Charles Simic

simicLa enorme guerra

 

Jugábamos a la guerra durante la guerra,
Margaret. Los soldados eran juguetes muy solicitados,
aquellos que están hechos de cerámica.
A los de plomo los fundieron para hacer balas, supongo.
¡Nunca has visto algo tan hermoso
como aquellos regimientos de cerámica! Acostumbraba tirarme en el piso
por horas para mirarlos a los ojos.
Los recuerdo al devolverme la mirada con asombro.
Qué raros se han de haber sentido
al estar de pie, tiesos en posición de firmes
ante una gran e incomprensible criatura
con bigotes de leche.
Cuando se rompían, o a propósito los rompía,
había alambres adentro de sus extremidades,
adentro de sus pechos, ¡pero en sus cabezas no había nada!
Los revisé, Margaret.
Nada de nada en la cabeza…
Sólo un brazo, de vez en cuando, el brazo de un oficial
que empuñaba un sable desde una grieta
en el piso de la cocina de mi abuela sorda.

 

 

Imperios

Mi abuela profetizó el final
de sus imperios, ¡Eh, tontos!
Estaba planchando. La radio encendida.
La tierra estremecida bajo nuestros pies.

Uno de sus héroes daba un discurso.
“Monstruo”, lo llamaba ella.
Había vítores y salvas de cañón para el monstruo.
“Podría matarlo a mano limpia”,
me anunciaba.
No hizo falta. Todos se irían
al diablo cualquier día de éstos.
“No vayas de chismoso a contarle esto a nadie”,
me advertía.
Y me jalaba una oreja para asegurarse que le había entendido.

 

 

 

Primavera
Esto es lo que vi: nieve vieja en el suelo,
tres mirlos acicalándose,
y mi vecina que salió en camisa de dormir
a tender en la cuerda las camisas de su marido.

El viento matutino hacía difícil engancharlas,
levantó el vestido tan por encima de sus rodillas
que tuvo que dejar de hacer lo que estaba haciendo
y dio una buena carcajada mientras se cubría.

 

 

 

Hotel Cielo Estrellado
Millones de cuartos vacíos con televisores encendidos.
No estaba yo ahí aún, pero vi todo.
El Titanic en la pantalla como un
pastel de cumpleaños hundiéndose.
Poseidón, el recepcionista nocturno, apagó las velas.

¿Cuánta propina deberíamos dar al botones ciego?
A las tres de la mañana la máquina vende-chicles
en el lobby vacío
con su espejo recién trizado
es la nueva Madonna con su niño.

 

 

 

Sobre mí mismo

 

Soy el rey sin corona de los insomnes
que aún lucha contra sus fantasmas con una espada.
Un estudiante de techos y puertas cerradas
que apuesta a que dos y dos no siempre son cuatro.

Una vieja alma que feliz toca el acordeón
en el turno del cementerio en la morgue.
Una mosca que escapa de la cabeza de un loco
y descansa en la pared junto a su cabeza.

Descendiente de curas de aldea y herreros:
un reticente ayudante de dos
ilusionistas famosos e invisibles,
uno llamado Dios, el otro Demonio, asumiendo, por supuesto,
que yo sea la persona que me digo ser.

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