“Hola mamá, tengo cáncer…”: Un testimonio de Lourdes Chamorro

XXIII – CICATRICES

Lourdes Chamorro

Hay cicatrices de cicatrices. Aquellas que nos marcan la piel para siempre, las que el tiempo desvanece, las que cuando hace frío se resienten, las invisibles, o las que se van cuando es su tiempo exacto.

La cicatriz del seno izquierdo permanecerá ahí siempre. No la veo pues está escondida, apuntando como manecilla de reloj, las cinco de la tarde. Es el tatuaje indeleble que me recuerda lo hermoso que es despertar cada mañana, pues cada mañana, se despereza jalándome la piel. El doctor dice que es normal y que esa sensación me acompañará hasta la muerte. ¡Bendito jalón! ¡Bendita cicatriz!

La que dejó el puerto, es apenas perceptible. No duele, no molesta, no se resiente. Quizás con el tiempo desaparezca.
Los nueve ganglios que perdí, dejaron su cicatriz debajo del brazo izquierdo, por lo tanto, si recuerdo que existe es porque al contrario de sentir, nada siento. Deduzco entonces que los ganglios me dejaron de recuerdo una invisible cicatriz, cuyo nombre es “la adormecida”.

Pero hay una de ellas que merece unas líneas de más. La cicatriz que desapareció en el mismo instante que todo en mí, comenzó a recobrar la normalidad. Esa que se esfumó cuando mi cabello, mis uñas, mi piel, mis cejas, mi paladar y mis energías, comenzaron a recuperarse. Una cicatriz emocional, supongo, que por un rato opacó mi autoestima, mi feminidad y mi sonrisa.

Es la cicatriz que dejan las imprudencias, quizás inconscientes, quizás cargadas de algo más. Es la cicatriz que resume y acoge en su mismo centro, dos o tres experiencias similares a la que me sucedió un sábado en el Dolphin Mall en Miami, un gran centro comercial.

Pocos días antes, había recibido la última aplicación de radiación en el Sylvester. Mi hermana Cecilia regresó a España y mi esposo Enrique llegó a acompañarme. Ya pronto regresaríamos triunfantes a nuestro hogar en Nicaragua.
Con renovado entusiasmo, le pedí que me llevara de tiendas al Dolphin Mall. ¿Al Dolphin?, me responde. ¿Por qué no? Pasaré desapercibida y podemos caminar bastante. Además, podemos ir a Brooks Brothers, necesitas camisas, le digo, tratando de convencerlo que es la mejor opción. Pobre hombre, pensé, no es muy de tiendas y en tope de eso, lo llevo al Dolphin. Él prefiere no ir de tiendas, pero si acaso va, sé que prefiere un lugar pequeño, controlable, tranquilo… a mí, aunque ir de shopping me agobia, el Dolphin no me disgusta. Y ahí fuimos.

Estaba feliz, liviana, sonriente. Me arreglé como si fuese domingo; un poco de maquillaje, sandalias con mis curitas en cada dedo y por supuesto, la peluca. Por primera vez en mucho tiempo, al verme al espejo, no me importó ni las curitas, ni la peluca… ya pronto volvería a ser yo… toda yo y un poquito más.

Caminamos un buen trecho. Era sábado y los pasillos estaban llenos de gente. Entremos aquí… necesito un rimel para las pestañas, le digo a Enrique. Era una boutique de cosméticos naturales. Y dimos una vuelta en redondo para alcanzar la entrada.

Una mujer cuyo uniforme negro hacía que su lipstick fuera más rojo, se acercó a nosotros casi al tiempo que pisamos el umbral. Buenas tardes, pasen adelante, tenemos promociones… es nuestro primer día en el Dolphin Mall… mi nombre es Dania, ¿en qué les puedo servir?… ¿quieres probar esta nueva fragancia…?, recita de corrido, alargándome un frasco de loción y apuntándome como si fuera una pistola lista para ejecutar a alguien.
La tienda, igual que todo el mall estaba abarrotada de gente.

