Dos cuentos de Arquímedes González

el

Secretos de confesión
Arquímedes González

Fui llamado a la casa de Don José María Regueños porque se encontraba en la última etapa de su vida y pronto se reuniría con nuestro Padre. Don José María Regueños era un fiel devoto católico que por décadas asistió cumplidamente a la misa de los sábados y domingos de la iglesia donde yo fui elegido para predicar la palabra del Señor.

Hacía pocos años yo había iniciado en el sacerdocio y cada día aprendía del guía espiritual de la iglesia donde Dios me había elegido para multiplicar su palabra y hablar a las familias de sus milagros. Don José María Regueños siguió llegando a la iglesia hasta hacía pocas semanas. Yo había escuchado de otros feligreses que su salud había empeorado y que se encontraba postrado en cama. Don José María Regueños sobrepasaba los setenta años. Había trabajado como comerciante y eso le había dado un respiro económico que lo agradecía apoyando a nuestra iglesia con constantes donaciones de dinero, materiales de construcción o pago de mano de obra para mejorar nuestro templo.

Don José María Regueños sólo tenía una hija. Había procreado un hijo más, pero el muchacho había muerto debido a un cáncer. A eso se sumó la desaparición de la esposa de Don José María Regueños. Ella se llamaba Concepción y por lo que supe también era muy católica, pero supongo que su fe se vio quebrantada después de la prematura muerte de su hijo y dejó de asistir a la iglesia, aunque su esposo jamás dejó de llegar… hasta hace poco.

Doña Concepción había desaparecido hacía cuarenta y dos años, siete años después del fallecimiento de su hijo. Para esa fecha, yo ni siquiera había nacido. Dicen que en ese entonces, Don José María Regueños alertó a la policía de la desaparición de su esposa. Hubo una búsqueda en el barrio y en las zonas aledañas, pero jamás se supo de ella. Solo nuestro Dios sabrá lo que se sucedió y estoy seguro que la tiene a la diestra de su trono junto a ese hijo que perdió. Don José María Regueños había tenido que enfrentar momentos muy duros y ahora debía afrontar la prueba más difícil de la vida, que era la muerte.

Yo acudí a la casa de Don José María Regueños. Ahí me esperaba su hija, Carmen. Me invitó a pasar y entré a la sala. La sala era enorme, llena de lujos y de fotos de las fiestas que se celebraban en los tiempos de gloria de la familia. En muchas de las imágenes aparecía Don José María Regueños departiendo con empresarios y personalidades locales, bailando con las damas, riéndose con los amigos de juventud… Supongo que esas fotos fueron hechas en el período posterior a la desaparición de Doña Concepción, porque sólo encontré una foto del día del casamiento de ellos.

―Muchas gracias por venir, padre Antonio.

―No tenés por qué dar las gracias, Carmen. Don José María Regueños ha ayudado mucho a nuestra iglesia y esto es apenas un pequeño gesto de agradecimiento a su entrega y la bondadosa familia que son ustedes.

Carmen me condujo al aposento. Don José María Regueños estaba acostado. Las cortinas estaban abiertas, pero aún así, el calor de la mañana me hacía transpirar. Llevé el pañuelo a mi frente y tomé la mano de Don José María Regueños.

Don José María Regueños sabía que su final estaba cerca, aunque aún no lo veía preparado para su encuentro con Dios. Me miró a los ojos con una expresión de miedo, de no querer irse del mundo. Era una expresión de dolor y de ese fuerte sentimiento de seguir apegado a la vida.

―Padre ―dijo por fin Don José María Regueños tomándome de la mano a como lo haría un niño para que su padre no lo abandonara en un camino desconocido ―quiero…

La voz de Don José María Regueños sonaba muy extraña. De seguro las flemas y los problemas respiratorios hacían que su voz se escuchara más como el gañido de un animal moribundo que como la de una persona. Traté de reconfortarlo y darle ese ánimo que los enfermos esperan de nosotros, pero estando a su lado, experimenté por primera vez lo doloroso que es para un humano el partir de la vida luego de conocer el amor, la familia, la entrega al trabajo y la bondad hacia otros. Sin embargo, la vida y la muerte son las dos grandes leyes de nuestro Señor Jesucristo y debemos respetarlas y entenderlas como la gracia dada a nosotros para que durante nuestra vida llenemos el mundo de buenas acciones.

