Un manto oscuro, que lo cubre todo

Manuel Vicente Henríquez B.

I

―Estoy embarazada, ―fueron las palabras de Lucía.
Víctor arqueó las cejas y, por unos segundos, dudó de lo que había escuchado. Pero al ver la expresión grave en su rostro, supo que no mentía.
―Estás segura, ―alcanzó a preguntar.
―Bueno, segura, segura no, pero es que ya tengo veinte días que no me baja y yo para eso soy un relojito.
Él no lo había comprobado personalmente, pero sí ya le había escuchado en otras ocasiones decir que su periodo era como “un relojito”. Cuando años atrás intentó conquistarla, le había dicho que si se daba algo entre ellos, él tendría que protegerse, pues temía quedar embarazada y ella no estaba para complicaciones. De todo eso se acordó Víctor al ver a su amiga vencida por la incertidumbre.
―Y qué has pensado hacer.
―Pues no lo sé, por eso te lo he dicho a vos. Nadie más sabe y solo pensé en recurrir a vos, ya que tenés más experiencia en esto.
Es cierto que él era mayor que ella, mucho mayor, pero de eso a que tuviera “más experiencia”, se le hacía una exageración. Sin embargo, no era el momento para discutir esas cosas.
―Bueno, hay que pensar ―dijo mientras se rascaba la cabeza―. Creo que lo primero, para salir de dudas, es que te hagás una prueba rápida, de esas que venden en las farmacias.
―¿Vos creés?
―Claro, mujer. Así ya te hacés una idea de si estás embarazada o no. Así salís de tu duda.
―Es que tengo miedo ―dijo ella bajando la cabeza.
Y cómo no tenerlo: diecinueve años, iniciando una carrera de medicina, la menor de su familia. Un hijo venía a trastocar todo.
Preguntó lo que no quería:
―Y cómo pasó. ¿Con quién te metiste en esto?
―Ay, Victor, fue en la fiesta de mi hermano, te acordás que te conté. Y, bueno, fue con un amigo de él. Y no fue porque estuviera tomada ni cosa que se parezca. Fue totalmente consciente, yo lo deseé. Pero le dije que no fuera a terminar adentro y el muy bruto no se contuvo.
Mientras la oía, Víctor no pudo dejar de sentir cierta envidia. Lo que puede lograr la juventud. Casi le rogó a Lucía por una oportunidad, cuántas veces estuvo a su lado, acompañándola, siendo su apoyo, con tal que ella viera en él una persona con quien se podía intentar algo. Pero no, vino a acostarse con un muchacho inexperto, que ni siquiera podía controlar sus urgencias eyaculatorias.

Salieron de la farmacia, con la prueba en una bolsita blanca.
―¿Dónde me la hago? ―preguntó Lucía.
―Dejáme ver, tiene que ser un lugar donde no haya problema que lleguemos ―dijo mientras pensaba a quién podía acudir.
―¡Listo! Ya sé dónde podemos ir.
Hizo una llamada, explicó la situación y aseguró que sería cuestión de minutos.
―¿Dónde es aquí? ―preguntó extrañada Lucía.
―No te preocupés ―dijo Víctor―, es la oficina donde trabaja una amiga que nos ayudará.
―Y aquí…
―Ya te dije que no te preocupés ―la interrumpió.
En esa oficina trabajaba Elizabeth, un antiguo romance que tuvo Víctor, hace ya algunos años, y con quien a pesar de ya no tener ningún contacto físico, mantenía una buena amistad.
―Lucía, te presento a Elizabeth.
―Mucho gusto ―dijo la amiga y le estrechó la mano.
―Igualmente ―respondió Lucía, apenada.
―No te preocupés, ya me explicó Víctor la situación. Podés pasar a este baño y ahí te hacés la prueba. ¿Ya leíste las instrucciones?
―Sí.
―Bueno, vos tranquila, tomate tu tiempo y acá te esperamos nosotros.
Lucía entró al baño casi arrastrando los pies. No quería que sus temores fueran reales. Elizabeth le sonrió.
Una vez entró al baño, volteó hacia Víctor, seria.
―¿Es tuyo? ―preguntó.
―Nooo, vos, cómo crees ―respondió de inmediato.
―¿Estás seguro? ―volvió a preguntar.
―Claro, mujer.
―Entonces, ¿por qué la estás ayudando?
¿Por qué la estaba ayudando? Realmente no sabía por qué lo estaba haciendo, pero sentía la necesidad de hacerlo.
―Bueno, porque es mi amiga y le veo preocupada ―respondió al fin.
―Ay, Victor ―le reprochó―, vos ayudándole a tus amigas y ni podés con tus huevos.
Y era cierto, él tenía sus propios problemas y vaya que eran problemas, pensó, pero no podía dejar desamparada a Lucía.
Lucía salió del baño con la prueba en la mano y se la mostró a Elizabeth.
―La prueba tiene tres opciones: Positivo, negativo e indeterminado ―leyó Elizabeth―. Y según esto, la prueba da un resultado indeterminado.
―Eso quiere decir que no estoy embarazada ―dijo Lucía.
―O que sí lo estás ―respondió Elizabeth. ―Lo siento, mi niña, pero creo que tendrás que hacerte una prueba de sangre. Con ella sí saldrás completamente de dudas.
―Está bien ―respondió resignada Lucía―, le agradezco mucho su ayuda.
―Gracías ―le dijo Víctor a su amiga, a manera de despedida―, te debo una.