Hola Dania, necesito un rimel para las pestañas. Diciendo esto, ella me mira e inmediatamente se vuela la carcajada y me dice: No mi niña, usted no necesita un rimel para las pestañas, lo que necesita es pintarse mejor las cejas… ¿pero qué es lo que se hizo en las cejas? Hahaha…

Silencio absoluto en la tienda. Siento que todos me miran. Enrique paralizado, sin encontrar palabras. Yo, impávida, quería que se abriera la tierra y me hiciera desaparecer. ¡Y yo que me sentía tan bonita ese día cuando el espejo me devolvió la imagen antes de salir!

La vendedora sigue carcajeándose. Yo, a punto de echarme a llorar. No, no voy a llorar, me digo… entonces, corre, corre Lourdes… será mejor que desaparezcas entre la multitud… Enrique te seguirá… corre y no regreses nunca más a este mall… no, mejor compórtate normal, como si no hubieras escuchado nada y compra tu rimel… no, corre, corre, ¡corre!… es lo mejor… ¡corre!

Un amargo sentimiento me aprieta el pecho… aunque no es la primera vez que lo siento… y las lágrimas amenazan con saltar. La mujer sigue riendo. Las miradas queman y pienso si Enrique está sintiendo lástima por mí.
Sentí que pasaba un siglo, aunque fue un instante. Lo suficiente para darme chance de tomar una decisión. ¡Ah, decisiones, decisiones, pequeñas o grandes decisiones!

No, no te corras… enfrenta tu realidad, sé humilde… acéptala, Lourdes, que pronto pasará… y pensé en las tantas veces que la imprudencia de la gente, me había hecho odiar más esa enfermedad.
Haciendo un esfuerzo sobrehumano, me escuché decir: Lo sé… sé que no me veo bien… es que las perdí… estoy en tratamiento de cáncer… se me cayeron…

Aquel silencio se acentuó. La carcajada se esfumó. Mis lágrimas se asomaron. La vendedora desconcertada, sin saber qué hacer me abrazó. Oh, disculpas, disculpas… qué mal me siento, señora… discúlpeme por favor, me dice.
Entre lágrimas le sonreí y mientras aceptaba su abrazo, realicé que durante este año de calvario, algo más había aprendido: que hacer cómplice a la gente de este mi padecer, funciona de maravilla. Además, nos hace ejercitar la humildad que a veces desdeñamos.

La mujer no sabía qué hacer. Yo tampoco. Nadie sabía qué hacer. Mi confesión desestabilizó el curso que supongo, debe de tomar un momento como ese. Me sobrepuse inmediatamente, diciéndome a mí misma que un comentario humillante, jamás me despojaría de mi esencia, especialmente en una tarde como aquella, que me sentía de día de fiesta.
Con una sonrisa devolví la mirada a quienes me estaban mirando. Recibí en cada una de ellas, un destello de simpatía y solidaridad. Algunos se acercaron a saludarme y yo, compré lo que tenía que comprar y seguí mi camino de la mano de mi esposo.

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3 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Yo dice:

    Lágrimas en los ojos al leer tu post que he encontrado por casualidad al poner etiqueta de “cancer” en el buscador de WordPress.
    Me alegra que la cosa acabara así y que no huyeras corriendo para no volver.
    Esa chica aprendió una lección de vida que no olvidará, y tu creciste un poco más en fortaleza y como persona después de esa pequeña experiencia esa tarde de compras de la mano de tu esposo.
    Me ha encantado… Mucho ánimo en todo, de corazón. ¡Y a vivir apreciando lo que es invisible para muchos!

  2. psicoruano dice:

    Me he emocionado muchísimo y siento puro orgullo y admiración

  3. Socorro dice:

    Bello escrito. Hermosa experiencia de vida. Contaste con tu esposo. El AMOR. El mejor sentimiento y decisión. Un abrazo y saludo

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