Don José María Regueños volvió a hablar:

―Quiero… ―intentó decir.

De los ojos de Don José María Regueños se derramaron lágrimas. Carmen se acercó a secárselas. Era una escena de las más tristes y, de seguro, una de las muchas que vería en mis años futuros. Sin embargo, el amor de Carmen hacía que la agonía de Don José María Regueños fuera más llevadera. Ella le acarició la frente y el señor le dedicó una mirada agradecida.

―Quiero… ―volvió a decir. ―Quiero confesarme…

Yo miré a la hija. Carmen entendió de inmediato. Se acercó a su padre, le dio un beso en la frente y salió de la habitación. El calor había aumentado. Estábamos a finales de mayo y la temperatura era de treinta y cinco grados a la sombra.

Yo me arrodillé, coloqué mis manos juntas y comencé a rezar. Don José María Regueños había cerrado los ojos. Yo sabía que aún estaba con vida, porque escuchaba sus atropellados intentos por respirar. Terminé el rezo, tomé la mano de Don José María Regueños y me quedé esperando a que hablara.

―Mi hijo… ―comenzó ―Mi hijo… murió tan joven.
Al hablar, Don José María Regueños hacía un esfuerzo tan grande, que parecía que en cada palabra se le iba un pedazo de alma.

―Y mi mujer…

―Don José María Regueños ―le dije intentando consolarlo ―su hijo y su esposa ya se encuentran a la diestra de nuestro Señor y pronto usted se reunirá con ellos.

―No, no… ―dijo Don José María Regueños y otra vez lloró.

Yo sabía que en los últimos momentos vida, muchos creyentes perdían la fe. En las etapas más fuertes de los sufrimientos humanos, las personas se preguntan por qué Dios los hace pasar por esta dolorosa fase sin entender que esto es solo el tránsito hacia algo mejor y eterno, que es el Paraíso. Pero así como el

Señor se sacrificó por nosotros entregando su vida cuando fue crucificado, así debíamos nosotros entender el sentido de la vida y de la muerte.

―Yo no cuidé de mi hijo… ―confesó Don José María Regueños. ―Sólo mi mujer estuvo con él cuando enfermó.

Esas eran las confesiones que más dolían. Es hasta cuando alguien ya no está, que reflexionamos sobre lo poco que nos entregamos a nuestros seres queridos y ese remordimiento acompaña a los penitentes el resto de su vida.

―Usted hizo lo que pudo ―le dije.

―Y con mi mujer… ―siguió Don José María Regueños. ―Yo fui tan…

Don José María Regueños se lamentaba por la decisión de Doña Concepción, de quitarse la vida. Una acción que iba contra las leyes de la iglesia y de nuestras creencias, porque sólo Dios puede ofrecer o quitar la existencia, pero en ese momento no me atrevía a decirle que Doña Concepción en verdad no estaría a la diestra del Señor, sino en el limbo esperando hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo.

―Yo… ―quiso decir Don José María Regueños, pero se quedó atrapado en un horrible ataque de tos. Yo le pasé un poco de agua. Don José María Regueños poco a poco recuperó el semblante y me tomó la mano.

―Yo… ―empezó de nuevo Don José María Regueños. ―Yo maté a mi esposa, padre…

No supe si había escuchado bien. Tal vez en el delirio de su agonía, Don José María Regueños se echaba la culpa de sus errores y asumía la decisión de Doña Concepción, como un acto del cual él era responsable.

―Don José María Regueños, usted hizo lo que pudo por ayudar a su familia ―le repetí.

