Ezequiel D´León Masís: “El misticismo de lavar un inodoro”

Epigramo
Ezequiel D’León Masís

Me aclaro, toco fondo y me levanto.
No soy hormigón cargante.
Tampoco merezco una sobrevida de mierda.
Ya pasé, salí de la pacífica ergástula.
Estoy harto de cargar con mochilas que no son mías.
Me niego a ser hormiga de otros. Basta.
Cierro la corriente de la onda encantada,
atosigado,
avanzo,
agotado de tiempos dolosos ajenos.
Fui al campo a buscar paz,
la perdí no obstante sin haberla nunca conocido.
Apenas me queda fuerza para levantarme en la mañana
y solucionar las necesidades del pan, el agua y el calor
como para todavía cargar con pajas como el amor humano.
No estoy disponible.
Hoy no.
El “no” que te doy hacia fuera,
es verde como púas de sábila,
también púrpura como la col
y es un sí que me regalo dentro.
Me aferro a este “sí”,
me aferro a esta sonrisa interior de corcho galáctico,
flotante entre bicicletas diamantinas,
feliz de estar griste pero en eje y en clave de mí,
comprometido a nunca más ser quien no soy,
ni por bien ni por mal.

El misticismo de lavar un inodoro
Ezequiel D’León Masís

Cuando uno se aviene a la tarea de lavar el inodoro de la casa propia o ajena, tiene la oportunidad de afrontar semejante tarea de dos formas: simplemente se lava el inodoro sin más o se asiste a una experiencia altamente mística. Este primer abordaje pone en el albedrío del individuo un momento determinante y disyuntivo. De la primera elección, se sabe que es tediosa y acarrea cierta amargura aburrida. En la segunda opción, una puerta mística se abre cuando levantamos la tapadera del inodoro. La forma ovalada nos transporta de inmediato al huevo originario del universo, ese arquetipo sagrado a partir del cual todo tuvo su inicio. Lo oval es lo misterioso. Lo oval encierra al mismo tiempo la trayectoria de los astros. Levantamos la tapadera con cierta actitud ceremoniosa, más bien ritual, podemos entonar un monosílabo que termine en “m”, abiertos a la posible presencia escatológica de soretes flotantes o parcas manchas acres y sepias sobre la porcelana. Si se trata de un inodoro blanco, el trabajo consistirá en conectarnos con el presente y adentrarnos en un viaje cósmico de purificación. En el espejo que nos plantea el proceso, puede reflejarse nuestra imagen propia, ya no se diga si observamos sobre la superficie del agua de la taza lo diáfano de nuestro rostro. El estanque del loto ante nuestra presencia silenciosa. Porque de eso hay que estar claros: el silencio y la soledad son fundamentales para convertir al inodoro en un santuario. Ubicamos un ventilador cerca para despejar olores de la maldad. Recomendamos un líquido de purificación con aroma a lavanda o damiana (evite con odio militante el pachuli). Limpiamos el baño por partes, desarrollamos paciencia en esas partes con manchas tercas y finalmente abandonamos los resultados exitosos sin apegarnos a ellos. La persistencia de la atención sobre el paso a paso, el tacto consciente del paste en movimientos circulares que van preferiblemente de izquierda a derecha, todo esto sincroniza nuestra concentración con el acontecer del evento. Acá empieza todo a tomar el color experiencial de lo místico. Este ciclo de movimientos simboliza la apertura constante de ciclos que se cierran sobre sí mismos o se entreabren inconclusos, como la vida misma que crece en espiral ascendente. La vida no volverá a ser la misma. Sobre él podremos practicar el Shikantaza, dejar ir todo lo que ya no nos pertenece, soltar las tensiones del colon, encontrar el centro. La porcelana, el agua, la rana del tanque, la boya de aire… Todo es un sistema de dejar ir, soltar, abandonarse a la evacuación. Un inodoro limpio es apto para la más alta actitud de observarse, desnudo de voluntad y deseos, con la columna recta, en actitud de alerta, sobre una zona segura en la que hemos puesto previamente nuestra energía de catarsis profiláctica. El inodoro es un altar que nos confronta a la pureza y lo escatológico. La plegaria cotidiana de su limpieza puede guiarnos hacia la conexión con la totalidad del cosmos y fundirnos con esa unidad inaudita.

