Tatuajes

 

Por KALTON HAROLD BRUHL

El fango sobre las calles se asemejaba al cemento fresco. Era difícil caminar y más difícil aún conservar puestos los zapatos. Había visto a personas que tras una caminata de un par de manzanas descubrían que su calzado, incluyendo sus medias, habían quedado perdidos entre aquel lodo nauseabundo. La reciente tormenta había sido un aviso de que ya era verano en Londres. Recordé el antiguo relato de la gente que construyó una torre para alcanzar el cielo. El buen Dios confundió sus lenguas para castigar su soberbia. La gente que me rodeaba, en la que confluían todas las lenguas del mundo, había construido una ciudad para apropiarse del infierno; sin embargo no deseaba vivir en ningún otro lugar. El siglo XX se acercaba y las maravillas que nos traería la ciencia llegarían aquí primero. Seguí caminando. Sin importar la miseria en las calles, la ciudad se las había arreglado para mostrarme cada día algo nuevo y asombroso.

***

A lo largo de mi vida había logrado acumular una buena cantidad de libros. Acumulaba, no coleccionaba. Para mí eran un tesoro. Los repasaba cada día, así como el avaro acaricia sin descanso sus monedas. Podía reconocer cada ejemplar incluso en la más profunda oscuridad. Conocía sus texturas, sus olores, al igual que sus pesos y tamaños. Desde luego había leído cada uno de ellos. Por mucho que amara a mis libros como objetos, lo único que en realidad importaba era su contenido. Un sucio folio podía ser más valioso que un códice encuadernado con planchas de oro.

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Durante mi caminata me topé con un circo. La atracción principal era un grupo de fenómenos. Siempre había deseado contar con mi propio gabinete de curiosidades. Imaginaba los estantes y vitrinas repletos de objetos malditos y de los cuerpos de extraños seres flotando en frascos con alcohol. Empecé a recorrer el circo. Mi entusiasmo se esfumó muy pronto. Las deformidades eran casi excepcionales, pero no se comparaban con las que ya había visto en pergaminos prohibidos. Ninguna de ellas hubiera sido digna de pertenecer a mi soñada colección. Estaba a punto de marcharme cuando los murmullos y exclamaciones de los espectadores hicieron que me detuviera.

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Me dirigí al lugar desde donde provenía todo aquel barullo. Sobre un improvisado escenario se presentaba una mujer tatuada. Todos la miraban con asombro y repulsión a la vez. Ella sonreía y se mostraba con descaro. La tinta cubría por completo la piel de su cuerpo, se anunciaba en el cartel publicitario. Yo deseaba saber si era verdad, así que aquella noche me escabullí a su vagón, que se encontraba completamente a oscuras. No me atreví a encender un fósforo. Por muy débil que fuera, una luz podría alertar a los compañeros de función de la mujer tatuada. Caminé con los brazos extendidos. Las puntas de mis dedos tropezaron con lo que parecía ser el respaldo de un sillón. Me senté a esperar. Era joven. El temor a las consecuencias ha sido siempre una tara de la vejez.

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Aguardé durante horas. Escuché cómo la puerta se abría. No imaginaba cuál sería su reacción. La mujer encendió un quinqué. No pareció sorprenderse al verme, pensé incluso que a ella le habría resultado más desconcertante descubrir que el lugar se encontraba vacío. Le pedí que no se asustara y le dije mis razones. « ¿Deseas ver mi cuerpo?», me preguntó. Yo asentí rápidamente. Ella sonrió y dejó caer su vestido. Me pidió que me acercara. Lo hice con cierto recelo. Eran imágenes de dolor y muerte, de sufrimiento y desesperanza; sin embargo noté un patrón en ellas: contaban una historia. Besé su piel, como me lo indicó, pero también leí en ella. Vi su origen en la curva de su cuello y la rebeldía en la turgencia de sus senos. Vi la muerte de sus hijos en la redondez de su vientre y sus múltiples venganzas en la humedad de su sexo. Finalmente leí su nombre en la dualidad de sus muslos.

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Recordé las lecturas de antiguos textos rabínicos, en especial el del Alfabeto de Ben Sira. Los rabinos elaboraron la historia de ese nombre tras leer los primeros dos capítulos del Génesis. En el primer capítulo, el hombre y la mujer son creados en forma simultánea. Ambos son creados como iguales y ambos representan la cima de la creación. En el segundo capítulo, la versión sufre un cambio. El hombre es creado primero y la mujer asume el papel de un simple consuelo para la soledad. Los rabinos sabían que la Torá era la palabra de Dios, por lo tanto, no era posible que existiera contradicción alguna. De allí surgieron las ideas de una primera y segunda esposa. Dos Evas con personalidades enteramente diferentes. La negativa de la primera esposa a someterse a la voluntad y a los caprichos del hombre fue vista como una señal de su maldad. Fue transformada en el Talmud y la Mishná en un lujurioso demonio que acechaba a los hombres solitarios para poseerlos y debilitarlos durante el sueño y que atormentaba con enfermedades a los recién nacidos. Su verdadero nombre es mencionado una sola vez en la Biblia. Las paredes del vagón parecieron estremecerse cuando yo lo dije.

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«¡Lilith!», exclamé. Ella retrocedió. «Desde la antigüedad eres apenas el segundo hombre que busca la sabiduría antes de sucumbir al deseo» –dijo, mostrándome su verdadera y terrible apariencia.
No logró extender por completo sus enormes alas, pero a pesar de ello me fue imposible dejar de contemplarla. Para un hombre como yo, lo grotesco es tan digno de admiración como lo que a otros les resulta hermoso. Lilith se acercó a mí y preguntó mi nombre. Cuando se lo dije extendió el índice y comenzó a escribir con su afilada uña sobre mi frente. «Ahora vivirás conmigo», me dijo.

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Desde entonces habito en su vagón, o para explicarlo mejor, en una jaula dentro de su vagón. Ahora sé que aquel día, cuando marcó mi frente, escribió su nombre y el mío unidos dentro de un círculo. El conjuro es tan poderoso que ni cien magos podrían romperlo. Supongo que me mantiene enjaulado sólo por diversión. Me dijo que yo era el segundo hombre que buscaba la sabiduría. En ese momento no sospeché quién podía haber sido ese primer hombre. El rey Salomón, mi compañero, se arrastra hacia mí y me dice que la sabiduría es una condena, mientras tira de su sucia y enmarañada barba. A pesar de los siglos transcurridos sigue intentando dibujar, con sus propias inmundicias, el talismán que le devuelva la libertad. Yo me encojo de hombros y sigo royendo los huesos de aquellos que fueron lo suficientemente afortunados para aborrecer el conocimiento y caer en la tentación.

KALTON HAROLD BRUHL (Honduras, 1976) ha publicado numerosas obras, entre las que destacan sus libros de relatos: El último vagón (2013); Un nombre para el olvido (2014); La dama en el café y otros misterios (2014); Donde le dije adiós (2014); Sin vuelta atrás (2015); La intimidad de los Recuerdos (2017). Es autor de la novela La mente dividida (2014). Es premio Nacional de Literatura “Ramón Rosa” y miembro de número de la Academia Hondureña de la Lengua, Correspondiente de la Real Academia de la Lengua.

Fotografía, obra de el último surrealista por Saúl Landell. S

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