Crónica de un festival. Granada y la poesía en un país de arboratas (Segunda Parte)

Teresa Campos

Segunda Parte

Me despierta muy tempranito la algarabía, como de escolares en recreo, de los pájaros que han pasado la noche en los árboles del parque de Granada, frente al Hotel Alhambra. Fascinada con el bullicio y con el sueño espantado, me deslizo hacia el balcón del Hotel Alhambra, donde me hospedo y desde donde admiro la monumentalidad de Granada y el conjuro que tienen sus calles en donde parecen converger todos los tiempos. Los primeros cohetazos del domingo hacen estallar las copas de los árboles del parque que parecen elevarse en decenas de alas hacia el azul que hoy no tiene nubes, para luego seguir la ruta del verde del Mombacho.

Acto seguido se escucha el ritmo alegre de unos chicheros que han comenzado la diana del domingo con un estridente Mama Chilindra. La música ha viajado hacia mi niñez y yo fascinada saco recuerdos festivos que salen como bufandas de colores por el aire y sin pensarlo dos veces empiezo a cantar y bailar al ritmo de La Cumbia Chinandegana que es la siguiente canción del popurrí que toca la banda.

Desde la cama, dos ojos de otra cultura me miran divertidos y siguen sorprendidos todas las volteretas y contorsiones que hago al ritmo de la música. No hay duda, estoy en Nicaragua y me he propuesto que este presente que generalmente vivo como nostalgia en Miami, tenga visos de eternidad en mi memoria. Me apuro en alistarme para ir a ver a los Chicheros.

Voy fascinada tras su música que siempre ha tenido la magia de diluir mis desconsuelos en sus notas musicales. Me los encuentro frente a la Casa de los Tres Mundos y ya hay un corro que ha llegado a oírlos. Para mi pesar, la Diana es corta y yo me quedo como globo desinflado. Pero estoy vestida y alborotada y le propongo a Brad, quien ya me ha alcanzado, un desayuno en el Museo del Chocolate donde sirven el mejor chocolate caliente y el mejor cacao del mundo.  En el parque me encuentro con la sonrisa de chavalo de 12 años de un periodista que conozco.

Con su cámara colgada al cuello, miraba pensativo hacia el entarimado que está en la plaza donde se dará la lectura de poemas y todo lo que vamos a ver esta noche. Lo saludo y conversamos por un rato de su trabajo y del cubrimiento que está haciendo del festival para el periódico para el cual trabaja. Nos despedimos y me enrumbo a desayunar con Brad. Entramos al local que ofrece un desayuno buffet all you can eat. Entro y mi estómago me indica que he tomado una buena decisión. Enfiladas en el mostrador, unas cabezas de barro con unos comales encima, muestran el buffet del desayuno: gallo pinto, papas fritas, trozos de queso seco, maduro frito, tortillas calientes. Los huevos, panqueques y waffles que están incluidos en el menú se piden al gusto del cliente.

Luego en canastitas con su mantelito blanco están las tostadas y al lado,  la mantequilla, la jalea de guayaba, la exquisita granola de la casa con trocitos de cacao tostado y el yogur hecho también en la casa en algún cielo vacuno. Comemos y salimos a la calle. Granada está alegre, se ha puesto de fiesta para recibir a sus novios, los poetas que vienen de 60 diferentes países. Los coches ya están en fila en el parqueadero de caballos frente al Hotel Alhambra. Los caballos exponen su costillar al sol y las cintas de colores en sus crines.

El tañido metálico de las campanas de la catedral anuncia un discurso que ya cumple más de quinientos años. Afuera, en la entrada de la catedral hay unos toldos amarillos donados por una ONG de Luxemburgo bajo los cuales un grupo de mujeres prepara la comida que van a vender a los feligreses a la salida de misa. Es la kermes de una congregación mariana que recauda dinero para la iglesia, me explican. Me cruzo al parque que ya está lleno de turistas que pasean dolorosamente su color de langosta cocida, gente local y vendedores de gafas de sol, semillas de marañón, cajetas, rosquillas y vendedores de paquetes turísticos hacia las isletas o San Juan del Sur.

Sentada bajo la brisa de los árboles leo en el programa del Festival que este año en el carnaval del miércoles, los poetas enterrarán de manera simbólica el dolor de los árboles talados. Hace seis años visite Matagalpa y me quedé muda ante los cerros tristemente pelados en una zona que yo visité muy a menudo de niña y que recuerdo exuberantemente verde.

Lo mismo me sucedió cuando visité Boaco y Carazo hace cuatro años. Los árboles de mamey que se alineaban a lo largo de la carretera hacia Diriamba han desaparecido. Lo cierto es que desde la ventanilla del avión puede verse el despale despiadado que han sufrido los bosques de Nicaragua que se ha convertido en un país de lomos desnudos. La noche anterior me llamaron la atención las imágenes en el televisor de siluetas que emergían  de unas polvaredas que parecían de una tormenta de arena en algún campo de refugiados en Siria.

Para mi sorpresa se trataba de habitantes del occidente de Nicaragua castigados por severas tolvaneras causadas por el despale en la zona, el monocultivo y la sequía. Un experto hablaba de que hay que plantar la lluvia. Regresan mis pensamientos a mi niñez en donde un árbol de mango que me vio crecer me enseñó  que los árboles son entidades solidarias y nudos de relación, igual que nosotros.

Viendo las películas de Tarzán con Johnny Weissmuller colgado de las lianas aprendí de niña que los malos son los que cortan los árboles y comercian con los animales del bosque. Hoy sé que a los árboles los corta, en menor escala, la pobreza, por falta de otros recursos de energía y en mayor escala, la avaricia, que ve solamente mercancía en los bosques. Pienso en Wangari Maathai y su ejército de mujeres plantadoras de árboles que llevaron a cabo el bellísimo proyecto Green Belt en Kenya, pienso también en el mártir, Chico Mendes que murió en su lucha contra la deforestación del Amazonas y en el paraíso replantado de Sebastián Salgado.

Pienso en Ernesto, en Solentiname, en el lago. Ayer, admirando las fotografías de algunos poetas, que cuelgan de las paredes en la Casa de los Tres Mundos —una serie de antología— comenta alguien, me detengo ante la foto del poeta Álvaro Gutiérrez en donde aparece el poeta, sonriente, al lado de un ventanal. En la base de la foto hay un texto en letra blanca que empieza desde la izquierda del cuadro, cruza la fotografía y sube hacia el lado derecho de la foto. El texto dice: El cuento más largo del mundo. El mono bajó del árbol y se irguió para talarlo.

Los cohetes estallan esporádicamente y el trino aún no ha regresado a los árboles del parque de Granada.  Guardo el programa. Quiero estar presente en el entierro del dolor de los árboles talados. Me acerco a uno de los árboles y lo abrazo y le agradezco en voz baja su presencia. Quien no siente el dolor de un árbol talado tiene el ojo de la piedad cerrado.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Carol Bendaña dice:

    Hermosa narración Tere, linda.

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