Samuel Trigueros Espino: “El eco de la soledad vibra bajo los discursos”

CONFESO
SAMUEL TRIGUEROS ESPINO

Yo sé que la verdad del corazón
no me la dices.
Yo tampoco te la digo.
Ambos jugamos
este juego de sombra y seducción,
de ocultamientos;
ambos inventamos estrellas
para esconder del otro sus escorias.

Somos felices,
tragando en cada beso
la esencia del pantano,
creyendo que al entrar
uno en el otro
entramos
al reencontrado paraíso.

A FRONTE PRAECIPITIUM
A TERGO LUPI

Entro a la noche de tu mudez, de tu desnuda negación, donde la abeja deposita un polen de tinieblas para el devocionario de la ausencia.
Entro a la noche, a su bajel calafateado en que las moscas celebran funeral perpetuo para la utopía.
Entro a la noche, a pesar del delirio de las horas que penetraron en luminosas cuchilladas hasta la médula de la necesidad y del deseo.
Entro a la noche. Soy el astronauta desolado, el pastor de las constelaciones cuya frontera está en las líneas de tu mano.
Entro a escribir una epístola imprecante al guardagujas incorruptible de la muerte.
Entro a la noche a bendecir con mi traje de llamas la indómita floresta del cierzo.
Entro a la noche como a los intestinos del cadáver sepultado en el corazón secreto de tu patio.
Hago girar tu nombre en sílabas y entro al abismo con mi lámpara de quásar. Estoy cauterizando el aire que dejó el censor de los abrazos. Te voy a perforar la piel con luz, como un huésped que transparenta con palabras las paredes del misterio.
Afuera arde la cisterna de las horas y en nuestro pecho brilla, incesante, la anunciación de la mañana.

TE HABLO DESDE LA SOBERANÍA
SAMUEL TRIGUEROS ESPINO

de un grito que antes fue una cadenita de suspiros, un rosario de gemidos inútiles, apenas válidos para quitar del pecho un poco de presión insana.

Te hablo desde el segundo cósmico de mi existencia sobre la tierra yerma.
Escúchame. Acaso no sea tan profundo el abismo que han levantado entre nosotros; tal vez haya un mal cálculo en la suma de distancias desde los puertos de tus mercaderes a los arrecifes de mi sueño.

Han lanzado sondas, sputniks y voyagers, cohetes con letras cirílicas para investigar si es posible, todavía, unir la órbita mecánica de tu corazón con la olorosa almendra que llevo en el costado.

El eco de la soledad vibra bajo los discursos de los que anuncian un nuevo orden construido sobre los viejos cimientos carcomidos. No los escuches.
El eco de la soledad es un señor cetrino que cruza un hall interminable con dos cubos de hielo en la bandeja plateada de la tarde.

Por eso insisto en que me escuches, que salgas de tu cáscara insonora y me escuches.

Vuelve tus ojos hacia las estrellas moribundas de mi barrio, desde donde surge mi voz, y enternécete por un segundo.

Sólo entonces se encenderá el geranio que hace un siglo coloqué en tu mano; y la muerte, incinerados sus pezones, se irá en silencio a amamantar su olvido.

LA CORZA BLANCA
SAMUEL TRIGUEROS ESPINO

Vuelve las páginas. Remueve, desdichado.
En alguna parte ha de estar oculto el diamante,
el tesoro escondido. No puede ser que no.
Vassilis Vassilikos

Toda la tarde he buscado
Esas palabras
Yendo y viniendo por el libro
Extraviado
En su bosque de susurros.

Ayer también lo hice
Y el sueño al final del día
Tuvo un penetrante olor
A estafa.
Vago entre las páginas
Sediento de sorpresa
Anhelante de misterio y maravilla
Mas todo es burdo
Simple y ordinario:
Correctas construcciones
Sólida imaginería sin alma.

Hago correr las páginas
Veloces como cartas
De una baraja incompleta
Fugaces vagones llenos de fantasmas.
No aparece.
¿Realmente
Existe ese poema?

PIGS

SAMUEL TRIGUEROS ESPINO

“He visto amigos que Circe volvió cerdos. Su rueda, su diamante.
Los cerdos no saben mis abrigos, mercenarios de las sombras”
Edilberto Cardona Bulnes

He degollado cerdos, pero Circe insiste en multiplicarlos. Ellos eran los mercenarios de la educación, los mercenarios del arte, los mercenarios de las relaciones públicas, los mercenarios de la publicidad y del mercado; ellos eran los mercenarios de la poesía: hacían tornillos, amistades, versos; se ponían trajes y aretes, asistían al gimnasio de la conveniencia, pesaban clavos y cemento en la balanza chueca de la voracidad; dejaban tras de sí un perfume exquisito bajo cuya alfombra yacían los cadáveres. He degollado cerdos que Circe resucita y los emplea en la administración de los nuevos paraísos artificiales, en la distribución de miasma. Collares de ajo dio Circe al empleado del mes, palmaditas en el ego, interminables fricciones en la comisura del glande por donde un líquido salía y quemaba el orbe. Oigo las gárgaras de mis cerdos degollados, continuamente suturados, sanados con emplastos de hipocresía, con bálsamos de lujuria destilados de la bombilla roja. Eran, medianamente, revolucionarios: tenían todos camisetas rojas, volúmenes incunables de El Capital; todos se habían tragado las ochenta y siete horas de “The cure of insomnia” y en sus cabezas brillaba la mitra del mercado. A veces –sobre todo contra la melancólica luz de los atardeceres- sufrían ataques terribles de ternura, conceptual y metódica. Entonces era fácil verlos de puntillas evitando masacrar a las hormigas o extinguir los geranios. Expertos en hacer la ola a espaldas del corazón de los océanos, ellos, ellos, domesticaron el ardor, taponaron con eslóganes los cráteres humeantes, pusieron válvulas finísimas a la protesta, aceleraron el motor de la pubertad; apuñalaron el misterio con Comisiones de la Verdad, empalaron a los juristas, fundaron la oenegé del asco, ellos, ellos, los cerdos que degollé entre líneas, los cerdos, los bohemios de ojos glaucos que derramaron espejismos entre los barrotes de mi celda, los cerdos que doraron la concupiscencia de los diplomas y la diplomacia, los cerdos que cantaron engolados con radiofónica voz en mi funeral, los cerdos que reclamaron derecho de pernada en mis bodas con la eternidad, los cerdos que patrocinaron mi tristeza para ver el anuncio de mi desesperación, los cerdos, los cerdos, los cerdos, ciertos amigos, cerdos a los que degollé sin saberlo, hasta ahora que los he perdido y veo devorar los manzanos maduros que caen como galaxias rojas del árbol que alimenté con paciencia y con el resplandor de mis huesos.

Poemas del libro EXHUMACIONES
(Ediciones Nautilus, Tegucigalpa, HONDURAS, 2014)

SAMUEL TRIGUEROS ESPINO
Poeta, narrador, ensayista, pintor. Su obra ha sido premiada, publicada y reseñada en su país y en el extranjero, incluso en la antología “La herida en el sol. Poesía Contemporánea Centroamericana” (Universidad Nacional Autónoma de México-UNAM. 2008). Editor de textos, ilustrador, productor de publicaciones impresas y sistematizador en proyectos de desarrollo. Ha representado a Honduras en festivales de poesía en América y el Caribe. Entre sus libros están: El trapecista de adobe y neón (narrativa, poesía, ilustración), Animal de ritos (poesía), Antes de la explosión (poesía), Me iré nunca (narrativa), Exhumaciones (poesía) y Una despedida (novela breve).

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