MAGDALENA CAMARGO: “He soñado con esa ciudad que solo aparece si se nombra”

LA DONCELLA SIN MANOS
MAGDALENA CAMARGO LEMIESZEK

Padre, aquí están mis manos.
Yacen sobre la hierba, inertes,
como si no hubiesen conocido movimiento.
Como si nunca hubiesen estado unidas a mi cuerpo,
nacido conmigo, sostenido una piedra
y aplastado, con esa misma piedra, los caracoles del jardín,
o dibujado figuras en la nieve
cuando mi boca no había conocido todavía las palabras.

Ya no las reconozco.
Podría decir, incluso, que nunca fueron mías.

Ahora se hace tarde. El sol se oculta
del lado opuesto al acostumbrado,
no busca la montaña.
Se dirige lentamente al bosque,
dejándose caer sobre las ramas,
y la tierra tiembla
porque las raíces se agitan con violencia,
presintiendo la música del incendio,
la imagen del bosque encendido como una hoguera que brilla para nadie,
y el fuego danzando como el oficiante de un rito
cuya cadencia alguna vez conocimos,
pero ya hemos olvidado.

Y sin que una sola hoja arda
el sol se hunde hasta posarse en la tierra,
como si el fuego hubiese perdido toda consistencia,
y como una fruta que dividimos con las manos
el sol se abre
y la luz es un licor viscoso
y desde la semilla surge la silueta de un hombre
sin rostro y sin sombra.
Solo un contorno oscuro que deambula para recobrar lo que ha perdido.

Y sé, así como la criatura que intuye el aliento de la fiera oculto tras la fronda,
que soy la presa y el tesoro.
Y vendrá aquella silueta y se detendrá frente a mí
y me tenderá su mano para llevarme consigo.
Y yo devolveré el gesto, olvidando por completo el peso del acero,
las amapolas que brillan a mi lado,
y que me pertenecen esas manos que yacen,
inertes,
en la hierba.

LA PLAZA
MAGDALENA CAMARGO LEMIESZEK

Quién esparcirá cal en las paredes de esta casa.
Quién, con sus propios dedos, con sus propias manos,
tallará el albor sobre la piedra.
Quién será capaz de pronunciar una palabra
y crear de su sonido la blancura.
Quién construirá para mí el azar de sus ventanas,
la ruptura del orden y las líneas,
el cristal pálido y sucio ocultando las espinas de los cactus.
Quién señalará para mí la barda plateada,
la gente apretada contra el límite,
casi los unos encima de los otros
y tras el cerco, oculto,
pero magnificado en su certeza,
un toro cuyo pelambre ha de ser como la tierra
tocada por primera vez con la llama del incendio,
y sus músculos, delineados con rigor desde la noche,
y su sudor, ¿Quién ha visto acaso la lluvia
resbalando por el tronco de los árboles?
y sus cuernos turbios, como un hueso triste
que se alarga y se adelgaza hasta fundirse con el aire,
es la punta de una flecha,
o un llamado fraguado desde el bronce.
No puedo verle entre la gente.
No puedo oír sus pezuñas contra el polvo,
pero para qué serviría una barda tan hermosa
si no es para contener la sangre
y la belleza.

EL LLAMADO
MAGDALENA CAMARGO LEMIESZEK

He soñado con esa ciudad que solo aparece si se nombra
cuando hay sobre las lenguas cierta fiebre.
Veo flamear a lo lejos sus largos estandartes
y las veletas de las torres que incesantemente giran
porque sus habitantes arrebataron de sus cimientos los límites del mundo.

Tras sus murallas los niños beben una leche amarga que brota de los árboles
y los halcones abren sus alas para dar sombra en los jardines.
Las mujeres hacen largos viajes y perforan cientos de agujeros en el hielo
mientras la brisa parece dar nueva vida
al cardumen de arenques que llevan bordado en la delicada fibra del vestido.
Solo entonces dejan caer sus anzuelos en el alba.

En sus casas hay un amuleto que ahora también
cuelga de mi puerta,
para que nunca olvidemos que todos los hombres
llevan los ríos de la guerra
inundando el fondo de sus cuerpos.

LA CARAVANA
MAGDALENA CAMARGO LEMIESZEK

La arena es blanca y tan delgada que apenas nos sostiene,
las dunas silban a medida que el horizonte se deshace
y a lo lejos alcanzamos a ver un negro collar que serpentea
encima de lo incierto,
es aquella caravana de la que hablan las canciones.
Una cordillera de hombres,
un mar de montañas que se mueve.
No es posible atravesarla.
Muchos perdieron su vida tratando de llegar a sus extremos.
Llevan cuernos del tamaño de una isla,
el olor de los tambores que han sido tensados hace poco
y cestos repletos de esos frutos
que fueron cubiertos por un raro rocío incapaz de evaporarse,
y en cuyos bocados late una dicha falsa
por la que hay algunos capaces de ofrecer toda su fortuna.

Si seguimos hacia el Este podremos ver a las ballenas
asomar el azul cobalto de sus lomos
y dejar brotes de un liquen venenoso en las orillas.
Vendrán los bosques que se levantaron más allá de los pantanos
y volveremos a recoger setas todas las mañanas,
y las crías del bisonte pastarán a nuestro lado
y desde entonces no veremos en la niebla otra cosa
que la repetición de sus alientos en el frío.