―No, yo la maté, padre…

Yo me quedé sin habla y esperando a que Don José María Regueños siguiera hablando.

―Yo no quise gastar dinero en el tratamiento médico de mi hijo porque sabía que su cáncer era irreversible. Eso… eso me causó problemas con Concepción. Ella no lograba entender mi decisión. Pero yo sabía que ni yendo a un hospital de Estados Unidos o Europa hubiéramos podido salvar a mi hijo. Con los años la relación con mi esposa fue deteriorándose hasta que una noche… una noche discutimos muy fuerte y yo, padre, yo terminé golpeándola con un martillo en la cabeza… la maté, padre. La maté sin querer y esa noche escondí su cuerpo en un contenedor que está detrás de una falsa pared del garaje de la casa.

Yo no supe cómo reaccionar. No dije absolutamente nada. Me levanté y apuradamente comencé el ritual del sacramento de la unción de los enfermos. Don José María Regueños me quedó viendo. Yo no sé qué esperaba él que yo dijera, pero yo no imaginaba qué podía decir en esta situación. Saqué el aceite bendecido y tracé la señal de la cruz en la frente de Don José María Regueños y luego en sus manos.

Nervioso, pronuncié las siguientes palabras:

―Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, ruego que el Señor le ayude Don José María Regueños con la gracia del Espíritu Santo para que, libre de sus pecados, le conceda la salvación. Amén.
Don José María Regueños extendió su mano hacia mí, pero yo me alejé y caminé hacia la puerta preguntándome qué haría con la confesión de Don José María Regueños.

Abrí la puerta. Don José María Regueños intentó decir algo, pero yo no me detuve y salí. En la sala se encontraba Carmen. Ella lloraba. Se acercó a mí y besó mi mano. Me agradeció haber llegado a darle la extremaunción a su padre. Yo no tenía más palabras. Desde ese momento mi creencia en nuestro Señor Jesucristo se derrumbaba y mis años en el sacerdocio pasaban ante mí como si no hubieran servido para nada.

En la puerta, Carmen me dijo:

―Lo que más lamenta mi padre, es la extraña desaparición de mi madre. Nunca supimos lo que pasó con ella. Jamás apareció, ni nos contactó y nadie ha sabido indicarnos su paradero. Ni siquiera la policía siguió investigando porque creyeron que mi madre se había suicidado… pero yo no lo creo. Mi madre era una mujer fuerte, padre y siempre enfrentó la vida con valentía, incluso después de la muerte de mi hermano. Por eso no creo que se hubiera suicidado…

―Hija, hay que tener fe ―le dije ―cada acción de nuestro Señor Jesucristo, es una prueba. Don José María Regueños ha sufrido mucho. Lleva mucho dolor en su corazón y yo espero que algún día se sepa la verdad sobre tu madre…

―Padre, y después de la muerte de mi papá, yo no sé qué haré…

―Seguir viviendo, hija, seguir viviendo y jamás olvidar a tu madre, porque ella está aquí… lo puedo sentir…―le dije intentando no violar el sigilo sacramental, pero ese día después de regresar a la iglesia, le conté al presbítero lo sucedido. Para las dos de la tarde me había despedido de la iglesia, de las creencias y del perdón de Dios y me fui a la delegación de la policía a denunciar lo que había escuchado de Don José María Regueños, quien expiró tres días después de ser descubierto el cuerpo de su esposa exactamente donde hacía más de cuarenta años lo había escondido después de matarla.

