Crónica de un festival. Granada y la poesía en un país de arboratas

Teresa Campos

Primera Parte

Voy en el vuelo 1129 de American Airlines que acaba de despegar del aeropuerto de Miami. Mi destino, Granada, Nicaragua donde se celebrará el XII Festival Internacional de Poesía de Granada. Me asomo a la ventanilla del avión y admiro los tonos azules y verdes neón del mar que rodea a los Cayos de la Florida que se afilan como cuentas de un collar de esmeraldas en el cuello del Estrecho de la Florida.

Se parecen a los tonos azules de Mark Rothko que no hace mucho vi en la National Gallery of Art en Washington, DC y me deleito ante la belleza del Mar Caribe. El piloto promete un vuelo placentero, sin turbulencias y augura unos cielos despejados.

Leo unos cuantos artículos del periódico que llevo y ya estamos volando sobre Cuba. La ruta del avión que se proyecta en la computadora que está frente a mi sugiere que estamos atravesando la isla por Matanzas. Hay pocas nubes y se ve clarita “la bolita del mundo” como llama mi amiga María Eugenia Valenzuela a la curvatura de la tierra.

Pienso en el Festival de Poesía del año pasado y voy tras la poesía de la luna que conoció a Federico, voy tras la poesía que se viste de aguizote en el carnaval que me cuenta historias de horror al pie de mi cama de niña, voy tras el sonido medieval de la flauta y el latido del corazón del atabal en donde vivo para siempre, voy tras la poesía en el minardí de repollo encima del vigorón, voy tras la hermandad y sonoridad que promueve la poesía.

Recuerdo la noche de inauguración del Festival del año pasado cuando Ernesto compartió sus poemas con palabras sacadas del lago, palabras milenarias, de agua, peces, tortugas y garzas. Aun llevo en mi alma la pincelada blanca, alada que esa noche cruzó el telón negro de la noche fresca en Granada mientras el lago hablaba en boca de Ernesto.

Voy tras todo eso y sobre todo voy en busca de la magia de un pueblo que ama la poesía y llega puntual a sentarse respetuosamente a escuchar y a participar de los poemas que leerán los poetas nacionales e invitados .

Este año el festival está dedicado al poeta nicaragüense, Ernesto Mejía Sánchez y a la memoria del poeta guatemalteco, Luis Cardoza y Aragón. El vuelo de Miami a Managua es de dos horas, quince minutos y tres mundos de distancia.

El piloto anuncia que en 30 minutos aterrizaremos en el aeropuerto Augusto Cesar Sandino. Me sorprende asomado a la ventanilla, el Momotombo, majestuoso, arenoso, poderoso. Nos reconocemos. Me regala una perspectiva planetaria y de Deep Time.

Aterrizamos. Salimos de la aduana. Alquilamos un carro. Brad maneja. Nos topamos en seguida con los arbolatas de Klimt que le encantan a Rosario Murillo. He de confesar que me gustan mucho, disfruto el kitsch que hay en ellos. Me doy cuenta que ahora hay más arbolatas y de diferentes colores lo cual transforma a Managua en una ciudad aun más surreal de lo que ya es.

La altura de los arbolatas me distorsiona la perspectiva y me asalta la sensación de estar dentro de una maqueta con un ojo omnisciente que vigila mis pasos. Empezamos nuestro viaje a Granada. Brad me pasa su libreta y un lapicero. “Apunta todos los obstáculos que se nos atraviesen en la carretera”, me pide. Mi hijo Rodrigo confiesa que para él, manejar en Nicaragua es como estar dentro de un juego de vídeo. Yo empiezo la lista: tres perros, un bici taxi, un bus, otro bus, una carreta de bueyes. Me olvido de la lista ante la presencia de un humeante y activo Volcán Masaya. Solamente quien ha crecido junto a un volcán puede entender la fascinación que producen; su energía, su presencia majestuosa.

Llegamos a Granada. Es sábado pero la ciudad está vestida de domingo. Hay una alegría iluminada y ruidosa en las calles. Estamos en el Hotel Alhambra. Entran y salen poetas del hotel. Llevan colgada al cuello la identificación como poetas invitados.

Me llega a los oídos que el padre Fernando Cardenal está grave. Me da tristeza. Sentada en las mecedoras del hotel y viendo hacia el parque se desgajan de mi memoria imágenes de los pasillos de la UCA y me veo caminando por el corredor de la Facultad de Derecho. Me doy cuenta que camino entre muchos jóvenes muertos. Pienso en la Teología de la Liberación y en cómo ya empezaba a escribirse entonces la bellísima segunda encíclica papal de Francisco, Laudato Si.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Carol Bendaña dice:

    Precioso Tere, un abrazo. Me encantó volver a verte.

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