Obituario para Kirikou
Ezequiel D’León Masís

Nunca vi ojos galácticos tan a piel de flor mirante
como los tuyos, algosos: puras casitas de la presencia.
Jamás a mi lado hubo un único ser tan confidente
hasta que llegaste a mí.
Recuerdo que un viajante mongol
me dijo cierto fin de año:
“God created all beings, excepting dogs,
because they have been created by us”.
Así que yo de alguna manera te creé,
pero vos también me creaste.
Como espejos mutuos caminábamos juntos
por las calles de mi paradisíaco pueblo infernal,
luego transitaba con vos las calles de Managua
y, finalmente, conociste la foresta indómita y el invierno desnudo.
Nunca fui buen jefe de manada, lo sé.
Pero te juro, Kirikou,
que hice lo mejor que alguien
que a veces se odia a sí mismo
puede hacer con el cuido de lo vivo.
El amor humano,
impertinente y abusivo como todo lo humano,
me distrajo de vos,
te me invisibilizó abruptamente;
mi diligencia decayó en tedio tornasol.
Quien te vio por última vez no se equivoca:
fuiste “en busca de los pasos marcados sobre el lodo”.
Mis pasos.
Buscabas liberarte de mí,
yendo hacia mí,
sin mí.
La precipitada noticia de tu pérdida
me hizo silbar con los riñones a campo traviesa,
esperando -por lo menos-
un alumbrador aullido detonado a la distancia,
como cuando la urraca
se reencuentra con su eco en un claro de la montaña.
Por dosis desprevenidas y goteantes
fui marchitando la esperanza de tu regreso,
con silbidos cada vez más secos,
fronterizos con la decepción, la alucinación y el duelo.
Me enfurecí,
grandemente…
Quien te dejó a la deriva,
“libre” de cadenas,
ni siquiera conoce las suyas propias.
Vos,
labrador de compañías idas e indecibles,
hiciste lo de siempre:
exploraste alrededores,
fuiste a buscarte en mí como yo me encontraba en vos.
Hoy, fatalis nova,
confirmé los datos de tu caída al pozo de la muerte
por aplastamiento de llantas,
Kirikou, le petit…
Un testigo me llevó al lugar
en que yacen restos tapados con humilde tierra negra,
te olfateé descompuesto,
lloré,
sentí una rabia que no sentí ni por la muerte de mi madre…
Supe de golpe,
a como me dijo la vivaz Mouillette horas después,
que “lo peor de tener hijos es el riesgo de perderlos”.
Me queda de tu ser,
petit ami, Kirikou,
el reflejo verdoso de tu alerta mirada
como de astronauta,
lejos del transbordador,
fijado en la ya lejana casa…
Me quedo con ese compromiso con lo vivo
que me regalaste
para el resto de lo que me quede a mí de vida.
Masaya, 09 de junio, 2016.

Caligrafías del vacío I
Ezequiel D’León Masís

(shōdō)

Regreso atrás y me desplomo,
pero tu piel me es tamiz de resucitarse.
Retomo el sol por tu insistencia
y el vacío nos nutre inexploradamente.
Hacia dónde se dirigen nuestros afectos,
me pregunto, mientras las niñerías violentas
y las naderías reconstruyen el eje del mono que me soy.
Otra vez, encontrarte para tomar un poco de tu cordura.
Otra vez, para que el Tao se manifieste en esta
fe a sí misma que ya se me hizo escuela tuya
para mis huesos confusos y machacados.