El androide asesino
Arquímedes González

Yo soy Robocop. Hace poco me detuvieron nueve agentes de la policía en el Callejón de la Muerte en un mercado de Managua y ahora me acusan de cortarle la cabeza a un hombre, violar a tres muchachas y cortarlas en tuquitos y machetear a una pareja de ancianos. Y es cierto. Todo es cierto. Hace pocas semanas llegué a esto que ustedes llaman el presente. Mi primera experiencia fue cortar la cabeza de ese elemento. ¡Yo no sabía que era tan difícil cortarle la cabeza a alguien! Luego mejoré mis habilidades, aunque no sé por qué mi escudo de seguridad falló y me capturaron, no sin antes partirle el brazo derecho a uno de esos agentes y dejar tuerto a otro… Mirá: Todo androide como yo, es un militar que ha sido preparado en las artes marciales, en el manejo de cuchillo, en armas, en métodos de infiltración y conducción de diferentes tipos de transporte. Para mí las sensaciones, deseos y afectos son irrelevantes, aunque tengo la capacidad de aprender de la interacción con los humanos, de mi entorno y de mis errores. Sin embargo, nada ni nadie puede cambiar ni distraer el objetivo primario de mi misión que es: Matar.
Esta envoltura de masa moscular, terminaciones nerviosas, huesos y epidermis cultivada, es capaz de sobrevivir al ataque de armas de fuego de medio y bajo calibre y puede recuperarse rápidamente al impacto físico de golpes y ataques con objetos sólidos o cortantes. Esto es un disfraz para que ustedes me acepten en su presente, pero yo podría tomar otras maneras de presentarme según las necesidades. Dentro de mí, en lo profundo de mis pupilas, hay un perfecto mecanismo especializado en matar. Por eso es que yo no voy a envejecer ni voy a morirme y si me matan, no me matarán por completo porque volveré, siempre voy a volver…

A mí me creó un sistema del futuro que todavía no puedo alcanzar a ver, porque no he completado ni la mitad de la misión que me envió a hacer. Mi misión primaria y primordial, es matar. No sé a quiénes ni por qué, porque eso está definido dentro de mi programa. Yo no decido de antemano matar a una mujer, a un niño o a un hombre, o a un viejo, es el sistema que tengo programado dentro de mi cabeza el que en el momento en que yo me encuentro con ese ser, se activa y me ordena eliminarlo.

Hasta ahora yo he descubierto que puedo imitar la voz de personas con las que he tenido algún contacto físico y también puedo hablar a la perfección trece idiomas: Español, inglés, francés, alemán, chino, japonés, ruso, árabe, sueco, portugués, italiano, arameo y griego. Hablo en código, hablo el idioma de los muertos, hablo con las paredes, hablo con los animales y así me comunico en este y otros países con los otros miembros de la Sombra Negra, la organización que yo encabezo y que tiene presencia en muchos otros lugares porque esta operación es de alcance global, un trabajo considerado por ustedes en este presente absurdo, como el de un vil y solitario asesino en serie, como un loco violador o un desalmado, pero es una profesión en la que los miembros de la Sombra Negra estamos involucrados y enfocados en cumplir la misión que nos fue encomendada.

Luego que salga de esta celda, continuaré con mi misión porque eso fue lo que me encomendó el sistema que me envió a su presente y para eso fui ensamblado y programado. Y si en este presente me exterminan, no importa, porque el sistema que me envió desde el futuro, volverá a ensamblarme, volverá a programarme y volverá a enviarme, porque yo soy Robocop, el indestructible, el líder de la Sombra Negra.

Arquímedes González.
Nació en Managua en 1972,  es un periodista y escritor nicaragüense. Ha publicado: La muerte de Acuario en el 2002 y reimpresa en el 2005, Qué sola estás Maité en el 2007, Tengo un mal presentimiento y la novela corta Conduciendo a la salvaje Mercedes en el 2009, El Fabuloso Blackwell en el 2010, la novela Dos hombres y una pierna en el 2012, 2014 y 2015, en el 2013 el libro de relatos Clases de natación, en la editorial Ediciones Irreverentes de España y Tengo un mal presentimiento (Segunda edición) 2016. Ganador del Premio Centroamericano de Novela Rogelio Sinán 2012 y del II Premio Centroamericano de Novela Corta de Honduras en agosto del 2010, también ha recibido varias menciones por su narrativa.

Obra de Sascha Schneider, uno de los primeros en pintar hombres desnudos con intención erótica.

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