Dos notas sobre Cortázar

Cortázar, receta todavía no nostálgica

Por Juan Sobalvarro

CortázarYa nadie escribe como Cortázar. Bueno, nunca nadie escribió como Cortázar. Lo digo ante las continuas expectativas que suelen despertarnos las promociones editoriales que cada tanto dicen haber encontrado la más extraordinaria revelación o que desentierran al ¡zas! una semireliquia de la que no habíamos captado su trascendencia. Y a veces está bien, se entretiene uno con los autores de moda, pero repito, ya nadie escribe como Cortázar. Y no lo digo como que haya que hacerlo, sino como que muchos ya habrán intentado hacerlo. No me refiero a la posibilidad de una práctica, sino a la incapacidad que hay para encaminarse en ella.

Mi habitual afiliación con Cortázar se debía a sus cuentos, un poco por el bestiario interno de cada texto y otras por la resolución de tramas, aunque estaba claro para mí que en Cortázar todo era verbal, un asunto de disposición de las palabras, de uso del lenguaje. Resulta que ahora me gusta Rayuela, que antes no me gustaba tanto y que antiguamente leí por el prejuicio callejero aquel de que había que leerla. En principio me disgustó el concepto de armatoste. Rayuela si se le ve burdamente es ante todo una máquina, digamos una especie de licuadora que, si lo pensamos bien, cabe fácilmente en un espacio doméstico con igual o menos enigma con el que cabe un horno microondas, manual incluido. Y todo el aspecto teórico de Rayuela siempre ha estado pijudo, su cuestión a la Novela, lo de la antinovela, lo de la novela armable o desarmable, la fragmentación, lo que de improvisación cabe en un texto escrito y su analogía con la naturaleza del jazz, hasta su perversa insinuación de mera libreta de apuntes, de bitácora patafísica, todo eso ha estado siempre bien. Pero para mí era lo mismo que encontrar la licuadora desarmada y descubrirle su poesía de la forma más grosera.

Lo que hace que ahora me guste por primera vez Rayuela es que logré una perspectiva desde la intimidad del texto, que la leo desde la problemática de la escritura, desde el ritmo de sus palabras y ya no desde la estructura. Claro que su naturaleza fragmentaria posibilita enormemente su relectura y dispensa las obligaciones a las que suelen someter las lecturas totales. Por allí queda como en abstracto el argumento que se hace secundario o se sublima, cuando cada fragmento se autonomiza o se resuelve por sí mismo.

Y es en esa intimidad del texto donde digo que ya nadie escribe como Cortázar, lo digo pensando además en la problemática de lo cotidiano que suele plantear o lleva implícita toda novela. El lenguaje de Rayuela no es convencional porque la cotidianidad en ella tampoco lo es, es una correspondencia en los dos sentidos, tampoco es convencional su protagonista Oliveira y muchos de sus secundarios. Se trata de una cotidianidad que si se limitara a los hechos o a las acciones de los personajes podría considerarse convencional, pero que desde el lenguaje se dispara y redimensiona. Como esta vulgar caminata de Oliveira con Pola.

“Pero Pola no le contestó, y él le puso el brazo sobre los hombros y caminaron Boul´Mich´ abajo y Boul´Mich´ arriba, antes de irse vagando lentamente hacia la rue Dauphine. Un mundo de tiza de colores giraba en torno y los mezclaba en su danza, papas fritas de tiza amarilla, vino de tiza roja, un pálido y dulce cielo de tiza celeste con algo de verde por el lado del río. Una vez más echarían la moneda en la caja de cigarros para detener la fuga de la catedral, y con su mismo gesto la condenarían a borrarse para volver a ser, a irse bajo el chorro de agua para retornar tizas tras tizas negras y azules y amarillas. La rue Dauphine de tiza gris, la escalera aplicadamente tizas pardas, la habitación con sus líneas de fuga astutamente tendidas con tiza verde claro, las cortinas de tiza blanca, la cama con su poncho donde todas las tizas ¡viva México!, el amor, sus tizas hambrientas de un fijador que las clavara en el presente, amor de tiza perfumada, boca de tiza naranja, tristeza y hartura de tizas sin color girando en un polvo imperceptible, posándose en las caras dormidas, en la tiza agobiada de los cuerpos”.

Puede parecer que escogí un fragmento muy elaborado o rebuscado, pero no es así, de hecho ahora hasta me molesta porque desde otro punto de vista convencional cabe hasta como ejemplo de poesía. Pero es un clásico ejemplo de Cortázar, digamos una cortazarada, una de esas truculencias de prestidigitador que al maje parece que le salían fácil porque las hacía siempre que se le diera la gana, capítulo 7 aparte. Nota curiosa porque lo que la mayoría de las veces publicó como poesía solía ser más destemplado y arrítmico.