II

―Sí estoy embarazada ―dijo Lucía a Víctor y le extendió la prueba de embarazo.

“Resultado: Positivo”.

Lucía lo abrazó y comenzó a llorar sobre su pecho. Él no sabía qué decirle. Estaba en una situación que no dominaba. En otro momento, esa noticia le hubiera causado una inmensa alegría, pero ahora era distinto. La aparición de una nueva vida le causaba un gran desconcierto. No sabía qué decirle.
―Y qué has pensado hacer.
En ese momento, Lucía lo vio, se secó las lágrimas y dijo con determinación:
―No pienso tener ese bebé.
Víctor sintió una corriente fría que le recorrió todo el espinazo. Había considerado la posibilidad de que ella dijera eso, pero una tenue esperanza le animaba a pensar que su amiga no diría esas palabras.
―Vas a abortar, pues.
―Sí, estoy decidida.
La respuesta no daba oportunidad a dudas. En sus ojos se veía la decisión de quien sabe que no tiene otra elección. Eso sorprendió mucho a Víctor. La actitud de ella, su convicción.
―¿Le vas a informar al tipo?
―¿Para qué? Ese imbécil no tiene ni idea de todo lo que me está pasando, así que no tiene sentido; igual, un favor le estoy haciendo. Nunca va a saber nada.
―Bueno si ya lo tenés decidido, nada puedo hacer yo para cambiar tu opinión ―explicó despacio―. Yo te dije que te iba a ayudar y me sostengo. Ahora lo que tenemos que hacer es ver cómo arreglamos esta situación. Andate para tu casa, te secás las lágrimas y llegá tranquila, qué no se sepa que has llorado. Yo haré unas llamadas.
Ella lo abrazó de nuevo, le dio un beso en la mejilla y le dijo: “Gracias”.
Realmente no sabía cómo era capaz de todo eso. Se sorprendía de él mismo, de pasar a hablar de “vos” a “nosotros”; sin darse cuenta, había hecho propio el problema de su amiga. Y no se explicaba por qué, solo sentía que debía ayudarla.
Hizo las averiguaciones y concluyó que no sería prudente que ella fuera a una de esas clínicas clandestinas que había en la ciudad. Sabía de lo peligrosas que eran, sabía de casos que terminaron realmente mal y no quería eso para Lucía.
Hablando con personas entendió cuán difícil era ese proceso. Pensó que, como uno no anda en esas cosas, desconoce todo. Como nunca se le había ocurrido hacer algo así, no sabía a quién recurrir.
Cuando creyó que irremediablemente tendría que llevar a Lucía a una clínica de esas, recordó a Marcela. Ella había sido una antigua compañera de trabajo y, cómo no, también su amante y le había contado que en una ocasión se había visto en la necesidad de interrumpir un embarazo no deseado. Supo que ella era la persona a la que tenía que buscar.

