El aperreamiento. Un cuento de Roberto Carlos Pérez

El 16 de junio de 1528, cuando Pedro Arias Dávila era gobernador de la provincia de Nicaragua, dieciocho caciques fueron obligados a luchar contra feroces perros de asalto. Todos murieron. A este método de tortura le llamaban el «aperreamiento».

Roberto Carlos Pérez

Sus padres lo trajeron al mundo con brillo de buena estrella. Los dioses así lo habían dispuesto y los alfaquíes confirmaron la sentencia: «Será rey y su reino será uno de justicia y derecho». De justicia y derecho, pensó, mientras los perros se abalanzaban sobre él y la piel se le deshacía en sanguinolentos guiñapos. La sangre corría y se perdía en el barro que las pezuñas de los animales rasgaban hasta mullirlo. Los perros ladraban con fuerza y la víctima, que en su juventud había soñado con terminar sus días en apacible vejez, supo entonces que no llegaría a ver la gloria de su reinado.

En la plaza los hombres reían con estruendo. Todos se reunieron para presenciar el combate, echar suertes y ver a los perros devorar a su presa. La turba aplaudía mientras la víctima recordaba. Por cada mordisco, una imagen; por cada aplauso, un recuerdo. El aperreamiento tenía sus leyes y él sabía lo que vendría después. Era mejor no pensar en ello y olvidar para que el sufrimiento y el dolor no doblegaran su espíritu.

Su gente había desaparecido. Los dioses no respondían a sus súplicas. De nada servían sus quejas ni los años en los que había luchado por la felicidad de su pueblo; tampoco servía su inquebrantable deseo de ver a todas las tribus unidas. Buscó en el fondo del alma tratando de encontrar explicación a lo que ahora le sucedía. Pensó que las risas eran un espejismo y los aplausos muestras infieles de los motivos humanos, porque los hombres barbados y sus perros eran seres extrínsecos a la naturaleza del mundo.

Nadie antes los había visto. Nadie nunca los había conocido, y de no ser por una bandada de alcatraces que un día apareció en el lago llevando en sus picos granos desconocidos, todo seguiría igual que antes. Él gobernando a su gente y su gente trabajando en armoniosa prosperidad, aunque con los mismos problemas y las mismas trifulcas. Pero solos ellos y juntos ellos, y no forzados a luchar con los heraldos del mal. Porque él, rey de reyes, había sido destinado a gobernar con rectitud y a perpetuar su casta en un reinado compuesto por tribunales de justicia y un concilio de viejos eruditos, cuya sabiduría sería recordada por los siglos venideros. Por algo los dioses lo habían elegido y le habían puesto por nombre Diriá, que significa guerrero, hombre dispuesto a la lucha, y de sus labios brotaban las palabras que ellos mismos concebían, mientras que de su flauta manaba la reconciliación.

Sin embargo todo era inútil en aquel momento. Los perros intensificaban el combate ante el efluvio de sangre. El báculo que los estatutos del aperreamiento otorgaban a la víctima para defenderse de los mastines era apenas una perfidia de la misericordia, una falsa apología a las debilidades del corazón, pues las bestias, amaestradas a la luz de un sadismo refinado, eran víctimas del ayuno y el encierro. Después las liberaban para un enfrentamiento en el que no prodigaban furia sino hambre. Un hambre anunciada en bandos altisonantes y redoble de tambores que congregaban a todos en la plaza, asegurándoles la diversión más exclusiva y esperada en el hastío de aquellos años.

Era el aperreamiento un cúmulo de solemnidades destinadas a apaciguar los desvaríos del alma. Al ajusticiado se le llevaba a su destino final, lanzándolo a la primera jauría, la cual lo debilitaba, y después a la segunda, la más hambrienta, que dejaba su cuerpo destrozado. La carroña era expuesta para escarmiento de los demás y Diriá lo sabía. Sabía que su cuerpo, hecho para vivir la gloria de la incorruptibilidad, no vería la deshonra de la putrefacción pues acabaría como un despojo, un pedazo de carne más, un desperdicio de huesos mal roídos. Sus otros diecisiete compañeros correrían la misma suerte.

En pocos minutos todo llegaría a su fin. Después vendría la calma y algunos mastines insatisfechos escarbarían buscando algún orificio encubierto. Los hombres barbados se dispersarían dejando las risas y los aplausos perdidos en el silencio. Los zopilotes aprovecharían para saciar su hambre crepuscular y todo volvería a ser como antes. Aunque sin él, sin su arco y su flecha. Y su gente quedaría a expensas de seres inescrutables cuya grandeza no era otra que lanzarse con los ojos cerrados al barranco de la codicia. Fue entonces cuando pensó en el honor de tal muerte, lo único que le quedaría a su pueblo. Y levantó la cabeza hacia el cielo cuando los animales alcanzaron sus miembros. El báculo desapareció en las fauces de cuatro mastines cenizos, marcados cada uno con una estrella en la frente. Las manos, al igual que los pies, se le convirtieron en extremidades deformes que se negaban a obedecerlo.

Tambaleó. Los perros abrieron sus entrañas en incisiones profundas que dejaron al descubierto las vísceras, mientras la tensión crecía en la plaza. El combate había alcanzado el mayor apogeo cuando su enorme estructura inició el desplome. Los hombres barbados gritaban enardecidos y los mastines, azuzados por la inminencia de la victoria, reforzaban el ataque.

Era el final. El dolor había sucumbido y en su lugar aparecía un apremiante sentimiento de nostalgia. Y mientras se derrumbaba y los mastines trataban de alcanzarle frenéticamente el rostro, tuvo la certeza de que la muerte no sería una desgracia si no estuviera acompañada por un descomunal descontento que anegaba el corazón de despecho. Y lloró por su gente. Lloró por los años que la vida le quedaría debiendo, por el dolor de su pueblo y la convicción de saber que el sueño tanto tiempo anhelado quedaba deshecho en la plaza, en las risas y en los gritos de esos hombres cuya llegada los alcatraces habían anunciado años atrás.

El momento más decisivo del encuentro lo sorprendió pensando que el triunfo de la muerte no era otro sino dar su golpe de gracia en las circunstancias menos indicadas. Que tanta lucha no valía un suspiro si al final todo se venía abajo. Pues la desazón de saber que no podría contar su historia, la historia de su pueblo, era aún mayor que el dolor de los mordiscos que recibía. Su pueblo ya no sería suyo sino el reinventado en la memoria de otros hombres.

Y cuando los perros iniciaron la última acometida, mordiendo sus despojos y oliendo muy de cerca a la muerte, los hombres barbados escucharon una voz potente que salió del fondo mismo de la tierra, y vieron a Diriá incorporarse entre los perros y levantar los brazos en señal de resistencia. Así los sostuvo por largo rato, hasta que el hambre y la furia canina lo derribaron de nuevo y los primeros zopilotes comenzaron a bajar atraídos por el silencio.

Fotografía de portada: Códice en Coyoacán.  Aperreamiento. Biblioteca Nacional de Francia, Siglo XVI.

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Un comentario Agrega el tuyo

  1. Teresa Campos dice:

    Bello y desgarrante.

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