Memorias familiares en la poesía de Marina Moncada

Por Francisco J. Larios

pasta MARINADijo Octavio Paz: “Nada de lo que escribí en mi juventud me satisface, en 1933 publiqué una plaquette, y todo lo que hice durante los diez años siguientes fueron borradores de borradores. Mi primer libro, mi verdadero primer libro, apareció en 1949: Libertad bajo palabra”.
A Marina Moncada, como a Octavio Paz, le gusta decir que ella es poeta tardía. ¿Tardía? ¿Un empezar atrasado, una lentitud en llegar al origen? De ser así, este su primer libro, Memoria desplomada, sería un brote de pubertad literaria, con la promesa de la edad, pero también con su habitual torpeza estilística y estrechez temática.
La realidad es, afortunadamente, otra. No solo por la forma (sobria, precisa, pero distendida; ágil la pluma, pero sin aspavientos) sino, particularmente, por la belleza que captura en su fondo, la madura reflexión que como toda buena poesía parece abrir los ojos del lector y entresacar a
lo obvio un fresco descubrimiento.
Pues para eso es que sirve la poesía, si para algo: para ver y buscar, para descubrir. Para intuir con toda la fuerza que pueda conjurar el pensamiento. Para empujar la pena de Sísifo a la cumbre y ver hacia atrás, o hacia abajo; que lo que ha quedado allá es lo que siempre quisimos saber.
Extraña condena la nuestra: tener la sabiduría como consuelo
póstumo.
Así, Marina, como los poetas más auténticos, construye una cartografía de la vida, de la condición humana. Debe decirse que es una visión esperanzadora. Hay sombras, por supuesto (“Puedo llorar ahora mismo. Es fácil…”), pero la suya no es una obra de incertidumbre y de angustia,
sino de serena adaptación a la realidad que transcurre cambiante, y que la poeta retrata con evidente deleite. Lo hace como saliéndose del propio cuerpo para verse a sí misma y ver el mundo, sembrando distancia ante el dolor y entregándose al supremo goce humano de descubrir.
De tal manera, nos dice:
“a lo lejos diviso a Madame Tristesse
con su cuerpo encorvado, su olor mortecino
aguanto la respiración
cierro los ojos
me cambio de acera
me tapo los oídos
para no escuchar su taconeo. “
como también:
“El tiempo me lleva colgada en su espalda,
desde lo alto veo pasar la vida en panorámica”
Y así nos cuenta del amor, de su amor empeñado en
arraigarse,
“déjame desplegar tu cuerpo
yo desdoblaré el mío
en más de dos partes
y te aseguro que de esta línea de fuego
no habrá ningún repliegue”
Nos habla del “hábitat” de la migrante que es, mujer en un
entorno extraño al de su crianza; ya no totalmente extraño,sin embargo, aunque todavía emocionalmente distante. El entorno como el del cruce de la Avenida Covina en que la
poeta encuentra (¿o desencuentra?) a la mujer anglosajona quien—solitaria– “lleva el tiempo de la música con los dedos en el timón”. Ambas de paso en la encrucijada, juntas en la circunstancia breve, brevísima, mas separadas al fin, criaturas de dos mundos que conviven cercanos, pero
sin verse a los ojos: mientras espera la luz verde hay una diferencia
que nos detiene.
Aunque lo más notorio—y lo que hace ver estos poemas como reflejos de un alma esperanzada—es su serena disposición a la vida y a sus cambios, la implícita convicción de que hay un propósito en vivir, y en vivir cada edad; de que no hace falta pretender que los días y los años no
pasan, todo, menos engañar a los años con cirugía estética de que la pérdida de la frescura carnal no mengua el gozo al cuerpo, ni al alma, creo más bien en la plasticidad del cuerpo para ajustarme al tuyo y la del alma para empezar a contar de nuevo… de que la vida es para vivirse, y nada más.
La muerte, no lo olvides es un asunto solitario así es que déjala desangrarse en paz. Esto es lo que he logrado ver y entrever, atrapado y sorprendido, en las páginas de Memoria desplomada. Otros
seguramente leerán el poemario de manera diferente, se sentirán atraídos quizás por otros temas, por otras revelaciones y confesiones, de las múltiples que circulan en sus
páginas.
Lo claro es que un contenido tan rico no se acumula en un día, ni en una década; que viene gestándose, destilándose en poesía toda una vida, y que ha encontrado en la palabra de Marina Moncada un vehículo accesible y hermoso.
Concluyo convencido de que el único atraso de Marina, poeta desde siempre, su única deuda con nosotros, es compartir sus versos. Afortunadamente estamos aquí en el momento en que ella comienza a rectificar esa carencia. En Memoria desplomada la poeta habla al fin, y nos confirma, de viva voz, que de aquí en adelante, “de esta línea de fuego/ no habrá ningún repliegue”.

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