Encuentros con Eduardo Chirinos

Eduardo Chirinos, febrero del 2015. Granada, Nicaragua. Fotografía de Marta Leonor González
Eduardo Chirinos, febrero del 2015. Granada, Nicaragua. Fotografía de Marta Leonor González
Marta Leonor González

La última vez que miré y hablé con Eduardo Chirinos fue en el Festival Internacional de Poesía de Granada en el 2015. Un evento que nos une, nos encuentra y también nos separa. En una de sus venidas a Nicaragua lo entrevisté, nada formal, fuimos hablando de la vida, la poética y hasta de Dios, le preguntaba sí creía en Dios con todas las interrogantes que supone a lo que me respondió que no renegaba de su educación religiosa.
Igual en nuestra plática estuvo su salida de Perú donde nació en 1960 y luego se fue para España y más tarde se ancló en los Estados Unidos donde se consolidó como maestro de Literatura Hispanoamericana.
Hace unos días mientras se celebraba el Festival de poesía en Granada, del 14 al 20 de febrero, supe de su muerte, noticias que nos asaltan con tantas interrogantes y con todos los misterios que conlleva.
Recuerdo que esas fechas de su última visita le tomé unas fotografías que hoy como un homenaje publicamos en 400 Elefantes con una muestra de sus poemas.
Una poesía que también se extiende entre sus libros: Cuadernos de Horacio Morell, Archivos de huellas digitales, El libro de los encuentros y El equilibrista de Bayard Street, Epístola a los transeúntes y El fingidor. Una tarea pendiente para conocer a fondo su pensamiento literario.

Raritan blues

Eduardo Chirinos

Para Margarita Sánchez

Aquí no hay bulla ni miseria,
sólo un bosque de árboles mojados y cientos de ardillas
correteando vivaces o escarbando una nuez.
A lo lejos un puente
una interminable fila de automóviles retorna a sus hogares
y nubes balando ante un perro pastor y amarillo.
¿Eres tú quien camina en las riberas del Raritan?
Recuerdo un río triste y marrón donde las ratas
disputan su presa con los perros
y aburridos gallinazos espulgándose las plumas bajo el sol.
Ni bulla ni miseria.
El río fluye educado como en una tarjeta postal
y nos habla igual que hace siglos, congelándose y
descongelándose,
viendo crecer a sus orillas cabañas, iglesias, burdeles,
plantas refinadoras de petróleo.
Escucho el vasto rumor del Raritan, el silencio de los patos,
de los enormes gansos salvajes.
Han venido desde Ontario hasta New Brunswick,
con las primeras nieves volarán al sur.
Dicen que el río es la vida y el mar la muerte.
He aquí mi elegía:
un río es un río
y la muerte un asunto que no nos debe importar.

Retorno de los profetas
Eduardo Chirinos

Para Antonio Claros

El sol se hará oscuro para ellos
pero pronto han de volver
Miqueas III, 6
Los profetas han muerto.
Cuernos de guerra anuncian la pronta llegada de la peste,
nuevos tiempos de miseria y escasez.
El campo de batalla está desierto, el cielo se oscurece, la infinita
rueda se ha quebrado.
Dicen que ángeles bellos y monstruosos nos vigilan
pero ya no tenemos ojos para verlos.
Los profetas han muerto.
Atrás los sucios velos que ocultaron la verdad de nuestros rostros,
las ramas que ocultaron la Serpiente cuando rogamos placer
y nos dieron a cambio la resignación.
Textos venerables son ahora pasto de las llamas,
sólo la lechuza mira con indiferencia la corona
que rueda a los pies del más miserable de los dioses.

Sólidas estatuas se arrodillan, gimen, se arrancan los cabellos,
los mástiles que antaño sujetarán los más bravos marinos
golpean la memoria de los dioses que quedan,
¿a quién debemos acudir cuando nos coja la peste?
Los mendigos del reino asaltan los jardines, desprecian los
oráculos, reparten por igual sus pertenencias.
Los nobles del reino conservan sus arcas, sus vinos, sus mujeres,
el miedo que gobierna la implacable voluntad de los presagios.
Los profetas han muerto.
Nadie ahora nos engaña, nadie nos confunde, nadie
nos dice la verdad, y estamos solos.
Estamos solos esperando la señal que nos indique
dónde hemos de ir para honrar con dolor a los profetas.

Ridiculus Mus (Epístola a Quinto Horacio Flaco)

Eduardo Chirinos

Horacio, jamás tuviste mujer que te abandonara en los cinemas
Tampoco tuviste que aprender a rechazar un cigarrillo
Ni a esconder tus flacas piernas debajo de la túnica
Sólo corriste indiferente hacia los campos
Y fuiste feliz comiendo con la plata de Mecenas
Jamás subiste solo a los tranvías y es tu gloria
Cantarles por amor al bien y a la belleza
No tuviste por qué rendirles culto a las ciudades
Ni inclinarles tu noble cabellera

Horacio, el bienamado por los reyes y los dioses
Poeta mesurado con el vino y con los versos
Te he visto hoy acariciándote las barbas y esperando
Que apareciera al fin el ridículo ratón del que me hablabas.

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