es la pesadilla de un helicóptero desproporcionado que aterriza en el patio y del que descienden los cuatro jinetes del Apocalipsis. Méndez, todavía con los ojos cerrados, despierta empapado en sudor y entiende que el ruido del helicóptero siniestro es el de la podadora del vecino. Con la cabeza en ebullición abre el párpado izquierdo, luego el derecho: primero descubre que durmió con los anteojos puestos, después ve los números arábigos del reloj electrónico en la mesa de luz: 7:26 a.m. Si se acordara en qué momento cayó inerte en la cama y, más difícil aún en su estado, si pudiera hacer una operación aritmética simple sabría que durmió acaso dos horas y veintitrés minutos.
Incorporado, en la cocina, pela un banano, lo corta manualmente y echa las partes en la licuadora en la que previamente había vertido los restos de un yogurt sospechoso. Oprime On y ahora el ruido del electrodoméstico lucha por superar al de la podadora. Comienza otro día. Sale al patio con su brebaje energético y, como para neutralizar lo que sería un desayuno deportivo, enciende el primer cigarro de lo que será otra mañana improductiva. Es convención que debajo de todo relato medianamente respetable se vaya tejiendo una historia subterránea que es, en definitiva, la esencial. Este no es el caso porque lo único que hay es Méndez alternando sorbos de vitaminas y alquitrán, con la mirada fija en una zona del jardín y, envolviendo todo esto, el zumbido criminal de la podadora. En este momento, en diagonal perfecta por el rectángulo de cielo despejado visible desde el patio, cruza un jet que como Méndez no oye ni ve, no existe. Semi-inmóvil, clavando los ojos en la mala hierba que crece a su antojo, nuestro personaje parece entregado a la reflexión pero en realidad su mente está en blanco, en un presente perfecto, como la de quien llegara al nirvana por la ruta equivocada. Ya en la ducha, ayudado por el masaje del thermoheat, trata de hilar las imágenes fragmentadas de la noche anterior. Sale y se seca frente al espejo con movimientos mecánicos y si bien ese doble suyo que lo imita a la perfección −en una coreografía simétrica y sincronizada− no le despierta la menor curiosidad metafísica, siente que algo le molesta: confunde por tristeza lo que no es más que el desequilibrio químico detonado por el bajón de perico. Todos los días, desde hace ocho meses, se mete tres gramos de una mezcla de anfetas, alka-seltzer y bicarbonato que le venden bajo el nombre de cocaína.
Pasarán varias horas, el motor diésel de la podadora que el vecino apagó antes de mediodía seguirá taladrándole la cabeza. Méndez, cambiando canales desde el sofá, mirará el televisor con la abstracción de quien se sienta frente a una fogata, y cuando los faroles municipales se enciendan automáticamente para señalar el inicio de otra noche, levantará el teléfono y marcará mi número para preguntarme: “¿Qué mae, hoy qué?”

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