Cuando la venda es de muselina o palomas para una noche

Alma Karla Sandoval

El ángel es un símbolo al que poetas como Rainer María Rilke, Alda Merini, George Tralk o Marosa di Giorgio recurren en los mejores momentos de su obra. El ángel como un ser cercano a lo peor y mejor de la naturaleza humana; como mensajero, cómplice o enemigo. El ángel que logra convertirse en lo que la imaginación del poeta desee. En el caso de Marta Leonor González en Palomas equilibristas, el ángel se trasviste, toma los rostros de quien regresa para sellar las heridas, de las mujeres que saben que no hay historia de amor feliz, en un poemario que sobresale por la unidad de un vocabulario libre y ensoñado –en el mejor de los términos, en los que Gaston Bachelard supone–, cuyas imágenes recuerdan la factura de las vanguardias, pero también el equilibrio de la poesía conversacional.

De esa charla que sostiene el yo poético con el mundo y la noche como perro, surge una ronda de aves funambulistas de ceñidos trajes que bien pueden ser prostitutas, exiliadas, huérfanas, madres-esposas, monjas, presas y locas, como diría Marcela Lagarde, en su monumental tesis sobre los cautiverios femeninos. Lo curioso de estas palomas imaginadas por la poeta, es la fragilidad de su vuelo debido a una voz que habla en la penumbra y desde ahí interpela al mundo, a la ciudad, al taxi, a las prendas de vestir: Cántale a la camisa. Al pantalón/ a la lluvia sobre el tendedero/ ausentes vidas colgadas en armarios húmedos, sugiere la autora en un libro donde parece que la vida está a punto de deshacerse, de fugarse a un beso, a los espejos donde se esconde. Las relaciones familiares son de igual modo conversadas; utilizando el constaste, la poeta enlista los actos de su padre, los errores, los significados, y, al mismo tiempo, los de ella misma mediante una operación de reflejos que no se corresponden.

En el poema “Razones para dejar de ser” se dibuja sutilmente aquel desencanto que Claudio Magris señala como la saudade posterior a las revoluciones fallidas, viéndolo bien, casi todas. De tal modo que Marta Leonor González, nicaragüense, revela en esos versos la necedad de quien sabe que no hay sentido, pero que aun así, todos los idiomas tienen el mismo sentimiento: el de tener que fingir ceguera, es decir, el de los malabares con los que una mente lúcida se acomoda una venda inútil en los ojos porque es de muselina y permite mirar, después de todo, que alguien muerde pan duro, que alguien más recuerda a los muertos, que el detector de mierda, referido por Hemingway, goza de excelente salud en los hallazgos de este libro. Sin embargo, no recae ahí la miga poética de Palomas equilibristas, sino en la exactitud matemática de las imágenes, ya que no hay verso sin una ellas, y en la sensualidad del ritmo, nada raro proviniendo de una región del continente que ha dado poetas como Eunice Odio, Ana Istarú o Gioconda Belli. No obstante, Marta Leonor se acerca más a la primera debido al trazo inteligente y puntiagudo de una poesía que apela a los sentidos sin olvidar el grosor de la ideas, sobre todo a la solidaridad que tanta falta hace entre mujeres, esas equilibristas con tacones, esas guardianas de lo sublime, esas compañeras aladas que en un poemario imperdible sí vuelan.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s