EL FARO
MAGDALENA CAMARGO LEMIESZEK

Por aquel sendero angosto, rodeado por las zarzas,
llego andando hasta el faro.
En otro tiempo me hubiesen traído de vuelta las señales,
pero las señales hace mucho que cesaron.
Conozco bien el pomo gastado de la puerta,
el número exacto de escalones
y al frío que en algunas temporadas construye sus nidos en la piedra.
Contemplo a la luz arrojarse una y otra vez sobre las aguas,
como si un hombre saltase desde un puente
con la certeza de que al hundirse en la corriente
volverá a estar de pie en el borde de la altura.
Y aun así saltase, saltase,
y saltase,
con una sonrisa triste templada sobre el rostro.

Frente a mí, el mar revolviendo las vísceras del mundo.
De muy lejos llega la melodía de las hojas,
los dedos de la noche jugando con las cuerdas.
No sé por qué me trae la memoria la historia de aquel hombre
que tuvo el deseo de domesticar la hierba,
ordenar a un campo entero tenderse encima de la tierra,
solo con pronunciar una palabra.
Semejantes dones son raros,
pero para algunos pocos son posibles,
y hay quien ignora que la belleza no crece en lo carente de dolor.

Imagino al hombre, muchos años después,
temblando en la negrura de la cueva.
Empuñando la tea, como si en ese trazo de fuego
quedase el último pedazo de su vida.
Su mano hurgando en la garganta de la bestia,
la sangre corriéndole hasta el torso
y el don latiendo, ya al contacto de sus dedos,
y las fauces, brillando,
a punto de cerrarse.

CARTA HACIA EL FRENTE
MAGDALENA CAMARGO LEMIESZEK

La niebla volvió hace unos días.
Se sentó junto al lago, como de costumbre.
Contaba juncos, en voz muy baja,
y lamentaba haber olvidado el pan para los patos.
Todavía el mundo y la forma de las cosas
no se habían desprendido de la noche
y llevaban un velo ocultándoles el rostro.
A veces se escuchaba de muy lejos
el eco de semillas huecas rodando en medio de raíces,
el oleaje arrojándose contra la madera de los botes,
y el golpe de los remos como un tic tac que obedece a otro tiempo
donde, a pesar de la brisa, las hojas se tragan las ganas de caer.
En nosotros está la misma naturaleza, el mismo curso,
que el de los frutos que se pudren en la sombra.
A los paisajes no les está dado repetirse
porque somos muy débiles para merecer el don de lo perpetuo,
como esa flor que brillando en la superficie
se descompone en lo profundo,
o el nido de cigüeñas que se desarma en gajos por la lluvia.

Por eso guardamos aquella llave antigua,
aunque hace más de dos décadas haya sido su puerta derribada
y nos duele ver humear sobre la mesa el plato que pedimos
y hay una única canción que reservamos para ciertas horas.

Lo hemos sabido desde siempre,
pero sucede
que a veces jugamos
a creer.

CANCIÓN PARA EL INVIERNO
MAGDALENA CAMARGO LEMIESZEK

Alguna vez le pregunté a mi padre si los antiguos
tuvieron un dios para el dolor.

Pero mi padre no supo responderme.

Entonces talló en el sauce del camino un conjuro:
Solo en la tempestad está el vacío.

Luego levantó su hacha.
Pensó, por un instante, en cuántos bosques con ella había derribado,
cuántos milenios cedieron con su filo,
y la sintió liviana,
como si solo sus brazos, vacíos,
se alzaran en el aire.

MAGDALENA CAMARGO LEMIESZEK
Nació el 1 de julio de 1987 en Szczecin, Polonia. Cuenta con un Diplomado en Creación Literaria de la Universidad Tecnológica de Panamá, obtenido en el 2007. Actualmente, realiza estudios de Lengua y Literatura Española en la Universidad de Panamá.
Ha sido publicada y traducida al catalán en la Antología Panamericana (Poetas nacidas después de 1976) de la revista virtual sèrieAlfa. También ha sido traducida al polaco, al ruso y al inglés. Sus poemas han sido publicados en la revista virtual La Estafeta del Viento, de Casa de América, y en la antología virtual Hijas de diablo hijas de santo: poetas hispanas actuales, elaborada por Daniela Camacho para la revista La Raíz Invertida. Forma parte del libro colectivo Contar no es un juego (2007) y de Antología80 (2010); Me vibra, Brevísima Antología Arbitraria Chile-Panamá (2011) y 4M3R1C4 2.0: Novísima poesía latinoamericana (2012), entre otras antologías.
Sus cuentos, “El pájaro y la cometa” y “Todos los cuentos anidan en tu vientre”, recibieron la primera Mención de Honor y la tercera Mención de Honor, respectivamente, en el concurso Premio Universidad Tecnológica de Panamá a la Promesa Literaria 2007. Ganó el Premio Nacional de Poesía Joven Gustavo Batista Cedeño 2008 con su poemario Malos hábitos y, en el 2012, con su poemario El espejo sin imagen. Además, su poemario La doncella sin manos obtuvo un Accésit en el premio Adonáis 2015.

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