Versos del maestro costarricense Alfonso Chase

Replica
Alfonso Chase

Envejecer es tarea desagradable, no lo niego.
Rodeado de objetos comunes, vajillas plásticas,
cornamentas colgando en el vestíbulo,
trajes tenuemente coloreados por el tiempo
y un reloj reluciente, señalando el paso.
Envejecer puede ser oficio digno
cuando se tiene cerca la mano de la muerte
y se aprende a ser su amigo y nunca el adversario.
Es importante amar para saber envejecer.
En singular, o en plural, la vida adquiere
un tono diferente.
Se vive para morir, abierta la sonrisa.
Como si la muerte fuera una mariposa
y el seguir erguido, entre la muchedumbre,
el dulce oficio de saberse eterno
bajo el rocío de la mañana.

Elegía
Alfonso Chase

Cuando dos que se han amado se separan
-para siempre-
algo se quiebra en el orden interno
de la noche.
Una mano llama al guante ya perdido
y un hálito
se posa tibiamente en la heredad
del árbol.
Cuando dos se dicen adiós ante el espejo
-sin tocarse-
apoyando los dedos en las sombras
la forma detiene el tiempo,
y en el agua
la luz adquiere imagen de ventana.
Puede ser que esa luz
en forma deslumbrante se haga ancha
como el mundo
y un pájaro multicolor caiga desplomado,
herido por la sed
que media en el instante
de esos dos que alguna vez se amaron para siempre.
Cuando dos que se aman todavía
-se separan-
algo los cubre suavemente
y un lenguaje tácito se nace
en el sitio en que esos dos dejaron
la recíproca tortura de olvidarse.
Algo envejece para siempre sobre el aire.
Posiblemente se suicide un ángel de tristeza
al mirar cuando esos dos desaparecen
-separados por pasos y por besos-
inventando historias y cantando,
mojados y oscuros de una lluvia
que refleja el rumor de sus palabras.
Cuando dos que se amaron se separan,
el verano sube sobre las alas de la noche
y una hoja, sobre el azul del cielo,
abre los ojos y oculta su estupor
con un conjuro.
Cuando dos que se aman se separan
-sin rencores o espadas-
un fantasma encantado cobra vida
y se inclina a recoger
a esos dos labios,
desnudos para siempre de lenguajes.

Balada de las madres de alquiler
Alfonso Chase

Cedemos al vientre para que nazca la vida.
Diez mil dólares exactos: contrato a nueve meses,
óvulo y espermatozoide, sin amor o soplo celestial,
darán su fruto acostumbrado.
Nada detiene el deseo del dinero. Ni la calma
que sobreviene al parto por este hijo no deseado,
ni el latido del cuerpo ajeno que ya nunca veremos,
ni el hilo umbilical que alguien tirará, sin ternura,
en la aséptica perfección del hospital.
El mundo es una madre de alquiler. El universo
es un infierno celestial, como el cuerpo que ofrecemos
para hacer felices a otros, que ni siquiera amamos.
El amor no existe. La oscuridad del lenguaje del cuerpo
no nos compete. Somos las madres de alquiler:
diez mil dólares exactos. Un contrato: óvalo
y espermatozoide, en exacta conjunción,
desatan sus luces en lo profundo del vientre.
La humanidad avanza, a tientas
sobre la oscura caverna del dinero
y con toda la vacuidad del universo en este oficio
de alquilar el cuerpo y liquidar al alma.
Y, sin embargo: EN DIOS CONFIAMOS.

Alfonso Chase, poeta costarricense, fotografía de Marta Leonor González

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