Me has hecho hurgar entre bodegas de calaches antiguos
aquello que puede reconstruirse desde la ruina hacia lo nuevo.
Tablones, verjas del año de la cúcala vintage,
marcos de puertas que pueden ser mesas o espejos muertos,
tuberías NTK gringas de 1905 que pueden hoy sostener ropas,
patas de muebles Luis XV,
cajas portuarias de más de ochenta años,
del Corinto puto que conoció mi abuelo Eliseo…
Todo listo para renacer como semillas antiguas
a la espera del ensamble y el not ready made.
Mis bodegas abiertas en vómito museográfico,
para vos…
Sólo.

Así, lo mismo mi fe en el vacío, ku,
la potencialidad sincronizada en la que ya creés.
Me abro el pecho en surco:
mis bodegas orgánicas, doloridas,
te las muestro en tren visceral de crear lo que venga y suceda.
Tu éxtasis sin fe, en verdad, es mi propia fe.

Donde el ojo ordinario ve basura
vos viste potencialidad, vacío nutricio.
Donde el ojo mediocre cierra su párpado como cosa juzgada,
tu mirada reinventa un jardín en plena ruina exquisita.
Eso, acaso, ¿no es fe suficiente?

Caligrafías del Vacío II

En la casa, donde vegeto sobreviviente de mí,
hay un cuarto que, desde mi muerte,
nombré el Cuarto de mis Muertos.
Ahí hay un centro de giro gravitatorio,
un oscilar profundo hacia la boñiga del planeta.
Mis muertos son de fuego nutritivo,
levantan sus frentes en sus retratos,
insinúan un lloriqueo mímico y sin sonido.
Ahí, en ese Cuarto,
curo mis heridas durmiendo,
horizontal, tronco seco de húmeda almacadabra.
**
La Tina, la del bajo retrato,
dejó este mundillo una tarde de septiembre.
Se fue mientras cortaba hojas de sábila
en el jardín sin muros de sus primeras edades.
Nunca se quejó de dolores ni pinchazos al corazón.
***
Josefa, la de en medio,
era una tlamatinime monimboseña,
mi bisabuela.
Jamás la vi en carne.
Cuentan, ella eligió su propio nombre
porque fue criada sin nombres.
Mi bisabuelo la dejó embarcada con nueve hijos.
Con una pulpería y rabia cabalgantes,
mantuvo a sus crías hambrientas
y adictas a la música.
Aarón, el mayor de sus raíces,
la maldecía por haberle transmitido
el fenotipo chorotega.
Josefa soy, a veces, yo:
su fuego vasculante de enojos menstruales
me llueve dentro.
Sus cargas estancadas
me han dado alas y me las han arrancado.
****
Bernardo, polaco con pasaporte alemán.
No donó afecto ninguno a sus hijos,
por eso sus hijos fueron como árboles hurgándole
la vida a las piedras y la yesca.
Fantasma, hormiga albina,
vino huyendo de sus “amagos” de guerra.
*****
Es una rondada por mis maestros ausentes, ésta.
Hay dos retratos más que identifico como padres
del bisabuelo, retocados al pastel.
Enriqueta y Manuel, probablemente.
Sus presencias me son neutras, pero presencias.
Sé que nunca pisaron América.
En conjunto, estos retratos me atosigan
como el trueno deshidrata al hueso.
Es en este punto
donde la casa es mi cuerpo,
topado de tiempos y corredores cavernosos, entejados.
******
Hoy que es otro septiembre,
La Tina corrió a mis amigos del Cuarto.
Como queriendo dar una señal de despedida,
le provocaron a Libni pánico sus ojos.
No estoy dispuesto a morirme con mis muertos.
Digo: “luz” y, solo, disfruto de su brillo que regresa.
¿Qué sangre recorrerá esta casa, este útero enfermo,
cuando no esté más yo
ni mis tormentas de cal?
¿Qué muerto me seré yo mismo sin retrato ni miradas,
ni ruido de relojes?

De: Caligrafías del Vacío (SAMU: Managua, 2017)

Torovenado del pueblo, Masaya, Nicaragua, octubre 28 del 2017. Fotografía de Marta Leonor González

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Teresa Campos dice:

    Extrañaba sus textos!
    Me arrastran al comienzo de la vida donde se puede ver mejor la muerte.

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