III

―Cuánto tiene de atraso ―preguntó Marcela.
―Veinte días ―respondió.
―Hhmm ―dijo ella, mientras escribía en un papel unos números que a Víctor le parecieron cuentas―. Ya en veinte días hay cigoto.
Él no entendía mucho de eso, por lo mismo no emitió palabra alguna.
―Hhhmm, entonces sí ―dijo Marcela, mientras arrancaba otra hoja de papel y comenzaba a escribir―, hay que actuar ya. Mirá papito, te vas a la farmacia Duval, que está acá cerca, ¿ya la conocés? Y ahí pedís un blister de Cytotec. CY-TO-TEC, aquí te lo estoy deletreando. Son cuatro pastillas. Estas píldoras impiden que el embrión se implante en el útero. Provocan contracciones y hemorragias, consiguiendo que el producto, finalmente, sea expulsado en un periodo de dos o tres días.
Marcela hablaba como una experta, como alguien que sí sabe de lo que está hablando.
―Pero como estas pastillas solo las venden con prescripción médica, antes te vas a ir donde un mi volado que es médico gastroenterólogo y él te dará una receta porque vos tenés problemas gástricos y eso les presentás. Yo ya hablé con él y está al tanto de todo.
Víctor estaba estupefacto, nunca se hubiera imaginado que Marcela supiera de todo eso y que dominara tan bien el tema.
―Vaya, una vez tengás las pastillas, fijate bien lo que hay que hacer, porque vos le vas a explicar a la niña cómo las tiene que usar.
―Okay.
―Una pastilla debe ingerirla y las otras tres debe introducirlas en la vagina. Y esperar a que inicie el sangrado. Decile que va a sentir como cuando le baja la regla, pero luego el sangrado va a aumentar, obvio, pues el bichito se le está viniendo. Decile que repose, que no salga a ningún lado, que se declare enferma, hasta que pasen los tres días. Luego de eso, ya, asunto arreglado. Decile que no se preocupe, que con esas pastillas va a salir bien del problema. Si lo sabré yo. ¡Jajajaja!
Y soltó una risotada. Víctor le agradeció su ayuda y se fue inmediatamente a buscar las pastillas.

Luego de hablar con el médico, Víctor entró a la farmacia. Se sentía raro, un tanto paranoico, como si alguien lo estuviera siguiendo o viendo. Se acercó al dependiente:
―Buenas tardes, disculpe caballero, quería ver si me podía vender un blister de Cytotec.
El dependiente se le quedó viendo con ojos inquisitivos. Él se sintió avergonzado. Su mirada le gritaba “Sé para qué las quiere”. En ese momento sacó la receta y se la dio.
―Es que fíjese que mi papá está con serios problemas estomacales y eso es lo que le recetó el médico.
Aún después de la explicación, el dependiente lo siguió viendo con desconfianza. Y él se sentía turbado, sentía como si supiera quién fuera él, a quién estaba ayudando y para qué. Cuando le dio las pastillas, pagó y se fue en busca de Lucía.
Le dio las pastillas y le explicó las indicaciones como lo había hecho Marcela. Le dijo que le avisara cualquier cosa, que él estaría al pendiente. Se abrazaron y se dijeron que todo iba a salir bien. Se despidieron.

El tráfico, a esa hora de la tarde, era nutrido. Largas hileras de carros rodaban por todas las calles. A Víctor le pareció que todos los automovilistas de la ciudad habían decidido salir al mismo tiempo. En el camino, se puso a pensar en Lucía, en cómo la había conocido, en cómo lo había deslumbrado con esa “belleza rara” como él se lo había dicho. Y sintió rabia por lo que le estaba pasando. Sintió rabia por Lucía, porque nunca se dio cuenta de lo que él era capaz de hacer por ella. Pero ya no podía hacer más nada. En el fondo sabía que la suerte estaba echada y él iba a tener la paga por sus acciones. Y por un momento se puso a pensar en ese bebé. En ese bebe que ya no iba a nacer, pues la muerte llegaría, como un manto oscuro, que lo cubre todo. No quiso pensar más.

IV

Víctor, acostado en su cama, lee una novela. A su lado, su esposa mira la televisión. El tono de mensaje suena en su celular. Tiene una notificación que dice:

“Ya comencé a sangrar”.

Apaga el teléfono, lo pone en su mesa de noche, trata de no mostrarse contrariado y se voltea para abrazar a su esposa, para acariciar su barriga, grande y prominente, de ocho meses de embarazo.

Del libro de cuentos “Una pequeña dosis de ternura”. Manuel Vicente Henríquez B. Índole Editores, junio 2017.

El libro está disponible en EL SALVADOR en los siguientes lugares: En la Tienda del Museo de Arte de El Salvador (MARTE), Librería de la UCA, Clásicos Roxil y los Tacos de Paco.

 

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