Los dramas secretos en una novela de Justo Arroyo

Javier Alvarado|

La patria es el recuerdo escribió Ricardo Miró a inicios de la República. Lo hizo lejos de esa tierra estrecha con palmeras y dos mares por la cual habría también de escribir su tía Amelia Denis de Icaza su poema Al Cerro Ancón.

Después han venido otros grandes poetas para Panamá y esto ha sido la perdición para Pedro Regalado, quien ayudó en el juicio y fue testigo junto a Antonia, su esposa, del ahorcamiento de Pedro Prestán. Y parece ser que la alargada y penitente sombra del ahorcado habría de alcanzar a Pedro Regalado y a su estirpe.

Justo Arroyo, sin lugar a dudas, el más grande narrador panameño vivo, con un indiscutible talento y conocedor de las técnicas narrativas, posee una gran gama de libros de novelas y cuentos soberbios.

Dejando atrás al hombre de celofán y los diálogos de la desnudez entre narradores y lectores, Capricornio en gris y las historias de pareja, Rostros como manchas y una realidad que asfixia a sus personajes hasta desdibujarlos o Héroes a medio tiempo, Para terminar diciembre o Réquiem por un duende, donde los personajes se impregnan de extrañas cotidianidades con situaciones memorables al igual que sus extraordinarias novelas Semana sin Viernes, Otra Luz y Lucio Dante resucita, desde la pluma del gran prosista colonense.

La costa atlántica, la tierra por la cual murió Pedro Prestán y en la cual se desenvolvió la frustrante vida de Pedro Regalado, que nunca aceptó del todo, la separación de Panamá de Colombia, nos dio a Justo Arroyo.

No sólo en poesía Panamá ha estado perdido para Pedro Regalado, sino en sus prosistas: Ramón H. Jurado, Rogelio Sinán, Joaquín Beleño, Rafael Pernett y Morales, César Candanedo, Pedro Rivera, Dimas Lidio Pitti, Giovanna Benedetti, Moravia Ochoa, Bertalicia Peralta, Enrique Chuez, Tristán Solarte, José María Sánchez y Rogelio Guerra Ávila.

La obra toma como referente la figura de Pedro Prestán. El primer capítulo inicia con su ajusticiamiento y luego habrá referencias sobre él a lo largo de la obra y hasta en uno de los personajes que no forma parte de la familia de los Regalado, hasta contraer matrimonio con una de las hijas, pero que previamente vivía obsesionado con la figura histórica, hasta el extremo de vivir con la paranoia de morir ahorcado y recordar el patético ataúd y las fotografías dantescas de ese hecho que llevó a la horca, a un político que se declaró inocente hasta el último momento de no provocar el incendio de la ciudad de Colón y que en vista de que se le condenaba injustamente, lanzó la maldición que ha hecho eco en la historia panameña y es la sucesión de periódicos incendios en la urbe colonense.

Pedro Regalado es un colombiano rubio de ojos azules que se casa con una mujer negra, colombiana también, de nombre Antonia, desafiando algunas posturas raciales de la época y la novela transcurre en el relato de sucesivos embarazos y alumbramientos de mujeres y de diversas generaciones de los Regalado.

Las tres hijas de Pedro y Antonia Regalado guardan unas historias definidas por colores. La fea y la cuadrada Martina, hosca y sin gracia alguna, de fuerza desmedida es la hija del cielo negro, desposada a su suerte por un rufián y termina muriendo de parto.

Nicolasa la segunda hija la define el cielo gris, con una personalidad difusa que termina casándose con un músico y tomando las riendas de la familia al final de la obra y Aminta, el sueño genético realizado de Pedro Regalado, el cielo azul, la niña de piel blanca y ojos azules, que termina casándose con Gaspar Rudas, el maestro que vive obesionado con Prestán, y que termina desvariando y clavándole un cuchillo a su marido, para finalmente sucumbir entre coloquios fantasmales y alucinaciones con una realidad paralela a la de los demás.

Vida que olvida es una saga lejos de mostrarnos una armonía familiar, más bien es una historia que aflora los vericuetos y lados más oscuros y trastornados de la condición humana.

Una novela profundamente psicológica. Pedro Regalado vive con la frustración de la separación de Panamá de Colombia, a tal punto, que siempre concibió el asesinato de los presidentes Manuel Amador Guerrero y Teodoro Roosevelt. Antonia, pierde toda su belleza y sólo a ratos volverá la felicidad conyugal y son frustrantes las historias de sus hijas: la fea Martina, la gris Nicolasa y la bella Aminta, que termina en el delirio de la muerte. Cada una de las hijas de alguna forma carga una frustración proveniente de su progenitor.

Martina siempre cargará con el rechazo de su padre y el poco cuidado de su madre y su hijo Esteban, cargará con este designio, cuando fácilmente es devuelto a Rosendo, su padre, el cual provocó la muerte de su madre golpeándola horas antes del parto y aunque su abuelo, Pedro Regalado, lo persiguió después en un magistral capítulo de la novela con su revólver para matarlo, ambientado en la procesión del Cristo Negro de Portobelo.

Nicolasa, a pesar de estar desdibujada, es la única que finalmente produce, el hijo de ojos azules que siempre esperaron y Aminta, bella y realizada, jamás pudo equilibrar su condición de mujer desde sus primeras menstruaciones hasta sentirse insatisfecha en su noche de bodas y en el resto de su vida matrimonial.

Hay muchos traumas y condiciones psicológicas que detonan situaciones adversas en la trama. Sartre sostenía “que el infierno son los otros” y así como los personajes de Chejov, la agonía y las erupciones se llevaban por dentro, la pluma magistral de Justo Arroyo combina esta pequeña epopeya familiar con trazos de la historia panameña y universal del siglo XIX y del siglo XX.

Vida que olvida es una novela inquietante en el quehacer de Justo Arroyo. Sus personajes son desesperantes y patéticos; el encuentro del marido de Aminta, Gaspar Rudas y su hijo Gasparcito, por casualidad con la familia Regalado bajo un odio incipiente resulta sarcástico y hasta en el último momento, donde Pedro Regalado se tira a jugar con su nieto Pedro, en el Cementerio de Monte Esperanza, en Colón, donde recrearán una especie de picnic con la muerte entre las lomas, llenas de seres perdidos y de sus dos hijas, Martina y Aminta, donde se descomponen en la tierra, muy en el fondo, de Panamá, con raíces perdidas y dispersas, aunque brote entre ellas, un pequeño árbol de mango, es de una desesperanza absoluta.

La lectura de esta novela, en este Domingo de Ramos, en Nicaragua, me hace volver a un narrador de mi tierra, en el cual me regocijo ante su lectura, esperando que sea leído internacionalmente y ocupando el lugar que se merece en las letras hispanoamericanas, de un Panamá, que tiene en él a un máximo prosista, fijando una identidad y literatura panameñamente sólidas, para el pesar monumental de su personaje, Pedro Regalado.

Justo Arroyo. Vida que olvida, Editorial Alfaguara. 2002. Págs. 254

“Aunque a pesar de su rechazo por todo lo que lo distanciara a Panamá de Colombia, tenía que reconocer que el nuevo país había producido un gran poeta en Ricardo Miró.  Un poema en especial, Patria, definía con precisión a la naciente República y los panameños lo recitaban con los ojos humedecidos.  Pedro Regalado se decía que con dos poetas más como éste Panamá estaría perdida para siempre.  Un verso, sobre todo, le quitaba el sueño, y era el que decía La patria es el recuerdo.” Justo Arroyo.

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