Dentro de la misma convencionalidad se dan la mayoría de los parlamentos en Rayuela que muchas veces suelen darse como en dos o tres carriles y hay por decir dos niveles, uno de una cotidianidad vulgar y otro de una cotidianidad harto letrada o la puta que lo parió.

Siempre siguiendo con el discurso, vale decir que Cortázar hasta en sus momentos más sereno es muy pulcro, muy perfecto. En la narración más convencional, digo, en la que sólo pretende contar, describe con exactitud y agudeza, espacialmente instala bien a sus personajes, no titubea, no cancanea, ni periquea. Por ejemplo, aquel rollo de la verosimilitud la resuelve porque no le importa. Cortázar es verosímil sin ser crónico.

Por puro resentimiento y por mera posibilidad, pienso que Cortázar tenía como ventaja la base de un discurso que ya había sido establecido por otros y sobre todo, argentinos, Borges etcétera, si es necesario y posible el etcétera, aunque creo que no. Caigo ahora en el ingenuo de que Cortázar era un escritor argentino, como si esto fuera posible, disgusta, pero lo era. Me quedo esperando y amanezco antes que un escritor gringo escriba como Cortázar, siquiera en el uso del lenguaje figurativo con que lo hacen muchos escritores latinoamericanos. Además pienso en el discurso que puede tener como base un autor nicaragüense para escribir novela o cuento y lo pienso desde la perspectiva de las novelas escritas por nicaragüenses. En Sergio Ramírez que es actualmente el más asentado siento que pese a su pulcritud hay una tiesura, una incomodidad probablemente provocada por la adaptación a un acento que trata de ser internacional, que trata de ser académicamente aceptable. Aunque estamos claros que en un país donde la novela todavía sigue en pañales, no puede encomendársele a un solo autor la tarea de desarrollar un discurso que sirva de base a otros y se establezca con personalidad, porque esa es tarea de muchos, autores y años. Por eso quizá es acertado y natural recurrir a los libros de historia, donde la escritura está asentada en un plano convencional para todos aceptable y en gran parte de los casos son auxiliados por la voz popular.

Rayuela es el bonsai de Cortázar, porque es ahí donde está la clave, se ve que este texto lo pulió, lo podó disciplinadamente y se tomó su tiempo con él y da la impresión que no es eso lo que quieren en la actualidad las editoriales que ponen a los escritores a escribir como en granja para pollos y claro, a muchos sólo les da tiempo para el anecdotario y la crónica. Cero lenguaje, cero arte. En parte por eso ya nadie escribe como Cortázar y tenemos que resignarnos a novelas para leer en el metro, y Managua no tiene metro. Es el choque de dos ritmos de lectura.

Ya sé que es necio decir que ya nadie escribe como Cortázar, sobre todo por los alcances individuales de Cortázar, se ve en Rayuela que pasa cómodamente por muchos segmentos cultos y en algunos con alarde de especialista, aunque para mí sigue siendo más relevante su filigrana, por ejemplo, pudo ser un poco haragán y no lo fue. Es evidente su excepción. Otro día vemos lo que pasa con Bolaño.

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¿Cortázar para modistas?

Por Juan Sobalvarro

cortazar 2Claro que si un libro se lee como moda algún día dejará de ser eso, una moda. Y aunque Rayuela llegó a ser hasta un cliché, jamás fue para la farandulería lectora lo más popular de Cortázar. Porque es sintomático del que lee orientado por la moda, leer lo más ligero. Rayuela, pese a su mascarada lúdica, juguete es lo que menos es. Esto sin olvidar que, bien visto, todo libro es en sí un juguete. Pero Rayuela viene a ser en todo caso el juguete del oficio. Habría que repetir de nuevo todo el inventario: el proyecto de la antinovela, por lo fragmentario, por lo de novela rota, por lo -entre comillas- azaroso, por lo aparentemente atemporal, por misceláneo. Lo lúdico que podría resumirse en la idea del salto -temporal, espacial, argumental, la bitácora de capítulos. La cátedra de jazz elemental, de unas décadas atrás, pero elemental. Y los otros ensayos temáticos, varios. Los personajes emblemáticos y en esto ninguno más que La Maga. Al respecto, era risible que en las décadas del 80 y 90 abundaban las magas, pese al grosero perfil que del personaje hizo Cortázar. Y bueno, lo del mapa geográfico, el de la ciudad que por mucho tiempo fue el fetiche de la cultura occidental, París, por ende mapa cultural. Lo de las frases citables -que ahora abundan en redes- son apenas la vulgar superficie del verdadero asunto, el oficio del lenguaje, el malabarismo textual que no es materia de azar. Era lo que quería decir con lo del jogo bonito. La esencia de Rayuela y de la escritura de Cortázar, en sus mejores órdenes, es una actitud de oficiosidad frente al lenguaje. La moda, lo pintoresco, lo fashionista, son para lectores pasajeros.

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